El mundo está lleno de pelotudos



Lucas Carrasco- ¿Cuánto dirigen REALMENTE los dirigentes?





Los periodistas, los presidentes de clubes, los directores de escuelas, los dueños de ONG, los coroneles de empresas enormes, los políticos, los esquizofrénicos con polleritas que gobiernan iglesias; todos ellos, en promedio, están convencidos de que dirigen cada aspecto de la vida de quienes creen, en su nicho, que dirigen. A la mayoría les gusta el poder sádico que, con más o menos habilidades y eficacia, creen que ejercen. El poder es, en definitiva, sadismo institucionalizado.

Pero, a ver: los dirigentes creen que dirigen mucho de la vida de sus súbitos.

¿Es tan así?

Si uno conversa con esa gente, la mayoría están absolutamente convencidos de que dirigen más de lo que parece. Con lo cual, hablar con esa gente, suele ser aburridísimo. Más porque suelen rodearse de aduladores profesionales, fans de su fugacidad, beneméritos bananas pero sagaces en el innoble arte de vivir la vida (y el éxito) de otro. O ser fiscales de la moralidad ajena, como el 70% del periodismo, que nació con vocación de milico y buchón pero en la clase social equivocada, con el color de piel equivocado para ser suboficial. En nuestro país, en nuestra provincia, nadie de la clase media se hace milico. Eso es para los negros. Nosotros nos reservamos el derecho a pontificar contra la discriminación y la xenofobia. Porque somos bueeeenos. Y siempre encontramos un maaaalo. Para explicar, a diario, que los buenos siguen siendo buenos y los malos siguen siendo malos.



El mundo está lleno de pelotudos, como yo.



La gente normal, rutinariamente tonta como es la gente común, el pueblo, se entera de la existencia de los dirigentes cada vez que le joden la vida. Aparte de eso, ni pelota. Pero ese pueblo -idolatrado, idealizado, usado de manera vil para los orgasmos ideológicos de los sádicos del poder- sabe que debe hacer la venia ante los sádicos, los dirigentes. Es la manera de no sufrir las consecuencias disciplinadoras por decir que el rey está desnudo. Porque, desde el origen de la especie humana, la motivación que guía nuestros actos y pensamientos, es el miedo.

Por supuesto, señores, el miedo se ha vuelto tan sofisticado que no lo mencionamos en la Constitución, las leyes, los discursos parlamentarios, las pontificaciones morales del periodismo, los sermones de los esquizofrénicos con polleritas.

El masoquismo del pueblo explica el sadismo del poder. Sin masoquismo popular, no hay poder. Es tan sencillo. Hasta lo podría entender la gente común, que por lo general, no entiende nada. Y se ofende si no se la exalta gloriosamente como el podio de la razón última de la existencia de los que ejercemos algún poder, por pequeño que sea. Por ejemplo, en este momento, yo estoy ejerciendo un poder enorme sobre vos que estás leyendo: me estoy metiendo en tu mente, haciéndote acordar cosas feas, haciéndote reír, haciéndote pensar, eso es mucho poder: logro meterme en tu cabeza y no sé ni quién sos y, para colmo, tampoco me importa quién seas. Pero en diez minutos te vas a olvidar de esta nota. Los dirigentes, incluso los más sofisticados, que son los que saben dirigir las letras en un teclado para darle vida propia a un texto, no dirigen tanto como creen. Solo se drogan con sus supersticiones de superioridad. Y está bien que sea así.


Hay sociedades con menos miedo y por lo tanto, menos masoquismo. Como en los países del primer mundo. Tienen menos miedo y por lo tanto menos masoquismo así que dedican sus energías a ejercitar el sadismo con los pueblos y personas del tercer mundo.Y es que el mundo está lleno de pelotudos. En todos lados. Incluso, adentro nuestro. Principalmente adentro nuestro.