El Pacto de Olivos y la UCR




Ramiro Pereira-. El grueso de este trabajo fue realizado en los primeros meses de 1999, cuando contaba con 21 años. En diciembre de 2004 me avoqué a sintetizarlo y a reformularlo en sus conclusiones, acusando recibo del tiempo transcurrido esos seis años.



Pensaba entonces que había logrado cierta distancia de la figura de Raúl Alfonsín y que podía ver el proceso político con mayor objetividad.

Durante el año 2005 lo envíe a amigos y correligionarios, entre otros -vía correo electrónico- a Osvaldo Álvarez Guerrero. El ex gobernador rionegrino y ex presidente de la Convención Nacional de la UCR en los tiempos del Pacto de Olivos me contestó con un extenso mail del cual hice una impresión pero que -desgraciadamente- no encuentro. En el mismo, Álvarez Guerrero hizo consideraciones elogiosas sobre mi trabajo, para luego señalar que a su criterio mi organicidad para con el Radicalismo me dificultaba vislumbrar algunas situaciones y que en algún punto -“si me permitís”- yo terminaba siendo un poco ingenuo. 

Despojado, ya a mis 40 años, de todo vestigio de ingenuidad, releo este texto de mi juventud y pienso que el mismo puede tener algún interés, siempre y cuanto se hagan las aclaraciones precedentes.

Por otra parte, no debe desdeñarse que en el apogeo del neoliberalismo en nuestro país fuera sancionada una reforma constitucional de avanzada en materia de derechos y garantías, que aún nos rige.

Las reformas a la parte orgánica no fueron igual de felices, al menos desde una perspectiva liberal como la que inspiraba al Dr. Alfonsín. Por tal entiendo al liberalismo político, aquel que reivindica las libertades y derechos de la persona humana y que procura evitar la concentración del poder, no sólo del poder político sino también de la que opera al confundirse el poder político y el económico. No debe asimilarse al liberalismo con el neoliberalismo (conservador y antiestatista), es decir con el liberalismo económico, al que en Italia se le llama liberismo.

El híper presidencialismo vigente en la Argentina aún hoy da cuenta de la poca relevancia de las instituciones pensadas para limitarlo incorporadas en la constitución nacional, salvo quizá la autonomía de la ciudad de Buenos Aires, finalmente el distrito de donde provinieron los dos candidatos que derrotaron al peronismo tras la reforma de 1994.

La limitación al poder hegemónico y la busca del buen gobierno habrá de encontrarse cuando no resulte políticamente posible que un gobierno poderoso se aparte del cauce institucional al ejercer su poder.



Cuando en 1983 los argentinos recuperamos las instituciones de la república democrática, el viejo partido de Alem e  Yrigoyen vuelve al gobierno como mayoría. La historia Argentina era la historia de los desencuentros. La ruptura de las instituciones republicanas el 6 de setiembre de 1930 es el hito histórico que, en el terreno político-institucional, implica la imposibilidad de la cada vez más compleja sociedad argentina de lograr estabilidad social y política a través de las estructuras constitucionales. La democracia argentina se vio entre los fuegos del cambio continuo en las estructuras sociales y la falta de compromiso democrático de las elites. No hubo pues fuerzas políticas democráticas en condiciones de canalizar los sectores sociales emergentes. El fraude patriótico, el régimen  del General Perón, la proscripción del peronismo, las fracturas en las otras fuerzas políticas y el surgimiento de una izquierda armada. La recurrencia a las fuerzas armadas como garantía del orden social frente a las distintas formas de subversión, en una sociedad que, igualmente, se definía por el continuo cambio en sus estructuras.  En la compleja sociedad argentina no había lugar para el sostenimiento de la legalidad democrática.  El pensamiento político de esos años refleja un desprecio enorme por un liberalismo político al cual se identifica con la debilidad y la corrupción, tanto por  izquierdas como por  derechas. El culto a la fuerza y a los hechos y la degradación de la palabra, en el caso, la palabra escrita en la constitución y en las leyes, que no significaban ya acuerdos políticos y sociales vigentes.



Un momento fuerte de imposibilidad de las instituciones de canalizar el conflicto fue la reforma de 1949. Frente a la vocación del peronismo de adueñarse de todo el aparato del Estado y perpetuar al propio Perón al frente del poder ejecutivo, la  Unión Cívica Radical, cohesionada en la oposición al régimen, plantó en la asamblea reformadora una negativa a todo un proceso que se consideraba viciado. “El propio miembro informante de la mayoría (se refiere a Arturo Sampay) ha confesado ante la conciencia argentina que la Constitución se modifica en el artículo 77 para Perón, con el espíritu de posibilitar la reelección de Perón. La representación radical desiste de seguir permaneciendo en este debate, que constituye una farsa”.1 Así terminaba el último discurso de Moisés Lebensohn, presidente del bloque de convencionales de la  UCR, tras lo cual los radicales  se retiran del recinto de la cámara de diputados donde sesionaba la convención. La Constitución será la constitución de Perón. La República Argentina no será República. Perón será depuesto, derogada la constitución del ’49, convocada una convención reformadora sin el peronismo en 1957, y la historia argentina devendrá en un espiral de violencia política y social.

Las elecciones de 1983 marcan una toma de conciencia democrática en la sociedad argentina, tras el fracaso del segundo peronismo, y la violencia estatal y para-estatal que se agudizó  tras el golpe de 1976. La larga noche de la última de las dictaduras revitalizó el sentido de la democracia y de las formas republicanas.  Fue un momento histórico en el cual el líder del ala renovadora de un viejo partido liberal-reformista gana las elecciones presidenciales recitando  el preámbulo de la Constitución. 



Fin de la primera parte.