Peronismo del siglo 21



Enrique Mario Martínez-. En 1955 el justicialismo del siglo pasado había conseguido buena parte de lo buscado y tenía por delante un camino de variada complejidad,  pero cuyo tránsito dependía de su propia capacidad de manera bastante autónoma. Un casi fugaz segundo capítulo se desarrolló con José Gelbard como Ministro de Economía en 1973/74.

En 2015 el kirchnerismo – pretendido justicialismo del siglo 21 – también ha dado muchos pasos para mejorar la equidad social, bombardeada por el liberalismo durante casi medio siglo. Pero a diferencia de 1955, la inercia de lo hecho en estos doce años parece insuficiente para avanzar y aún para mantener lo conseguido.

La definición del proyecto que represente un justicialismo sustentable del siglo 21 está pendiente y es urgente.

Debemos asumir que nuestra productividad media es hoy de no más del 30% de la de los países centrales. Eso no es distinto de Méjico o Brasil. A todos nuestros países esa relación de productividad nos limita de modo cualitativo la posibilidad de mejorar la equidad vía distribución. Necesitamos aumentar enormemente nuestra productividad media y para eso debemos ser mucho más autónomos del capital multinacional en la etapa de producción de bienes y servicios, que determina todo lo que sigue.
Se nos dice que eso implica más y mejor educación; más y mejor inversión en ciencia y tecnología. Es cierto. Pero los resultados de ese enorme esfuerzo pendiente no pueden limitarse a mejorar la oferta de trabajo a disposición de empleadores multinacionales. De ser así, solo se conseguirá la apropiación nacional de una modesta fracción  esperable mayor valor agregado. De ser así, se reproducirá en todos los planos la dolorosa realidad del campo argentino – potencial enorme de riqueza para todos los compatriotas – cuyos productores se han convertido en un engranaje controlado por los proveedores multinacionales de semillas e insumos o por las corporaciones exportadoras. Y los dependientes de los productores, ni hablemos. Y los agricultores familiares, menos. Se establece una cadena de derivación de la degradación de la calidad de vida que nos deja entrampados, sin salida aparente.
Hay una relación casi lineal entre autonomía productiva, posibilidad de aumento de la productividad media (lo cual conlleva aumento de la ocupación) y finalmente mejora de la calidad de vida general.
Los senderos hacia esa autonomía no son fáciles, pero se pueden detallar algunas acciones convergentes:
  • Convertir a empresas arquetípicas – como podría ser YPF, aunque hoy aún no lo es – en banderas conceptuales de la asociación entre el Estado, los sectores medios de modo masivo a través del aporte de capital y densas redes de proveedores nacionales. Estas grandes empresas – petroleras, de generación de energía solar o eólica, de insumos básicos, de producción agrícola y agroindustrial – pueden y deben ser el modelo de implementación y gestión de los proyectos de gran dimensión de un país independiente. Eso nos aleja de escenarios como el de una YPF con el 51% estatal, que administra grandes inversiones en asociación con multinacionales. Es más, mucho más integrado al conjunto de la sociedad que eso.
  • Dar contención conceptual y económica a los actores que deberían ser protagonistas nacionales de la producción de insumos agropecuarios, la pequeña y mediana agroindustria, la exportación de granos, el diseño nacional de vehículos y de elementos electrónicos y así siguiendo. En cada rama hay conocimiento importante de las estructuras de las cadenas e instrumentos disponibles para ir construyendo ámbitos nuevos, que desplacen progresivamente la hegemonía multinacional y además completen los eslabones faltantes.
  • Como tercer componente imprescindible, se debe cuestionar expresamente el mito fundante del capitalismo, que sostiene que el motor excluyente del desarrollo es el afán de lucro, cualidad que se supone un componente genético de los seres humanos. Si toda organización humana para producir un bien o servicio debe hacerse detrás de esa bandera para tener posibilidad de éxito, la secuencia de concentración; discriminación; apropiación de los ingresos de los más débiles; pelea por controlar el Estado para agudizar la concentración o para intentar controlar a los poderosos desde allí, resulta inexorable. Con un resultado de largo plazo que a veces no nos animamos a reconocer: la justicia social se acerca por momentos pero se mantiene a suficiente distancia como para ser inalcanzable, porque todos los elementos nocivos del capitalismo salvaje – que son muchos – se meten en la sangre de los ciudadanos comunes y allí permanecen. El cuestionamiento debe tener elementos teóricos y discursivos, pero esencialmente debe tener componentes prácticos, debe poder demostrar que se puede producir bienes y servicios esenciales teniendo como prioridad satisfacer las necesidades de la comunidad y poniendo el lucro y la acumulación de renta en un segundo lejano lugar.
En el mundo entero, sobre todo en el mundo central, esta pelea se está llevando adelante. En muchos casos, está a cargo de grupos de la comunidad que no formulan grandes teorías al respecto. Simplemente producen la energía a partir del sol; cultivan y distribuyen alimentos; tratan los residuos urbanos y los efluentes líquidos domiciliarios, y tantas otras cosas que apuntan a necesidades comunitarias, por caminos nuevos, donde el capitalista no es el protagonista, sino la comunidad. En nuestro país, todos los excluidos o pésimamente integrados del actual sistema productivo, sean agricultores familiares, recuperadores urbanos, costureros, trabajadoras en servicio doméstico, pueden formar parte de un universo de producción popular distinto. Pero no solo ellos – esto es muy importante de asumir -, sino que también amplios sectores medios insatisfechos con una vida de sometimiento y tensión generada por el capitalismo global, están produciendo su energía, organizando su distribución de alimentos e indumentaria, construyendo cooperativamente sus viviendas. El ámbito de la Producción Popular debe formar parte de un país con aspiraciones reales de justicia social. El detalle conceptual y los casos concretos de avance necesitan un análisis que supera este documento y que será complementario a éste en un segundo material.
 Conclusión breve
Si entendemos qué aportó a nuestra sociedad el justicialismo de hace 70 años, podemos acercarnos a definir cual es el justicialismo que necesitamos en 2017.
El kirchnerismo lo intenta desde 2003, pero si no modifica la estructura de producción de bienes y servicios el intento quedará muy a medio camino y hasta puede quedar trunco.
Las nuevas grandes empresas público privadas; la promoción de actores pequeños y medianos para recuperar la densidad y argentinidad de muchas cadenas productivas; la producción popular, son las tres patas de la profundización.