La Unisectorial selfie contra el tarifazo

Pablo Mori-. Con la humildad -de convocatoria- que los caracteriza, se realizó en la Plaza 1º de Mayo de Paraná una concentración para manifestarse en contra de los aumentos en los servicios públicos.

La vida de Arturo Enrique Sampay



Ernesto Adolfo Ríos-. Arturo Enrique Sampay nació en Concordia (Entre Ríos) el 28 de julio de 1911, y murió en La Plata (Buenos Aires), el 14 de febrero de 1977.





En su provincia natal, entre 1925 y 1929, cursó sus estudios secundarios en el histórico Colegio de Concepción del Uruguay. Se graduó en 1932 con brillantes calificaciones en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de La Plata, viajando posteriormente a Europa donde completó su formación con importantes maestros.
En 1944 –y hasta 1952- ingresó Sampay a la cátedra de “Derecho Político” de la Facultad donde se graduara. Un año después fue designado primero Subasesor de Gobierno en la intervención federal a la provincia de Buenos Aires, y después Fiscal de Estado de la provincia, desde donde encararía una tarea de investigación sobre la evasión de grandes empresas como las del grupo Bemberg y la C.A.D.E. , y sería coautor junto a Miguel López Francés y Arturo Jauretche (a la sazón Ministro de Hacienda y Presidente del Banco de la provincia de Buenos Aires, respectivamente), de la total provincialización de esa importante institución.



Electo hacia fines de 1948 convencional constituyente por la provincia de Buenos Aires, fue el pilar doctrinario de la reforma constitucional de 1949; reforma que, en rigor, fue una nueva constitución, “que reemplazó el trasfondo individualista del derecho liberal-burgués operante en el texto de 1853, por una concepción social, profundamente cristiana y humanista de raíz tomista, que enaltecía y ponía en su justa medida al hombre, su familia, las asociaciones y el Estado. Y que rescataba (…) la soberanía argentina en los factores esenciales del crecimiento económico nacional y la grandeza material del país”.

Este aporte vital y fundamental de Sampay al instrumento jurídico del justicialismo no sería óbice para que sufriese las persecuciones del régimen: en 1952, disfrazado de sacerdote y con identificación falsa debió exiliarse, primero en el Paraguay y luego en Bolivia –países donde ejerció actividades académicas- para establecerse en Montevideo en 1954. Con la caída del peronismo en 1955, la situación de Sampay no cambió. Desde el exilio en la otra orilla, proscripto ahora por un régimen ilegítimo, pudo contemplar la quema de muchas de sus obras científicas –calificadas de “literatura peronista”- y supo defender la vigencia de la Constitución de 1949 –su constitución- abrogada por el bando militar de un gobierno de facto que impuso, tras la fachada de la vieja Constitución de 1853, un nuevo “estatuto legal del coloniaje”.

Recién en 1958, por imperio de la ley de amnistía del gobierno de Arturo Frondizi, pudo volver Sampay a la Patria. Aquí le esperaban la cárcel fundada en ridículos delitos, y las puertas cerradas de las Universidades y de las Academias, en un marco de “conspiración de silencio” para con su persona y su pensamiento. Mientras tanto, Uruguay y Chile lo recibían para escuchar su magisterio con motivo de las reformas constitucionales que llevaban a cabo: estos países receptarían en sus constituciones (Uruguay en la de 1967 y Chile en la de 1971 ) la impronta de los criterios de Sampay sobre expropiación de bienes y nacionalización de servicios públicos, ya patentes en el artículo 40º de la Constitución de 1949 .

En 1973 volvió Sampay a la cátedra oficial en la Universidad de Buenos Aires, y a la función pública como conjuez de la Suprema Corte, asesorando además al Poder Ejecutivo en cuestiones puntuales que se sometían a su consideración. En 1975 el gobierno propuso a Sampay para integrar la Comisión de las Naciones Unidas contra la Discriminación Racial.

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 despojó a Sampay de sus cargos y lo cesanteó en la Universidad de Buenos Aires.
Pocos meses después, aquejado de un doloroso mal, pero lúcido y trabajador como siempre, entregaría su alma al Creador este argentino de bien, que cumpliera cabalmente la misión sacra reservada a un intelectual: pensar la Patria .