Cooperadora escolar "La Colmena"

 Manuel Langsam-. Fue cuando yo estaba cursando segundo o tercer grado de la escuela primaria (la Nº  11 Isidoro Suarez de Villa Dominguez).





Una tarde, al finalizar uno de los recreos, en vez de dirigirse cada grado a su aula, nos hicieron sentar en el piso, en semicírculo, en el patio alrededor del mástil.

No sabíamos que iba a suceder, pero se reflejaba temor en el rostro de todos los chicos pensando que nos iban a vacunar (ya había sucedido otras veces). Muchos comenzaron a mirar disimuladamente hacia los costados tratando de encontrar una posible vía de escape, pero había maestras por todos lados.

Después, para alivio de todos, el portero (José Miños) puso adelante un escritorio y dos sillas. Ya vimos que no se trataba de vacunación y volvieron las conversaciones, gritos y algunas risas.

Las dos sillas fueron ocupadas: una por la directora y la otra, por una persona de edad, que se ayudaba con un bastón para caminar. Después de unas pocas palabras de la directora a las que nadie prestó atención, comenzó a hablar el viejito, al que tampoco nadie prestó atención al principio, pero que poco a poco fue ganando nuestro interés relatando lo que nos pareció un cuento, sobre unos obreros textiles de Rochdale (Inglaterra), que en el siglo XIX trabajaban en jornadas de catorce horas  y les pagaban tan poco que, a fin de mes tenían que juntarse entre varios para comprar una bolsa de harina.

Para transformar una situación tan desfavorable, con el tiempo instalaron un almacén que se llamó Sociedad Cooperativa de Rochdale, que empezó a proveer a los trabajadores de productos como azúcar, harina, sal o manteca. Compraban por mayor y vendían a cada integrante de la sociedad a precios muy bajos.

A esta altura “del cuento” el hombre ya se había ganado toda nuestra atención y, lo que al principio era todo murmullo, se transformó en silencio total para escucharlo.

Ese fue el principio, nos dijo, del sistema de organización cooperativa, la forma más democrática de distribuir bienes, fundado en base a igualdad total entre todos los asociados. Todos tienen los mismos derechos y obligaciones, y, en las asambleas, cada socio es un voto.

Si al fin del ejercicio (o año) hay alguna ganancia, se invierte en mejoras, se hacen reservas para épocas adversas y si aún queda algo, se distribuye por igual entre los accionistas (o socios).

Entonces chicos, prosiguió, yo vengo a proponerles que ustedes también hagan una cooperativa con la ayuda de los maestros. Redactan un estatuto con unas pocas reglas, cada uno compra una acción, forman un pequeño capital y adquieren útiles escolares que ustedes usan a diario. Así pueden tener sus lápices, cuadernos, gomas , tinta, reglas, a precios mucho más bajos que en los comercios.

Si luego, a fin de año queda alguna ganancia, se puede organizar una biblioteca comprando unos pocos libros al principio e ir aumentando el número con el tiempo.

A los pocos días, con la ayuda de las maestras, cada grado eligió un delegado y formamos la “Cooperadora Escolar La Colmena” que funcionó en la Escuela Nº 11 con mucha aceptación. Así fue al menos hasta que finalicé el sexto grado.

No sé cual fue su destino posterior. Pero en la época que estuvimos en la escuela nos fue muy útil, ya que no solo compramos útiles más baratos, sino a los que nos gustaba leer, pudimos disfrutar de libros de la colección Billiken, por ejemplo, que traían grandes obras adaptadas para niños.

Solo me resta aclarar que aquel viejito que vino a exponernos sus ideas, a pesar de tener a esa altura de su vida múltiples actividades y compromisos, era nada menos que Don Miguel Sajaroff. ¡Un Grande!