Traslado de fondos




Manuel Langsam-. El Banco Popular Agrícola de Villa Domínguez era algo más que un edificio ubicado en una de las mejores esquinas de la calle céntrica.



Nació para cubrir imperiosas necesidades de los pequeños productores que habitaban en las pobladas colonias que rodeaban la villa así como también de los comerciantes tanto de Domínguez como de La Capilla (Sajaroff), Las Moscas y hasta Urquiza a los que les resultaba dificultoso obtener créditos en los importantes bancos de Villaguay, tanto por distancia como por la compleja documentación que era necesario y que no les resultaba fácil cumplimentar.

En tanto, el banco de Domínguez cumplía con lo que expresaba su nombre: era popular y agrícola.
La operatoria era sencilla: abrir una cuenta corriente y operar con cheques, tener una caja de ahorros como previsión para alguna necesidad futura, algún plazo fijo para un capital innecesario del momento, hacer giros como medio de pago a proveedores lejanos u obtener créditos a tasas bajas para facilitar la explotación agraria o comercial.
Todo el trato se basaba fundamentalmente en el conocimiento personal del cliente.
Tenía poco personal: un gerente, un contador, un cajero, dos auxiliares y un ordenanza. Uno de los auxiliares era el encargado de la ventanilla que operaba como Receptoría de Rentas, servicio que se brindaba para el pago de impuestos, venta de estampillas fiscales, libretas de casamiento, etc.




Cuando el gobierno nacional estableció que todos los depósitos pasaran a hacerse a nombre del Banco Central de la República Argentina, hubo que adaptarse a esa disposición. Entonces cuando el banco tenía necesidad de contar con dinero en efectivo para su operatoria diaria había que recurrir a proveerse del mismo al Banco de la Nación en Villaguay. Trámite que no representaba mayores problemas. Se avisaba el día anterior al Banco Nación para ser atendidos antes de la hora de apertura  al público y ese día el cajero o un auxiliar tomaban el auto de alquiler de Samoiloff a las seis de la mañana y para las ocho u ocho y media ya estaban de vuelta con el dinero necesario que eran 50.000 o 60.000 pesos, toda una fortuna para la época.


Es interesante destacar que el auto de Samoiloff no era ningún blindado, sino un viejo Plymouth capota de lona y sin ventanillas. Y el traslado del dinero se hacía en un simple portafolios de cuero en la mano sin custodia ni tomando ningún recaudo de seguridad. Y jamás hubo ningún inconveniente.  Indudablemente, era otra época.



En un invierno muy llovedor se presentó un grave inconveniente: hacía una semana que estaba lloviendo todos los días, los caminos eran todos de tierra e intransitables y el arroyo Bergara desbordado no permitía el paso. Sus aguas tenían un ancho de casi cien metros y pasaban por encima de las barandas del puente.
La situación del banco era grave. Sin efectivo para operar, hasta se pensó en no abrir para atención al público si en uno o dos días no se solucionaba el problema.

Entonces surgió el voluntario. El cajero pidió que avisaran al Banco de la Nación que al día siguiente se retirarían fondos y que le entregaran el cheque y el portafolios. Al día siguiente él iría por el efectivo.
Y fue. Al otro día salió a eso de las cuatro de la mañana cubierto con una gruesa capa para protegerse de la lluvia, montado a caballo y con otro de tiro como refresco.
Después de una dificultosa marcha de más de dos horas llegó a las costas del Bergara. Ahí llamó a la casa de un hombre que vivía en la zona, de apellido Fleitas, que tenía una canoa y le pidió que lo pasara al otro lado. Dejó el caballo cansado y pasó con Fleitas en la canoa llevando el caballo de refresco nadando detrás.
Del otro lado volvió a ensillar y marchó hacia Villaguay.

A media mañana ya estaba en el banco. Cobró el cheque, puso el dinero en el portafolios que se cruzó en bandolera debajo de la pesada capa que lo cubría y emprendió el regreso e hizo el camino inverso en la misma forma.
A la tarde ya estaba en Domínguez y a la mañana siguiente, como siempre, atendiendo la caja.


El relato de este hecho, hoy olvidado, va en memoria del protagonista de esta historia que casi no trascendió y fue protagonizado por mi compañero de trabajo y gran amigo: Isaac “Tute” Kaplan.