Los Falladitos



 Lucas Carrasco-. Ayer los veía, en fila. Se premiaban, se aplaudían, se besaban. Posaban para la mortalidad en olvidables fotos que sus empleados subirán a Faceboock para que los empleados que no fueron al pomposo evento inútil pongan Me Gusta. Sonreían, con su mismidad deprimente.



Después pasaban por al lado, algunos me saludaban como si fuéramos casi hermanos de la vida, otros me ignoraban, otros me dedicaban alguna mirada de odio; lo de siempre, también, con los políticos. Lo de siempre, también, con mis crónicas: siempre soy el centro del asunto.
Después salían, los señores, corriendo, porque se supone que deben mostrarse nerviosos y apurados y proactivos y llenos de urgencias y abrumados y caritativos y simpáticos y todo eso que hacen ya como oficio. Y se iban y subían a sus autos prestados con choferes viaticando y volvían a sus confortables casas a mirar porno o Netflix, respirando tranquilos porque había pasado otra jornada donde simulaban salvar el mundo. Lo de siempre, también. Con esa mismidad deprimente. Tan deprimente.
Clausurando matices.

Los políticos son gente así. Los periodistas no son mejores personas, son parte de este circo triste. A los periodistas les encanta, también, premiarse entre sí. Abrazarse. Amarse eternamente hasta que tengan la oportunidad de hablar mal y pronto de su Gran Amigo. Oh. Esta gente.
Son mundos donde todos se creen amigos de todos y todos se odian entre sí, todos piensan poco y lo poco que piensan lo reservan para quererse a sí mismos, pensar en sí mismos y pensar, sobre todo, cómo hacer para que no se note que solo piensan en sí mismos, que es la manera en que uno al toque descubre que una persona solo piensa en sí mismo: cuando está demasiado preocupada porque no se note, por mostrarse generoso, voluntarioso, despojado, casi heroico. Son los falladitos. Son esos hombrecitos de sombrero gris. Los Falladitos.

Algún día, mirando el río Paraná, en algún evento de estos, voy a mirar a mi hijo y le voy a explicar: hijo, éstos son Los Falladitos. No vas a poder evitarlos. Vas a tener que convivir con ellos. Escucharlos por todos lados cómo se elogian a sí mismos, como se aplauden encima, cómo fingen sensibilidades que, tal vez, alguna vez, allá lejos, tuvieron. No les creas nada. Mantenete, en lo posible, alejado. Apartate de esta gente. No te tientes con sus promesas. No les haga caso. Hacé tu vida, lo mejor que puedas, a pesar de esta gente. Pero siempre tené en cuenta que son expertos en crear amistades traicionables, en jugar al enemiguito imaginario, en joder a la gente. Se precavido y astuto. Sé inteligente. Alejate de esta gente.

¿Soy mejor que ellos?
No.
¿Soy peor?
Ya lo quisiera.
Lo más probable y lo más triste es que soy, simplemente, igual.
Uno más de Los Falladitos.
Con habilidades y talentos, con defectos y mañas, con locuras y alguna que otra, aislada y poco frecuente, actitud propia de gente buena. Pero son pocas. Muy pocas. La mayoría del tiempo soy uno más. Integrante del pelotón de Los Falladitos. Cronista gracioso de mi propia degradación. Que también tuvo, allá lejos, alguna vez, sensibilidades. Que también tuvo, alguna vez, allá lejos, sueños solidarios. Utopías valiosas que fui perdiendo con los años. A medida que se me curtía el cuero.
El joven de izquierda que fui se fue quedando, sentado en una plaza sin luna, tocando la guitarra, mientras mi vida seguía. Ya casi ni me acuerdo de aquellos días, cuando combatía a Los Falladitos y me juraba, convencido, sincero, jamás ser parte de ellos. Perdí hasta el orgullo de mantenerme alejado, apartado de la intensa tontería que, para colmo, como viejo resabio de un vino patero, sigo despreciando. Pero siendo parte. Un alfil más en el tablero de Los Falladitos. 

El pensamiento de que Los Falladitos han jodido la sociedad es tentador. Como todo lo simplista: azucarado y adictivo. Creer que la pobreza, la brutal desigualdad, el atraso democrático en libertades civiles, son culpa de esta gente. Es fácil pensar así. Otorgarles el poder que ellos creen tener. Burlarme, desde el más allá ético donde viven mis escritos, de su folclore ridículo, la inutilidad intrínseca de sus ceremonias, lo gracioso de que se premien entre ellos por méritos que no tienen.
El problema es que yo soy igual.
Y además no tengo la solución.
Y además se que las cosas no son tan fáciles.
Y además tengo más preguntas que respuestas.
La misma sociedad, empobrecida, es la que los aplaude. La que me escucha en la radio. La que lee mis escritos. Estamos jodidos. No son solo Los Falladitos: esa mersa mezcla de políticos, periodistas, alcahuetes profesionales, cirujanos del rumor y combatientes de ultradramitas semideológicos por Facebook. Estamos jodidos. Y creo que todos lo sabemos. Que en el fondo, miramos alrededor y lo sabemos: esto es un fracaso prepotente, esta sociedad se fue a la mierda, nada salió bien, no paramos de mandarnos cagadas en nombre de la gente. No jodamos: la caravana torpe de grandilocuencias no es más que la exhibición salvaje de algo que se jodió hace rato. Que no tiene solución.

 Los Falladitos de mi ciudad son fáciles de detectar. Son parecidos a mí.
Demasiado parecidos.