Kennedy y Etchevehere



Yamandú Rodríguez-. Los Kennedy.



Están refugiados cerca de la estancia “El Salvador” perteneciente al Señor Sebastián Etchevehere. Su señora esposa Doña Amparo es hermana de los Kennedy.
En el punto convenido advierten la señal de una linterna. Se aproximan. Es Amparo. Llegan con ella, desde el fondo de Entre Ríos, emociones que agrandan el corazón.
Ella sonríe con orgullo.
- “Ustedes deben venir muy buenos mozos – le dice – y con algún apetito. Aquí tienen alimentos. El dictador los quiere vivos y yo debo de cuidarlos”.
Es joven. Bella. Viste de blando. Trae después de tantas horas oscuras, una sonrisa clara. Al advertir su orgullo y su voz suave, ellos tienen algo de niños perdidos que encuentran un hada en el monte. La brisa juega con sus tules como con las hojas de un libro de cuentos... Después acompañada de sus dos perros blancos la dama vuelve a entrar en la noche tormentosa.
El refugio es tranquilo, con su paz grave de árboles viejos.
Al otro día, Amparo vuelve. Lleva periódicos. Comunica nuevas inquietantes entre protestas contra la dictadura y la maraña que destroza sus medias. Se siente protectora de tres pumas. Y a la mañana siguiente, cuando se disponía a salir para el monte, llega a la estancia el Comisario del Sauce. Han sabido que los Kennedy se encuentran en las cercanías.
- “Sí – responde la dama, señalando el refugio – están allí. Y yo les protejo. Y usted no va a tomarlos”
- “Tengo catorce hombres, Señora”
- “No alcanza. Vaya pida refuerzos, aviones, ametralladoras y vuelva”.
Así respondió Amparo Kennedy. Es hermana de aquellas otras altivas Señoras que cuando el bombardeo del quebrachal, desde una azotea de “Los Algarrobos”, sacaban fotografías de los aviones en acción, para dejar a los hijos un documento gráfico de cómo eran los hombres y las mujeres de esa raza.
Por la noche, la señora llega con un plano. Y se despide con una bendición.