Ciencia y conciencia



Mauricio-José Schwarz-. Hay algo levemente patético en algunos de los más nobles sueños de ciertos sectores cuyas buenas intenciones son tan enormes como su desapego de la realidad, los hechos y el conocimiento.



Como llenar las ciudades de ciclopistas donde un pequeño puñado de ciudadanos se sientan bien un rato aunque basta pensar un poco para darnos cuenta de que la bella y buena bicicleta no puede realmente hacer nada por resolver los problemas del transporte masivo de personas, ya no digamos el transporte de bienes cuyo coste incide fuertemente en el precio final de los mismos.



Lo mismo siento cuando un grupo de buenas personas, nobles y de las que se preocupan por los derechos humanos y la justicia social salen en los informativos porque han puesto un cafecito mono con el mobiliario reciclado: tres neumáticos por acá, latas de aluminio compactadas por allá, seis docenas de botellas de PET en la barra y cosas así. Son de lo más lindo, pero la realidad es que aún si decoráramos así todos los cafés del mundo (con el consecuente aburrimiento), no consumiríamos ni una minúscula fracción de los desechos que estamos generando. Y generando continuamente.



Lo que a mí me gustaría, soñar es gratis, es ver a esas buenas, nobles, solidarias y concientizadas personas trabajando por desarrollar tecnologías de reciclaje eficiente y de baja huella ambiental, realizando esfuerzos para hacer viable (y de licencia Creative Commons, no de patente como están dejando que sea) la energía de hidrógeno y la fusión nuclear, y mejores y menos contaminantes plantas solares. Verlos estudiando y trabajando para conseguir métodos de producción que gasten menos energía, que sean más eficientes, que consigan que haya productos más ecológicos y baratos para inundar el mundo, y el Tercer Mundo sobre todo, con productos cojonudos para el consumidor, que mejoren la calidad de vida de todos, desde champús hasta ordenadores (además de lo básico, se entiende). Que tengamos conocimientos libres para disfrutar la vida y que ese Tercer Mundo deje de ser el lugar donde el cooperante va con su iPhone y su netbook a poner una bomba de agua y se detiene allí satisfecho para volver al mundo opulento sin pensar que los de la bomba de agua también tienen derecho a iPhones, netbooks, tiempo libre, cine y ropa guapa.