Cambiemos y los consensos

 Pablo Mori-. Los consensos, un momento necesario para la madurez de nuestra democracia.



El desprecio a los consensos que expresó como punto máximo de ebullición el kirchnerismo, hoy se traslada con nostalgia hacia los actores que se sientan a la mesa del gobierno a negociar cuestiones que les atañen directamente. El caso de los principales sindicalistas, nucleados en la CGT, es uno. El caso de los gobernadores, es otro. El ataque a Bordet con estos fundamentos suena a grito desesperado.


En el primer caso, a la CGT la cascotean los gremios estatales, nucleados en la CTA, cuya capacidad de lucha gremial es mayor porque el Estado es flexible a la hora de evaluar despidos, sanciones, resultados. Hay muchas injusticias en el Estado y hay sectores con salarios bajos, como docentes y policías, pero también hay privilegios que no existen en la actividad privada. La CGT representa a esos trabajadores sin privilegios. Los movimientos sociales, a los caídos del mapa. Correr por izquierda a los que representan a los menos favorecidos es fácil, pero hacerlo desde posiciones políticas que recuerdan con nostalgia un gobierno autoproclamado vanguardista que nunca negoció nada con la CGT ni le dio la personería a la CTA -aunque aplaudieran a Cristina hasta gastarse las manos- y humilló a los gobernadores al tiempo que les recortaba las partidas...

El desprecio por el consenso es el desprecio por la argentina corporativa. Por eso tiene poco eco en el peronismo, que vive de la nostalgia de la utopía corporativa que soñó Perón. Le llamaba "la Comunidad Organizada". Eran otras épocas. Se ve en Paraná: cada vez que el Intendente Sergio Varisco frena un proyecto para negociar con todos los sectores, la oposición representada por el kirchnerismo queda pedaleando en el aire, sin respuesta. Y es que el kirchnerismo paranaense, conducido por el banco Credicoop, nació con el poder del Estado y sin el Estado no sabe cómo comportarse y hacer oposición.



Pero también eran corporativistas los militares golpistas, la Iglesia Católica, los actores importantes de aquella época. Incluido el sindicalismo peronista que apoyó el golpe de Onganía que tumbó a Illia a cambio de las cajas de las obras sociales, la virtual privatización del sistema de salud pública, que desde entonces viene colapsando a pesar del alto presupuesto en relación a la inversión sanitaria de la región.
Enfrente los partidos socialistas y la UCR buscaban, con sus errores históricos, un funcionamiento institucional cuyos procedimientos sean compatibles con la pluralidad y el acuerdo.
Me adelanto a la previsible crítica: sí, es cierto que la UCR apoyó Golpes de Estado, tanto como es cierto que los sufrió antes de aparecer el peronismo.
La cuestión es que ha quedado en la memoria histórica y se proyecta como un acto reflejo un anti/consenso instintivo que recoge esa tradición anticorporativa, que en su momento fue una tradición laicisita, modernizante, progresista. Su razón de ser era oponerse a la Argentina corporativa. Que era cerrada, moralizante, represiva.



Tras 35 años de democracia ininterrumpida, el mayor período de democracia continuada en toda la historia argentina, es hora de replantearse los procedimientos a la hora de abordar cuestiones de vital importancia como son el trabajo en negro, la situación de los jubilados, la coparticipación federal, nuestra inserción en el mundo. La cuestión pasa primero por los procedimientos antes que por las ideologías, dado que hay que sentar las reglas del juego en el cual se diriman las diferencias ideológicas de la lucha política legítima y propia de cualquier democracia europea o moderna.
Se puede gobernar y hacer por imposición, como hacía el kirchnerismo en un momento donde la Argentina venía de su crisis económica más profunda como fue la del 2001 y necesitaba restablecer la autoridad presidencial, o se puede hacer a través de consensos previos al tratamiento legislativo con los actores interesados en cada materia como intenta en estos momentos Cambiemos.



Si suponemos que la Argentina debe normalizarse, el segundo camino planteado, el de los consensos, será el camino procedimental elegido. Si suponemos que la Argentina debe refundarse completamente o que estamos viviendo bajo una dictadura, entonces hay que patear la mesa de todos los consensos.
Por derecha y por izquierda, hay quienes quieren refundar todo. Por derecha hay quienes buscan eliminar los logros del kirchnerismo como los planes sociales, el Ministerio de Ciencia, la diplomacia internacional en defensa de la democracia, el alto porcentaje de inversión en educación, el impulso a la obra pública y las cooperativas con movimientos sociales, las pensiones no contributivas, etc. Por izquierda, quienes ven ajuste y dictadura por todos lados.
En el medio de esos talibanes de derecha e izquierda, se ubica Cambiemos con su "reforma permanente", que incluye procedimientos basados en el consenso y el diálogo con quienes quieren dialogar. Los que se automarginan es porque apuestan al fracaso de la Argentina y de esas cenizas de un nuevo estallido como el del 2001, renacer políticamente o de mínima conseguir impunidad judicial.