Los Mundiales que gané



Lucas Carrasco-. Cuando murió mi abuelo, pasamos un tiempo sin comer asado. Hasta que mi abuela, en lo que entonces era una osadía para una mujer, compró carbón, estrujó diarios viejos y nos mandó, a mí y a mis hermanos, a buscar "castañas".





Hace un tiempo que sospecho que lo frutos secos que caen del árbol paraíso no se llaman castañas. Pero así las llamaba mi abuela y así las llamábamos nosotros. Se ponían alrededor del puñado de diarios viejos, La Nación y El Diario de Paraná y luego una capa de carbón. Se encendía el papel y las castañas ardían, con cierto sonido a Chaski Boom. Mi abuela volvía del patio a la cocina, preparaba las ensaladas y en un rato el fuego era brasas y el asado volvió a la mesa de los domingos, una mesa larga donde siempre a último momento pasaba alguien y se le ponía un plato y el mediodía duraba una inmensidad colmada de inocencia.



Ese árbol sirvió de palo para un arco imaginario donde una vez agarré un rebote, que dio en el tronco, la paré con la derecha y amagué tirarla al otro palo -que era una remera sobre el césped- y le pegué con el tobillo: rebotó en el árbol y entró. El arquero se tiró para el otro lado.
Maradona jugaba en Boca y a mí me gustaba ser Francescoli y gané varios Mundiales imaginarios en la puerta de mi casa. Mientras el árbol crecía nos trepábamos a mirar las palomas mensajeras del vecino y la llegada de los gorriones que tapaban de negro el cielo en una tarde mágica una vez al año. Cuando nos subíamos al techo para acomodar la antena y agarrar Canal 5 de Rosario, los días de lluvia, para ver Pepe Payaso y Ratontito, las ramas del árbol ya habían llegado al techo. Después pusieron impermeabilizante en el techo y cortaron las ramas. Pero todavía seguían entrando a la habitación de mi madre por el balcón del segundo piso. Y cuando florecían el lila inundaba la cuadra y pisábamos las flores para manchar las veredas.

En ese árbol me senté a esperar que mi abuela volviera del hospital cuando lo encontré a mi hermano dormido haciendo gestos raros con los ojos y las manos, gestos repetitivos y forzados. Bajé corriendo y le avisé. Mi abuela subió, lo miró, lo agarró inmediatamente y lo puso vestido bajo el agua en la bañera y mi hermano no despertaba y lo llevó en brazos hasta la calle y le pidió a un albañil que llamara una ambulancia y la ambulancia tardaba y paró un taxi y se fue y yo me quedé a esperarlos y el día pasó y volvió mi madre del campo con su delantal de maestra y volvieron de la escuela mis otros hermanos y yo los esperé sentado bajo el árbol mientras los vecinos me cuidaban y me cuidaban demasiado y yo sospechaba que algo raro estaba pasando y me acordé cuando mi tío con su uniforme militar le pegaba y le pegaba en el pecho a mi abuelo que estaba tirado en el piso y cuando dejó de pegarle una ambulancia se lo llevó y mi abuelo nunca más volvió. Mi hermano, después de muchos días o meses, no sé, pero fue una eternidad, volvió con vendas y sentado y débil y lo mirábamos comer con un sorbete.



Cuando explotaba con sus hojas verdes y sus flores lilas yo sabía que pronto terminarían las clases y luego de un infinito punto rojo período de vacaciones y aventuras yo sería más alto, estaría en otro grado y tomaría la comunión y la confirmación y algún día sería grande y me iría a recorrer el mundo como en las novelas de Emilio Salgari, Julio Verne y Jack London que leía en tapas duras de la Colección Billiken. El plan era infalible. Me iría al África en un velero, me colgaría de un tren hasta la Unión Soviética para mirar los atletas olímpicos y me haría una cabaña en una isla solitaria del Caribe llegando en un globo aerostático. Solo tenía que esperar a ser grande: cumplir 12 años.


Después vino la secundaria, las primeras novias, los sueños revolucionarios, esas madrugadas bohemias iniciales pobladas de bares y literatura. El árbol siguió ahí. A veces venía la municipalidad y lo podaba para que no obstruya los cables del teléfono donde descansaban los pájaros de mi infancia.

Y viví allá y acá y acá y allá, vi las veredas con hojas secas, las castañas dejaron de usarse, la churrasquera -como le decíamos a la parrilla del patio- se fue deteriorando, por falta de uso. Y finalmente construyeron al lado, en el patio, un lavadero y sacaron los ladrillos de la parrilla y quedaron las macetas y las plantas y el patio empequeñeció tanto como aquella casa que me parecía inmensa e intensa, llena de escondites, de pasadizos secretos, de técnicas para subir al techo y no dormir la siesta, de trampas para esconderse, de muebles antiguos, de cucharas de plata, de manteles enormes, platos de porcelana, navidades hermosas, de un Dios en las estrellas, de una vecina que me hacía explotar de amor y nunca se enteró.


Hoy estaba mi abuela con su reposera, sentada en la entrada de la casa de mi familia, con mi vieja, cuidándola. Las veo tan frágiles. Tan humanas. Ya no son mis superhéroes en la tierra ni son objeto de rebeldía como en mi adolescencia. Son dos ancianas que miran atardecer.
-¿Y vos, Lucas, a que te dedicás?
-Soy periodista.
-¿Sos periodista? Mirá qué bien. ¿Y a qué te dedicás?
-Soy periodista.
-Qué bien. ¿Y te gusta?
-Sí, supongo que sí.
-¿Y a qué te dedicás?
-Soy periodista.
Mi abuela me habla mientras acaricia la perra, que está vieja y medio ciega. Ya no baja la escalera de la casa al verme desde enfrente. Recién me reconoce cuando estoy cerca.

-Mami, qué pásó con el árbol, que no ha florecido.
-Murió. Llamamos a la Municipalidad, para que lo derriben.
-Ah.