Turnos


Manuel Langsam-. Santiago era herrero. Tenía alrededor de 40 años, soltero, vivía solo al fondo de la herrería, desprolijo, físico bien desarrollado de tanto trabajar con la fragua, el yunque y las mazas. En lo suyo, era un buen trabajador. Lo perjudicó mucho el despoblamiento de las colonias y el paulatino abandono del uso de carros y sulkys, a consecuencia de lo cual se le estaban presentando algunos problemas económicos.





Doña Clara era viuda, vivía en el campo y lo trabajaba ella misma con la sola ayuda de un peón. Pero, con el tiempo ambos empezaron a sentir los años. Tenía una hija, de unos 25 años que vivía con ella, pero de poco le servía para el trabajo ya que, aunque joven, pesaba alrededor de 130 kilos…

Entonces se le ocurrió que el herrero sería un buen partido para su hija y a la vez una solución para ella en la ayuda con los trabajos rurales.

Comenzó a frecuentar la herrería para encargar o consultar por algún trabajo  y en esa tarea se hacía acompañar siempre por su hija. Después de un tiempo fue directamente a proponerle al herrero su idea: casarse con su hija, dejar la herrería, establecerse en el campo y trabajar con ella.
Santiago no lo pensó mucho. Él ya tenía 40 años, su trabajo había decaído mucho por falta de clientes, entonces no sería mala idea casarse (el peso de la chica no le pareció ningún inconveniente) e irse  a vivir y trabajar en el campo que, algún día, sería suyo.

Fue un arreglo conveniente para todos: Doña Clara consiguió un buen refuerzo de muchos músculos y poco cerebro. Santiago consiguió esposa y un futuro aceptable. Y la chica un marido, algo con lo que ya no soñaba.
En el campo se hacía agricultura pero, por falta de maquinaria, estaba en manos de contratistas. Entonces la ocupación primordial consistía en la explotación ganadera, cría y un pequeño tambo.

Como la propiedad no era muy grande y la hacienda no era mucha, Santiago y su suegra llegaron a un acuerdo consistente en que se turnarían un día cada uno para recorrer los potreros y luego arrimar las lecheras cerca de la casa para tenerlas a mano temprano al día siguiente.

Todo marchaba en orden y cada uno respetaba su tarea.

Una tarde de un día de invierno, pleno julio, comenzó a llover en forma impresionante.
Relámpagos, truenos y agua cayendo a baldes.
Justo ese día le tocaba traer las vacas a Doña Clara. Pero en vista a cómo se presentaba el tiempo, no se animaba a salir. Lo mira a su yerno que estaba cómodamente instalado junto al fogón tomando mate y observando la lluvia por la ventana. El no hizo ningún gesto que demostrara la más leve intención de reemplazar a su suegra y cumplir la tarea.

Como se estaba haciendo tarde y vio que no tendría ayuda, la mujer se  armó de coraje, se protegió lo mejor que pudo y salió a caballo a acercar las vacas.

Volvió como a la hora. Totalmente  empapada y temblando de frío. Su hija la ayudó a secarse, la cubrió con ropa abrigada pero no dejaba de toser y temblar. Entonces la acostó en la cama con una bolsa de agua caliente, le alcanzó té con aspirinas y la tapó bien.
A los dos días no mostraba síntomas de recuperación y decidieron llevarla al hospital de Domínguez en donde quedó internada con diagnóstico de neumonía.

Cuando el médico se cruzó con Santiago y como ya estaba al tanto de lo ocurrido, lo paró y le dijo:
-Pero amigo, ¡me extraña su comportamiento! ¡Como se le ocurrió mandar a  una mujer de esa edad a salir al campo en una  tarde tan fea!  Hubiera ido Ud. que es mucho más joven y fuerte y no le hubiera pasado nada!
El hombre ni se inmutó. Miró al médico  y respondió:
-Ud. no entiende nada. Yo no podía ir. Le tocaba a ella y…¡¡turno es turno!!.