Soy Superman y me chupan la pija

Lucas Carrasco-. Llevo muchos años aguantando golpes de la corporación política y periodística.  Y sin embargo, resucito y resucito. Nací para romper las pelotas.

El asombro




Manuel Langsam-. El hecho que relato en esta crónica no ocurrió en Domínguez. Ni siquiera en sus cercanías. Y digo más! Ni siquiera en Entre Ríos.



Aunque es parecido a otro, si cercano, que me sirvió para traerme a la memoria una anécdota contada en una calurosa noche correntina de mate y estudio para examen final, previa a las vacaciones de verano, por un compañero, hoy colega, originario de Mercedes, Pcia. de Corrientes, y que es también el lugar en que vivía el personaje protagonista del hecho.

Era este hombre propietario de una estancia heredada de sus mayores. No solo conservaba el patrimonio original, sino que también lo había aumentado en base al trabajo personal y buena administración.

Se pasaba toda la semana en la estancia, trabajando a la par de los peones y luego venía los fines de semana a Mercedes para estar con su familia en su casa en la ciudad.

Salvo algunas esporádicas salidas a cercanos lugares de veraneo, su mundo se limitaba al trabajo y a su casa.

Entonces, en oportunidad de cumplir 25 años de casados, su esposa lo entusiasmó para realizar un viaje a Europa y darse ese gran gusto que bien merecido lo tenían ambos.

Con tiempo, el hombre fue organizando sus cosas, encargó a su hijo mayor la responsabilidad de velar por los intereses familiares y un buen día partieron a disfrutar de su viaje que les llevaría unos dos meses.

Así estuvieron recorriendo el Viejo Mundo: España, Francia, Holanda, Bélgica, Alemania, Italia, Grecia, Suiza, Austria, admirando sus lugares históricos, sus playas, sus grandes obras de arte, sus teatros, sus monumentos…

Nuestro personaje se sintió interesado en todo, observó todo, siguió atentamente las explicaciones de los guías, pero jamás hizo preguntas, no comentó nada  ni dejó trascender emoción o entusiasmo por alguna obra en especial.

Y llegó el tiempo del regreso. Para prolongar un tiempo más el paseo, decidieron volver en un lujoso buque de pasajeros.



Cuando estuvieron entrando al puerto de Buenos Aires, subieron ambos a cubierta y se apoyaron en la baranda de proa para seguir las maniobras de amarre y descender ¡por fin! De regreso al país.

En eso estaba cuando observó que un marinero tiraba el cabo de amarre desde la borda del buque hacia la costa para fijarlo.

Ahí sí le llamó la atención el grosor de la soga.

Y lo que no lograron las pinturas de Van Gogh, Leonardo, Picasso, la majestuosidad de la Capilla Sixtina con la decoración de Miguel Angel, lo grandioso del Louvre o El Prado, El Palacio Real de Buckingham, La torre Eiffel, las góndolas venecianas, lo logró ese cabo de amarre, que le hizo exclamar asombrado:

Ohoho… la piola. Esa si que es gruesa!!