"Hacerles decir a las palabras más de lo que éstas pueden decir"

Rolando Revagliatti-. Antonio Ramón Gutiérrez nació el 29 de mayo de 1951 en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima, y reside en la ciudad de Salta, capital, igualmente, de la provincia homónima. Obtuvo su título de Psicólogo en 1982 por la Universidad Católica de Salta, donde además de desempeñarse como profesor en diversas cátedras ha sido Profesor Titular de la Cátedra de Psicolingüística, y es Profesor Emérito desde octubre de 2017. Es docente del Centro de Investigación y Docencia (CID) del Instituto Oscar Masotta dependiente de la Escuela de Orientación Lacaniana de Psicoanálisis. En esta materia es autor de “La precipitación de lo real” (2005), “Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis” (2010), e integra el volumen “Soledades y parejas. Luces y sombras” (2017). Además de concedérsele en 2012 el Premio al Mérito Artístico por su trayectoria literaria, otorgado por el gobierno de la Provincia de Salta, recibió, entre otros, el Primer Pre…

Anónimo

Colonia Clara en 2017


Manuel Langsam-. Don Walter tuvo mucha suerte (y así lo reconocía) al poder abordar uno de los últimos barcos que lograron salir de Alemania con emigrantes pocos meses antes del comienzo de la segunda guerra mundial y ya cuando las condiciones de vida se hacían cada día más difíciles.



Llegó al país en 1939 y comenzó a recorrer distintos lugares en busca de una ocupación que le permitiera sobrevivir, cosa que no le resultó nada fácil. Finalmente, como último recurso, recurrió a unos parientes lejanos a quienes no quiso incomodar al principio, los que habían sido colonizados unos años antes en Colonia Clara quienes lo acogieron a su lado. Pero las tareas rurales no eran de su agrado, por lo que finalmente se afincó en Domínguez y decidió dedicarse al comercio.


Con los últimos fondos que le quedaban adquirió una chatita y comenzó a recorrer las colonias comprando lo que en ese entonces se llamaban “frutos del país”. Cueros vacunos, ovinos y de equinos, lana, cerdas, pieles. Cuando reunía una cantidad considerable, los revendía a las barracas de Villaguay,

Poco a poco fue mejorando su situación, se compró un vehículo de más capacidad, alquiló un galpón para depósito, pero no abandonó su tarea de recorrer las colonias en radios cada vez más amplios. A esa altura, ya había gente que venía directamente a su depósito a ofrecerle mercadería.

Todo esto no le gustó nada a quien hasta entonces era la única persona en Domínguez que se dedicaba a ese ramo e imponía los precios del mercado. Era un hombre ya de avanzada edad, que no salía por los campos sino que, al ser el único comprador, operaba desde su casa. Ese hombre tenía la particularidad de que padecía un defecto en un ojo por lo que usaba los anteojos con un vidrio de color normal y el otro de color oscuro. Al exhibir un ojo negro, inmediatamente el ingenio popular lo bautizó con el apodo de “El Pirata”.
Como disponía de un gran capital y con el ánimo de dificultar el negocio de Don Walter, que se había convertido en un serio competidor, empezó a pagar precios más altos por los cueros, quitándole muchos clientes.

La guerra  comercial entre ambos quedó declarada. Pero “El Pirata” llevaba las de ganar, ya que contaba con más capital, más antigüedad y más experiencia en el ramo.

¿Qué hizo Don Walter? Estando en Villaguay fue a una cabina telefónica, llamó al Pirata y lo amenazó diciéndole que si seguía aumentando los precios para ganar mercado, alguien lo iba a matar…

Estaba jactándose de la llamada ante un amigo y éste, sorprendido, le dijo: ¿Por qué hiciste una cosa así? Si el tipo te denuncia por esa amenaza podes quedar en una situación muy complicada.

Y Walter, muy tranquilo, le dice: Imposible me denuncie. Nunca reconocerme. Al hablar yo cambió el voz…