El secreto de Doña Rosa



Manuel Langsam-. Además de las fiestas religiosas había tres celebraciones que no se podían pasar por alto en la numerosa comunidad que vivía en los pueblos o las muy pobladas colonias vecinas.




Ellas eran: la circuncisión (bris) a la semana de haber nacido un niño, a los trece años (bar mitzva) al entrar el hijo en la mayoría  de edad religiosa, o el casamiento de algún hijo o hija. Si bien las dos primeras eran de concurrencia limitada a familiares y vecinos, en los casamientos participaba toda la colonia.

Prácticamente el peso de la celebración recaía en la familia de la novia. Además del ajuar (que normalmente ya se empezaba a preparar apenas la chica entraba en la pubertad), había que proveer la comida que, como en toda fiesta judía tenía que ser muy abundante. Pollos, patos, pavos o gansos asados, tortas y amasijos diversos, dulces y salados.
Y, ¡ojo! No existía el servicio contratado. Había que hacer todo con manos propias, y la tarea recaía en la madre de la novia, solo ayudada por otras hermanas (si las había) o algunas vecinas que se acercaban para ayudar cuando tenían tiempo.

Había señoras que se ocupaban en brindar servicios para la preparación de los amasijos, pero eran pocas. Normalmente alguna mujer con sus hijas. Venían y se instalaban en la casa de la novia para un trabajo que podía durar una semana o algo más.
Pero, dentro de toda la gama de amasijos, había uno infaltable en todas las celebraciones. De acuerdo a los comentarios que suscitaba sobre su gusto y calidad, se juzgaban a todos los demás: ¡era el strudel!



Es un compuesto  a base de maní, azúcar, dulce de membrillo y jugo de limón, bien mezclados, envueltos en una masa muy pero muy delgada, primero arrollado y luego cortado en trozos. Sobre esa base cabía darle el toque personal de la familia. Y como había familias originarias de distintos países (Rusia, Polonia, Lituania, Bielorrusia, Moldavia, Rumania), cada una tenía sus propios agregados que los hacía distintos unos a otros. Y esas fórmulas se iban pasando a través del tiempo de madres a hijas.


Pero había una mujer, a la que llamaré Doña Rosa, que se especializaba en fabricar strudel con un gusto muy especial, superior a todos los demás. Para darle verdadera categoría a la fiesta, era casi imprescindible encargar el strudel a esa señora. Era una mujer ya grande, oriunda de San Gregorio, sin hijos y cuando quedó viuda se vino a vivir a Domínguez y se ganó la vida fabricando strudel.
Muchas mujeres quisieron copiar su fórmula, pero les resultó imposible.

Tenía un ingrediente y una proporción del mismo que constituía un secreto, muy bien guardado por esa señora. No había forma que lo compartiera.

Trabajaba en su casa y entregaba el pedido en la fecha estipulada, pero mientras estaba trabajando no permitía que nadie entrara a su casa. Digamos, para aclarar, algo así como la fórmula de la Coca Cola….

Era tan particular y apetecible ese strudel que enseguida de probarlo la gente lo reconocía.
Ese strudel lo hizo Doña Rosa, no?
Las demás amasadoras hicieron una gran cantidad de combinaciones buscando parecerse a ese strudel, pero no había caso. No les salía igual.

Pasó el tiempo, Doña Rosa, que ya había venido al pueblo de grande, envejeció y ya no pudo trabajar. Cuando enfermó la internaron en el hospital y algunas señoras se turnaban para cuidarla. En el fondo, aparte del respeto que le tenían, abrigaban la esperanza de que les pasara el nombre del ingrediente secreto que tenía para su strudel.

Rápidamente desmejoró su estado de salud y cuando ya estaba en agonía, hicieron un último intento:
 Doña Rosa, por favor, todas deseamos que se mejore y vuelva a su casa, pero considere que sería una lástima que se perdiera esa especialidad suya. ¿Qué ingrediente especial y en que proporción le pone a su strudel que le da esa particularidad tan especial?
Doña Rosa entreabrió sus ojos, pidió que le levanten la cabeza con una almohada más, las miró y con su último aliento les dijo en un susurro:

¡No se los voy a decir!
Y  murió.