¿Ya somos Venezuela?



Osvaldo Quinteros-. El gobierno nacional se fabricó solito una crisis que por ahora no se sabe si sabrá neutralizar, una crisis en la que encima arrastró a los gobernadores del peronismo genuflexo como Gustavo Bordet. Lejos quedaron los tiempos en que Enrique Cresto encabezaba una supuesta "resistencia" junto a Capitanich: hoy negocia que su hermana, recién electa diputada nacional, tras jurar por la "resistencia peronista" no se resista al encanto de votar una quita en las jubilaciones, los planes sociales y una precarización laboral. Vaya resistencia peronista.

La profundización del déficit fiscal por la quita de las retenciones a la minería y los granos y el pago a los Fondos Buitres a cambio de una fallida lluvia de inversiones, es culpa del gobierno de Cambiemos. La pudo suplir en parte gracias a la "pesada herencia" del desendeudamiento, que dinamitó con crédito caro y destinado a gastos corrientes. Además del exitoso blanqueo impositivo de capitales en el exterior, de una magnitud nunca vista (hay que reconocerle al gobierno nacional este mérito indiscutible).
Esta crisis del déficit fiscal trató de paliarla con hachazos en los haberes de los jubilados y pensionados, su principal masa de votantes. Enseguida hizo recordar a la "Tablita de Machinea" con que la Alianza dinamitó su base electoral, la clase media metropolitana.
La descomunal presencia de uniformados y su actitud salvaje, al mando de Patricia Bullrrich, fueron el ingrediente escénico indispensable para que todos los argentinos volvamos a sentir el temor a una repetición de la crisis del 2001.
Pensar nomás que hace un mes la prensa macrista buscaba instalar no solo que la reelección de Macri era un paseo sino que ya se estaba debatiendo adentro del PRO quién sería el sucesor en el 2023.

La apuesta a paliar el déficit fiscal podando las jubilaciones era y es una grosería reaccionaria. Además de una estupidez política: entre los jubilados está el núcleo duro de los votantes del PRO y de Cambiemos, pero especialmente del PRO.
Al circo le querían sacar el pan. Mala idea.
Tuvieron un escenario poselectoral favorable para hacer acuerdos con gente que piensa distinto y representa otros intereses. Prefirieron hablar con ellos mismos, darle órdenes al peronismo genuflexo como el de Gustavo Bordet, que ni siquiera lidera el peronismo entrerriano -la mitad de los diputados nacionales peronistas iba a votar en contra de los deseos de Macri y Bordet de recortar las jubilaciones- y meter presos o apalear con la policía a los opositores que no se dejaran extorsionar o comprar.
La falta de reflejos y de política fue salvada una vez más por la diputada Elisa Carrió, de lejos, la mejor dirigente de Cambiemos. La más hábil e inteligente.



Luego de generarse esta crisis, el gobierno nacional apareció como una remake de la Alianza: con un presidente dubitativo que se escondía, que no sabía qué camino seguir, si sacar un decreto o empoderar a los gobernadores y someterse a ellos. Todos los caminos ya fueron probados como globos de ensayo ante la opinión pública con la prensa macrista. Todos cayeron, sucesivamente, mal. Especialmente en su base electoral.
Llenarse la boca con guiones escritos por publicistas hablando de la república, el diálogo, el consenso y la Pobreza Cero mientras se gasean diputados, se reprime en Plaza de Mayo, se asesinan jóvenes de pueblos originarios y se busca recortar las jubilaciones y la AUH, suena a delirante. Si el gobierno nacional no cambia a tiempo su estrategia y deja el marketing por la política, entra en una zona roja.
La gente no quiere otro 2001. La gente no quiere que seamos Venezuela. El gobierno pareciera estar a gusto gobernando como en Venezuela, a los palazos y con presos políticos en el marco de un empobrecimiento general y una inflación galopante. El gobierno pareciera hacer todo lo que no debe hacer para evitar un nuevo 2001.