"Hacerles decir a las palabras más de lo que éstas pueden decir"

Rolando Revagliatti-. Antonio Ramón Gutiérrez nació el 29 de mayo de 1951 en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima, y reside en la ciudad de Salta, capital, igualmente, de la provincia homónima. Obtuvo su título de Psicólogo en 1982 por la Universidad Católica de Salta, donde además de desempeñarse como profesor en diversas cátedras ha sido Profesor Titular de la Cátedra de Psicolingüística, y es Profesor Emérito desde octubre de 2017. Es docente del Centro de Investigación y Docencia (CID) del Instituto Oscar Masotta dependiente de la Escuela de Orientación Lacaniana de Psicoanálisis. En esta materia es autor de “La precipitación de lo real” (2005), “Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis” (2010), e integra el volumen “Soledades y parejas. Luces y sombras” (2017). Además de concedérsele en 2012 el Premio al Mérito Artístico por su trayectoria literaria, otorgado por el gobierno de la Provincia de Salta, recibió, entre otros, el Primer Pre…

Antorchas



Yamandú Rodríguez., Los Kennedy.




Con la noche reinician la marcha.
Ya el enemigo sabe que viven! Abandonan el quebrachal. Inunda los campos. Hay orden de encontrar a los Kennedy. Los busca de día y de noche. Riega con cuarenta cajones de nafta los montes del pago. Corren antorchas por los esteros.
Si el pajonal faltó al bando: que muera.
Si la selva se declara contra la dictadura, que arda hasta la raíces.
Desde las lomas tibias aún, los tres parias ven crecer el incendio: al Oeste el fuego se traga un bosque. En esa hoguera debe retorcerse el “añanpindá”. Al frente, muy lejos, arden en varios puntos los pajonales del “Guayquiraró”. Las llamas corren hacia el río, alcanzan el espadañal que hunde en el agua su hoja enrojecida.
Otra vez el aire se llena de chistidos. Las lechuzas invisibles siguen a los Kennedy.
Aquella piedra caída en el lago traza círculos cada vez más grandes; el de fusiles, el de dinamita, el de fuego... Hacen dos leguas de “raleras” y pisan el establecimiento de Roberto. Tiene al alcance de una caricia a la esposa y a los hijos. Ha llovido mucho plomo desde que los dejó. Quisiera un minuto para correr a abrazarlos. No es posible. Desfilan. Ahora Roberto Kennedy se cansa. Va cinchando de su hogar.
Un cerco. Entran en campos de Mario. Cruzan junto a la tropilla de tordillos. Parece llorar un cencerro. Relinchan los fletes.
Porqué no saltan a caballo! No es posible. Angustia verles a pié. Paso a paso. Metro a metro. Mientras el fuego corre en la brisa y los camiones vuelan a ocupar todos los caminos.
Así recorren sus estancias. Ahí queda, oxidándose en el ocio, el largo esfuerzo: medallas de campeonatos ganaderos, tractores, equipos.
¡Cuándo volverán a la querencia! Quizás algún día lejano y lluvioso. Tal vez nunca más! Van a ser forasteros, a pagar en melancolía el delito de querer la Patria vieja . . .