El japonés triste, solitario y final



Lucas Carrasco-. Una adaptación japonesa de una novela de Raymond Chandler para desarmar el orientalismo berreta para consumo de occidente.


El largo adiós, la genial novela de Raymond Chandler que inspiró a una de las mejores novelas argentinas, que es Triste, solitario y final, de Osvaldo Soriano, tiene una nueva adaptación televisa, con estética de cine (como se hacen las series ahora, más aún cuando son cortitas) y es, a priori, un producto llamativo y extraño: es una producción japonesa, los hechos ocurren en un Japón que está en la posguerra de mediados del siglo pasado, con una ambientación cuidada, los planos propios del cine negro y el jazz constante de trasfondo, que luego, en cada capítulo, va mutando musicalmente y hace recordar a las viejas composiciones de Lalo Schifrin. Aunque la serie es francamente mala, todos estos elementos -y un apasionado apego a Chandler- la hacen algo más que soportable.
El mejor actor japonés, Tadanobu Asano, hace de Philip Marlowe (naturalmente, con un nombre en japonés) y el guión tiene el aire Raymond Chandler que suele destacarse en los guiones escritos -con dispar resultado- sobre su obra, una vez muerto el escritor estadounidense, que también fue un guionista importante.

Una curiosidad, aparte: el intento por lograr (y lo logra) la estética norteamericana de sus mejores exponentes del cine negro como remake del cine negro de los años 50 del siglo pasado, es un porrazo en la cabeza del new age decadentista que hoy está en boga, como subproducto tardío del posmodernismo: con elaborada precisión desenmascara, tal vez sin proponérselo, qué importa, el orientalismo para consumo occidental que inunda las librerías, la arquitectura, la filosofía ramplona, el último bote del naufragio psicoanalítico, la religión, la pornografía. Juan José Sebreli, en su libro Las aventuras de la vanguardia, un libro ya viejo, tiene un capítulo muy entretenido sobre el Orientalismo consumido en occidente. Y en buena medida, inventado en occidente. Importa que el libro sea algo viejo -aunque se trata de la serie de libros del Sebrelli de derecha, es decir que en su corpus de ideas, tiene actualidad- porque la tendencia que marcaba, en aquel entonces era incipiente. Hoy es hegemónica, en el sentido gramsciano del término.
Más discutibles, aunque siempre disparadoras de la duda, son el resto de las tesis. Y especialmente su simplificación en la construcción de una historia mecanizada donde el romanticismo es el puente directo hacia las primeras vanguardias artísticas de la década del 20 del siglo pasado. Un mecanismo de trazos gruesos que busca, en definitiva, englobar las ideologías totalitarias, aprovechando que Breton era comunista, su ala "izquierda", Artaud sirvió posteriormente de ícono de la antipsiquiatría y que Marinetti era fascista. Se acepta, así, las tesis que se pretende combatir y que nacieron con el Realismo Socialista (que fundó buena parte de las tesis de la Revolución Cultural de Mao): que el arte y la política no deben estar separados.
Se dramatiza demasiado -aunque esto ya excede a Sebreli- la Escuela de Fráncfort como el tanque de guerra que marcó la línea divisoria contra el iluminismo. Son libros que he leído hace mucho, pero no me parece tan clara ni tan antagonista la muralla contra el iluminismo. Además de que sus pensadores más valiosos, como Adorno, Habermas y Max Horkheimer, incluso Marcuse, tuvieron desarrollos posteriores y aún cuando estaban en la floreciente Escuela de Fráncfort (algo que se sabe poco: fue fundada por un millonario argentino, Félix Weil. El economista Mario Rapoport escribió un buen libro sobre él) no tenían el esoterismo de Walter Benjamin ni la superchería de Erich Fromm. Depositarios de las ideas de la Fráncfort y cercano a ese centro de estudios, estuvieron también Albert Einstein, Hannah Arendt y hasta Bertrand Russell. Ninguno de ellos hizo una lectura tosca de Dialéctica del Ilustración.
Bueno, fin del apartado. Volvamos a la versión japonesa de la novela de Raymond Chandler.

 Los personajes femeninos no se desarrollan, carecen de sutilidad, aunque sí dejan traslucir que en Japón, la Segunda Guerra Mundial fue un gran momento de avance en la equidad de género. ¿No hay, ahí, en esa tensión dialéctica, esbozos de lo analizado por Theodor Adorno?
Las costumbres laborales, en cambio, siguen incluyendo que a los obreros se los golpee, a los oficinistas el jefe los humille y que los trabajadores, en general, tengan que aceptar este trato despótico. La policía es brutal y corrupta, los medios de comunicación se van concentrando en manos de runflas y las mafias marcan territorio como meadas de perro: nada nuevo en relación al Raymond Chandler original.
Japón ya había aceptado (le habían impuesto) los términos de la Conferencia de Potsdam y había acabado la guerra civil en China, transformándose Taiwán en un territorio soberano: ya no era la provincia de Formosa (bajo jurisdicción China) ni era parte del Japón, por el tratado de paz de San Francisco. Taiwán, que no se muestra, es la escena para fugitivos de la policía.


Y mientras tanto, la trama se va desarrollando sostenida en la ambientación de los años 50, el exotismo de que transcurra en Japón, la sordidez del original literario, la música incidental y la actuación de Tadanobu Asano. Y alcohol. Mucho alcohol. Con tragos exóticos para nosotros, que quizás sean comunes en Japón, no lo sé.