En busca de un jefe



Gerardo Presman-. ¿Puede el Papa Francisco ser el nuevo líder del peronismo? Acá explicamos por qué, a nuestro parecer, tal cosa no es posible.





Mucho se puede decir, deducir, hasta rumorear sobre el rol del Papa Francisco en el peronismo, pero una cosa tienen claro todos los sectores políticos de cualquier bando: el Papa no influye tanto como creían casi todos apenas fue electo Sumo Pontífice y dio sus primeros gestos e indicaciones que conmovieron al mundo.
Sin embargo, el inmenso prestigio del Papa Francisco no se traslada a las urnas. Falló en su apoyo a Insaurralde en aquellas elecciones que ganó Sergio Massa en el 2013, falló apostando a Scioli contra Macri, falló apostando a Guillermo Moreno en la interna del luego derrotado Filmus. En cuestiones de política interna, los laderos del Papa dejan mucho que desear. Con la excepción, tal vez, de Juan Grabois y Eduardo Valdéz, el resto son una runfla que intoxica al peronismo. Lo cual no quita que el peronismo, en su proverbial necesidad de un Jefe, vea en Francisco un imposible: que un líder mundial resuelva una interna peronista bonaerense para que, una vez resuelta esa interna bonaerense, se alineen los planetas y todo el peronismo, incluido el entrerriano, vaya detrás del rumbo que le imprima el líder ungido en las tierras de la mayor provincia argentina. Especialmente, en su conurbano.

Quienes echan a rodar públicamente el nombre del Papa Francisco como el nuevo líder del peronismo, buscan en realidad decir dos cosas:
1) Hacia afuera del peronismo y también hacia adentro, buscan contagiarse un poco de la buena imagen del Papa Francisco, cuya figura trasciende a los católicos, especialmente en Argentina.
2) Hacia adentro del peronismo, dejar en claro que no aceptan la jefatura de nadie. Léase Cristina Kirchner, Urtubey, Massa, Rodríguez Saá.

Puede deducirse, también, que al mentar como jefe al Papa Francisco se busca dar la idea de que se comparte su plataforma política, que en términos europeos está claramente a la izquierda y en términos locales es la Doctrina Social de la Iglesia, con menos dosis del conservadurismo que tenía la cúpula de la Iglesia Católica Argentina antes de que Jorge Bergoglio se convirtiera en Francisco.
Sin embargo, reiteramos: sus incursiones en la política concreta, por más disimulado que haya sido, resultaron un fracaso.
Esta visión realista sobre lo que puede hacer, políticamente hablando, un líder espiritual de gran prestigio mundial que está al frente de una institución milenaria y muy poderosa, no le quita méritos al Papa Francisco. Ha instalado el tema de la sensibilidad ante la pobreza, la importancia de escuchar a los líderes sociales y laborales, respetar la diversidad de los pueblos originarios, respetar la naturaleza. Son mensajes potentes que calan transversalmente en los partidos políticos de Argentina y de casi todo el occidente cristiano. Especialmente en Latinoamérica, cuando parece estar girando a la derecha y encima con Trump de presidente de los Estados Unidos y la Unión Europea con el avance peligroso de la extrema derecha. La voz del Papa Francisco trae oxígeno en este clima pesimista. Este clima de asfixia. Sin el Papa Francisco, el mundo sería un lugar mucho peor. Y el peronismo, particularmente, estaría aún más desorientado de lo que ya está.
Podrá encontrar, o no, ahí su inspiración doctrinaria, pero la política terrenal tendrá que resolverla con los líderes locales y una vez que surja un líder que, sea de la provincia que sea, tenga ascendencia en el conurbano bonaerense, bastión histórico del peronismo.
María Eugenia Vidal acaba de recibir 65.000 millones de pesos, sacados a los jubilados y los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo, para destinarlos a su reelección y la del presidente Macri, justamente en el bastión del peronismo: el conurbano bonaerense.
No hubiera conseguido ese dinero sin la ayuda del peronismo cercano a Macri, como el de Bordet y su Somos Entre Ríos, que en realidad solo sirvió para esquilmar a los jubilados y los pobres, en la provincia donde está la segunda ciudad más pobre del país, que es Concordia, que viene de ser administrada por el propio Bordet.
Si esto no es un Síndrome de Estocolmo, qué otra cosa lo será...
¿O no será que hay algunos que ven a Macri como el nuevo jefe del peronismo y estén especulando con pegarse a la boleta de Cambiemos para obtener su reelección?