Racismo y literatura argentina



Lucas Carrasco-. En la literatura argentina, gracias a estudios viejos -interesantes y profundos- de Abelardo Ramos y con mayor sutilidad de David Viñas, el eje "civilización vs barbarie" ha sido una manera de posicionamiento estético que derivó en posicionamientos políticos.



La izquierda nacionalista fue ampliando el concepto hasta llevarlo (paradojalmente) hacia un enclave regional latinoamericano. Y de vez en cuando, racista. En el buen sentido del término.
Sí. Hay un buen sentido del término, calma. El clivaje "civilización vs barbarie" lo lleva, en la literatura, al paroxismo, Sarmiento, por caso (emblemático) usaba el concepto de "raza" como un estructurador de la Argentina de su tiempo y la Argentina que soñaba. Juzgar a Sarmiento con las categorías de hoy es, además de injusto; inútil, que es peor. Hoy, la ciencia ha demostrado tajantemente, a través de los estudios genéticos, la inexistencia de las razas en la especie humana. Todos los habitantes del planeta somos híbridos formados a lo largo de cientos de miles de años desde que salimos de Etiopía a poblar el mundo, aún las regiones más hostiles, los climas más agresivos, las fieras que nos desafiaban y la ausencia de alimentos y desarrollo metabólico para combatir enfermedades. A lo largo de los siglos, el ingenio humano se las arregló para superar una multitud creciente de problemas que han alargado la vida y la calidad de vida de la especie humana y reducido de manera drástica las injusticias al interior de la especie -como la desigualdad de géneros y el racismo- como hacia el exterior, en nuestra relación con la naturaleza. Lo cual no significa que vivamos en sociedades perfectas, que queda mucho por hacer, que hay crueldad y aberraciones, que las cosas estén preciosas. Significa que se ha avanzado mucho y aún resta mucho por avanzar.


El clivaje "civilización vs barbarie" estuvo siempre anclado en Argentina en cuestiones raciales como las identidades indígenas, los criollos, especialmente los gauchos, los descendientes europeos, y la diáspora y exterminio de los descendientes de esclavos africanos. También por cuestiones de clase social y por guerras vinculadas al viejo y siempre reactualizado drama en torno a la aduana y el puerto, lo que hoy está desdibujado con el significante vacío de "federalismo".
Pero todas estas cuestiones estaban subordinadas, con elegancia, a dimensiones temporales. Aceptando que la evolución no es uniforme ni lineal, el clivaje complejizaba el sustrato de positivismo iluminista del cual surgió, diciendo: los civilizados son una etapa superior de la evolución humana, los bárbaros son aquellos que se han quedado en el tiempo, "atrasados".
Ésto es explícito en las obras literarias de Sarmiento, pero también de Esteban Echeverría, José Hernández, Ricardo Güiraldes. Ya en el siglo XX en Borges y Martínez Estrada, que son quienes estudia Abelardo Ramos en 1954 (tanto Borges como especialmente Martínez Estrada tendrán derivaciones políticas y estéticas que los haría difícil de encasillar de la manera en que fueron enjuiciados por Ramos. Pero el caso paradigmático -y ésto lo digo yo, no Ramos- es Cortázar: de antiperonista rústico, racista y hasta vulgar, a descubrir desde París las dulzuras de la violencia indígena nicaraguense, su progresismo creciente fue inversamente proporcional a su pérdida de calidad artística).



Esas dimensiones epocales hoy siguen siendo parte de los imaginarios culturales, aunque se hayan resignificado y el concepto subyacente antes y hoy, la globalización, sea hoy fácilmente percibido por mucha más gente que los cerrados circuitos culturales de la Revista Sur o la poesía gauchesca del siglo diecinueve. Con derivas inquietantes como la exaltación de la barbarie, de manera burda y paternalista (advertencia al lector: en distintos medios de hace nueve o diez años, escribí sobre esto mismo, exaltando ese costado de barbarie, de manera provocativa.  Con el tiempo he ido matizando y cambiando esa mirada). Aunque ya no es la literatura el terreno de disputa, ciertos viejos conceptos como "pueblos originarios", "gente del interior", "industrias culturales", incluso el "respeto a la biodiversidad cultural" esconden cierta trampa conceptual que bajo el ropaje de la gala de moda, se esconden los viejos conceptos de contraposición de temporalidades. En el campo de la economía, como no se preocupan por el estudio de las Ciencias Sociales que creen que no integran, se naturalizan con alegre estupidez llegando al colmo de reorganizar este clivaje como "racionalidad versus irracionalidad". Como botas impermeables de moral victoriana pasean su novedad de siglo pasado.
La exaltación de la barbarie es una tontería que vuelve rudimentarios los axiomas de Jean-Jacques Rousseau sobre la bondad intrínseca de la naturaleza humana. Su contracara civilizada tiene sus exaltaciones vulgares, especialmente en el campo de la economía, volviendo toscos por la contraria los mismos axiomas que patentizó Rousseau.

Esa dimensión epocal para establecer clivajes en torno a los cuales organizar las luchas culturales, se completan con aspectos sociales (de clase y, lamentablemente aún, de raza) y geográficos. Y aunque ya no dan cuenta de la complejidad de la sociedad siguen siendo significantes vacíos alrededor de los cuales se establecen perímetros de lucha política.
La poca divulgación de una ciencia como la Epistemología contribuye a que este debate se de en términos simplistas o que se disfracen con correcciones políticas lo que antes se decía, sencillamente, de otra manera, pero sin que existieran los conocimientos ni los instrumentos del conocimiento social que hoy existen. Incluso, hay cierto retroceso en el debate porque se impugnan los criterios estéticos por sus derivas políticas, como si Cortázar fuera un racista de la peor derecha por haber escrito Casa Tomada o Ezequiel Martínez Estrada no fuera un gran escitor por haber publicado la catilinaria "¿Qué es esto?".  Apenas Borges se salva un poco de esa impugnación por razones políticas igualmente mezquinas pero bien disimuladas.

Por fuera de esas exageraciones, malinterpretaciones y hasta incluso, cierto retorno al naturalismo vulgarizante, la esencia de ese clivaje sigue siendo potente para el debate cultural argentino y mundial.