Patoruzito Sociedad Anónima



Manuel Langsam-. La revista Patoruzito comenzó a aparecer en octubre de 1945. Llegaba los días jueves a la librería de Ulfohn y costaba diez centavos.





Hacía poco que yo había aprendido a leer y me atrapó desde un principio. Traía unas historietas que para mi edad me parecían fantásticas y todas ellas tenían en el último cuadrito la leyenda “continuará”, lo que las dejaba en suspenso hasta la próxima semana.
Así fui conociendo a personajes como El Gnomo Pimentón, Langostino, Vito Nervio, Rinkel El Ballenero, Rip Kirby, Flash Gordon, Hernán el Corsario, El Huinca, etc. Personajes que aun recuerdo con cariño. También incluía adaptaciones de obras de la literatura universal, como El Mercader de Venecia, Coriolano, El Libro de las Tierras Vírgenes o Colmillo Blanco.



Como a los dos años de aparecer se me presentó un problema: el número aumentó a veinte centavos lo que me resultaba carísimo y se me hizo difícil seguir comprándola. Por suerte, tuvo el mismo problema un chico vecino también fanático de la revista: Alberto (Beto) Kilstein. Entonces hicimos “una sociedad”: ponía diez centavos cada uno para comprar el Patoruzito. Una semana la retiraba  y la leía uno y luego la leía el otro y ya se quedaba con ella. Los jueves, ni bien salíamos de la escuela al que le tocaba ir a comprarla pasaba por la casa del otro (vivíamos enfrente), a “buscar los diez”.
Esta sociedad funcionó muy bien hasta que terminamos  la escuela primaria.



Beto se fue a estudiar al Colegio Nacional de Villaguay (luego su familia se mudó también hacia allí), y yo me fui a hacer el secundario al Colegio Comercial de Concordia.
Al finalizar el secundario él continuó sus estudios ingresando a la Facultad de Odontología de Córdoba y yo, después de unos años de trabajar en Domínguez , me fui a estudiar veterinaria en la Facultad de Corrientes. Y perdimos totalmente el contacto.

En el año 2002, en ocasión de llevarse a cabo el Censo Nacional Agropecuario, fui designado Supervisor a cargo del Departamento San Salvador.
Mi tarea consistía en organizar, supervisar y controlar el relevamiento para todo el Departamento. Para ello contaba con cinco censistas, un secretario y un plazo de sesenta días para entregar el trabajo terminado.
Yo viajaba los días viernes a San Salvador a recoger las planillas de la semana de los censistas, controlarlas y marcar en los mapas de cada uno de ellos las parcelas censadas, lo que me llevaba el resto de la semana. También, en uno de los primeros viajes a San Salvador hice presentaciones en la radio y canal de TV locales a fin de explicar en qué consistía el censo y pedir la colaboración de todos los productores para desarrollar la tarea.

En uno de esos viernes, uno de los censistas me dice:
"tengo un mensaje para Ud. No lo entiendo pero se lo paso textual. Estuve hace unos días en el consultorio de mi dentista y me encargó que le pidiera “los diez centavos para el jueves que viene”.

¡El Beto!
Ese mismo día llamé por teléfono a su consultorio, dí un nombre ficticio a su asistente y le pedí un turno para atención urgente, ya que estaba de paso por la ciudad y tenía un terrible dolor de una muela.

Cuando llegué al consultorio, salió sin tener idea de con quien se iba a encontrar. Me acerqué y le tendí una moneda de diez centavos…

Y ahí quedamos mirándonos. Habían pasado ¡52 años! desde la última vez que nos vimos. Ese día se terminó el trabajo, tanto para él como para mí y nos quedamos intercambiando noticias sobre nuestras vidas. Y luego ocupamos el tiempo restante hablando de…¡¡Patoruzito!!