Política y sectas



Lucas Carrasco-. La reciente sanción por unanimidad de un monumento a la ignorancia por parte del Concejo Deliberante de Paraná, revela un aspecto poco estudiado: la relación de las sectas con la política.





Como es sabido, las sectas se aprovechan de la gente que por distintas razones tiene menores capacidades intelectuales, predisposición a creer en tonterías y una profunda ignorancia. Que una secta se apodere de la totalidad de los bloques de un concejo deliberante revela aspectos oscuros de nuestra sociedad: la posverdad ya es parte hasta de la ley.

En todos los países existen sectas que dicen que la manipulación de los alimentos hechas por personas que no sean ellos mismos (que de paso, te suelen vender sus productos) es mala. Por manipulación de alimentos se entiende lo que la secta en cuestión quiere que sus fanáticos crean, dado que ya no quedan civilizaciones de la especie humana en la tierra que no manipule sus alimentos. Se extinguieron hace 12.000 años (o 9.000 años antes de Cristo) en el período conocido como Neolítico.
Algunas de estas sectas creen que si la manipulación de los alimentos la realizan ellos mismos, se evitarán los terribles males imaginarios y diabólicos de una conspiración mundial para asesinarlos a través de los alimentos. Por lo tanto, manipulan un pedazo de tierra, a través de tecnologías científicas de fácil acceso a través de internet -como saber el PH de una tierra, qué necesidad de nutrientes tiene y cómo combatir las enfermedades en las plantas o animales-, para dotar a esta tontería de una especie de farsa naturista de gente que se defiende de la conspiración mundial.
En vez de ir a la verdulería a comprar un pimiento, como estas sectas creen que el verdulero o alguna gran empresa de semillas o cualquier variante naturista de Los protocolos de los sabios de Sion, quieren envenenarlos y matarlos, lo cultivan en su casa. Lo cual es muy respetable y además, cada quién hace lo que quiera y no tiene nada de malo. El problema es cuando se meten con el resto de las personas. Cuando crean, a partir de la manipulación personal de ese pimiento, una superchería pseudoreligiosa con todos los elementos de las conspiraciones que tiene toda secta y tratan de influir sobre las autoridades para que la salvación que provee la secta sea impuesta a toda la sociedad.
Nadie toma en serio al Concejo Deliberante de Paraná y toda persona educada da por sentado que lo que voten o no voten es irrelevante. Lo cual muestra los anticuerpos democráticos de la sociedad para alejar el fascismo primitivista de estas sectas.
Sin embargo, hay que alarmarse por el silencio de quienes saben que los concejales acaban de votar una superchería imposible, una imbecilidad atroz, propia de ignorantes poseídos por una secta. Una secta a la que todos le temen: parece que ser razonable está prohibido en el ágora público.




A diferencia de quien guste cultivar su pimiento, su cerveza, su marihuana y su perejil, yo prefiero comprar todas estas cosas en el mercado y ahorrarme el tiempo, porque tengo que trabajar y porque tengo otros gustos. Prefiero leer un buen libro que ensuciarme las manos en un terreno que además no tengo. Y para comprar las semillas y domesticar las plantas, necesito dinero que tampoco tendría si no trabajara. De manera que, con todo respeto por quienes pueden y quieren hacer ésto, no es lo mío. Y no hay ningún problema, excepto que pretendan obligarme, como los concejales pretenden, a vivir en un período anterior a la Edad de Piedra. Dado que, seguramente, desconocen que la Edad de Piedra fue un salto tecnológico fundamental para la evolución de la especie humana y que costó millones de vidas, miles de años y padecimientos que hoy siquiera podemos imaginar. Por suerte.
Ok, los concejales son brutos y no saben que votaron obligarme y obligarse a vivir en un período anterior a la Edad de Piedra. Pero ahí radica justamente la gravedad del asunto: cuando las sectas convierten su superchería en sentido común, cuando en la opinión pública nadie señala su irracionalidad, cuando los poderes estatales no activan todas las alarmas y anticuerpos democráticos ante estas imbecilidades, es porque tenemos un problema grave. Muy grave.

Los mismos que respetan a rajatabla a la oligarquía, que suele vivir al margen de la ley en "el campo" (entre otras razones, porque hoy en Entre Ríos, la oligarquía es parte de la dirigencia política) aprovechan los delitos de esa oligarquía, como la fumigación de escuelas que están cerca de los campos, para extender una red de supercherías anticientíficas fundadas en supuestos estudios científicos que nunca aparecen. Por el contrario, los estudios científicos que aparecen dicen lo contrario. Y ahí es cuando los líderes de las sectas acusan a la ciencia entera de estar pagados por grandes empresas malignas que conspiran para asesinarnos a todos. Y por supuesto, al escribir este tipo de notas denunciando a las sectas, yo mismo seré acusado de ser parte de esa mega conspiración que domina el mundo y cuyos tentáculos han llegado a mis bolsillos. Oh.
El silencio cobarde permite que la superchería de estas sectas se convierta en sentido común.
Una vez que estas supercherías se convierten en sentido común, pueden llevar adelante políticas peligrosísimas para la democracia y para la vida de las mayorías, especialmente los más pobres.
Hoy no corremos ese riesgo, porque sanamente, el Concejo Deliberante de acá o de cualquier parte de la provincia, es un organismo inútil, desprestigiado y que solo sirve como caja política de punteros que se dan importancia en el barrio. Que si uno los comprara por lo que valen y los vendiera por lo que creen que valen, haría más plata que con el carry trade de las Lebacs. Es una paradoja interesante que incluso la degradación institucional sea la que nos salve de una mayor degradación social.
Pero el horizonte a mediano plazo no siempre tendrá siempre esta combinación virtuosa de dos variables desagradables.
Entre las sectas y la demagogia hay un parentesco natural y callarse ante el avance de la superchería y la ignorancia es darle pasto a las fieras para que, algún día, quizás cuando ya sea demasiado tarde, terminemos arrepintiéndonos y sufriendo las consecuencias.