¿Me lo podría repetir?




Julio Reibel-. Una de las tantas frases que se le atribuyen a Albert Einstein dice, más o menos, “no entendés algo realmente si no podés explicárselo a tu abuela”. No viene al caso si de hecho lo dijo o que también hay abuelas astrofísicas. Lo que plantea es una manera de probar si el conocimiento se posee o no; o bien si resultaría útil en ciertos casos en que deba transmitirse. Pero además, y es lo que me interesa desarrollar, evidencia, con una situación hipotética extrema, los límites de la comunicación entre interlocutores con preparación asimétrica para comprender una cuestión dada.
Además de la escasez del conocimiento, los divulgadores científicos, respecto de los científicos, encuentran en esa dificultad la razón de ser de la especialización de su tarea. También, al menos en parte, los docentes y los periodistas. Si se considera valioso y deseable que cierto conocimiento (parcial, perfectible, insuficiente, etc.) sea compartido por la mayor cantidad de personas posibles, o siquiera por aquellos a las que podría mejorarles la vida, es una cuestión ineludible y capital si se plantea seriamente la tarea de comunicarlo.

Dejando de lado los conocimientos técnicos (un escultor sabrá elegir el mejor material pero difícilmente va a tener un conocimiento acabado de los enlaces químicos que le dan las características deseadas a su materia prima), si un biólogo se sienta a explicarme el metabolismo de la célula, que debería haber aprendido en la secundaria, lo más probable es que me convenza de que logré aprenderlo pero lo que pude retener hayan sido solo ciertos rasgos, los más importantes si tuve suerte. Por más que sea algo bastante bien estudiado y conocido desde hace décadas, yo tengo mis limitaciones porque no tuve una preparación suficiente para aprovechar a ese biólogo tan considerado. Por algo es que los manuales de biología vienen con dibujitos esquemáticos y los alumnos van al examen habiéndoselos memorizado para olvidar la mayoría cuando toque el timbre.
Si se agarra a alguien al azar y se le pide que diga algo acerca de Platón es altamente probable que diga: a) ¿el futbolista brasilero?, o b) filósofo idealista, o c) ns/nc. El primero ni entendió bien la pregunta porque no conocía los términos que usó el entrevistador. El tercero no quiso pasar vergüenza porque sabía lo suficiente para reconocer que no estaba a la altura de la prueba. Y el segundo tuvo la suerte de haber tenido algo de filosofía en la escuela pero lo que sabe no le sirve para nada. Para demostrar sus conocimientos dirá algo de una caverna (posiblemente asumirá que Platón era un hermitaño) y si se le presiona para que diga a qué se refiere con “idealista”, antes que exponga los fundamentos de la cosmovisión platónica, es más probable que diga que luchaba por lo que creía. (Por si alguien no lo notó, lo que acabo de usar es un ejemplo a medida de mi argumentación, pero de todos modos no creo que haga falta persuadir a nadie de la extensión del desconocimiento del pensamiento de Platón, entre los que me incluyo).
El que respondió “filósofo idealista” dio una versión simplificada de una respuesta que podría considerarse acertada. De por sí el cerebro procesa la información para darle sentido pero, dependiendo de las herramientas conceptuales con las que cuente previamente, esa información podrá ser más o menos compleja sin dejar de ser comprendida. Entonces mientras menos se sabe, menos se puede saber. Sin conocer la diferencia entre la disyunción inclusiva (“A y/o B”) y la disyunción exclusiva (“A o B pero no A y B”) es imposible entender cabalmente nada de lógica proposicional y mucho menos de programación.
Por esa simple razón el que asume la tarea de comunicar lo que sea, sabiendo lo que quiere decir, debe sopesar a quién le está hablando para adaptar su mensaje. ¿Deberá invertir energía (propia y ajena) en explicar definiciones de conceptos básicos para luego construir sobre ellos o podrá ir al grano? En la comunicación de uno a uno es más fácil (ni hablar si hay retroalimentación en tiempo real) pero en la de uno a muchos casi siempre implica discriminar sobre el total de los receptores si no se quiere sacrificar el mensaje. Habrán elecciones estéticas, formalidades, cuestiones accesorias que se incluyen para facilitar la asimilación del total de lo que se comunica, consideraciones sobre su extensión y el fin ulterior del mensaje, y un montón de factores que no suelen tenerse en cuenta porque generalmente nos relacionamos en contextos homogéneos de conocimiento, por llamarlos de alguna manera.
Resumido: hacerse entender, a veces, cuesta. Igual que pasa con la mentira, nadie puede hacerse entender por todos todo el tiempo. Pero eso, afortunadamente, no frena a todos los que (me disculpo anticipadamente por la ensalada) saben que saben algo que otros no saben pero sería bueno que lo sepan: ya sea sobre paraísos fiscales, internas políticas, prisiones preventivas o relaciones internacionales, economía, historia o electrónica. Por eso merecen mi gratitud los que se ponen en ese lugar incómodo de informar responsablemente y lo más completamente posible sobre temas relevantes en tiempos en que la administración de la información (fragmentada y a borbotones) es un medio de control social más determinante que la coacción.