"Hacerles decir a las palabras más de lo que éstas pueden decir"

Rolando Revagliatti-. Antonio Ramón Gutiérrez nació el 29 de mayo de 1951 en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima, y reside en la ciudad de Salta, capital, igualmente, de la provincia homónima. Obtuvo su título de Psicólogo en 1982 por la Universidad Católica de Salta, donde además de desempeñarse como profesor en diversas cátedras ha sido Profesor Titular de la Cátedra de Psicolingüística, y es Profesor Emérito desde octubre de 2017. Es docente del Centro de Investigación y Docencia (CID) del Instituto Oscar Masotta dependiente de la Escuela de Orientación Lacaniana de Psicoanálisis. En esta materia es autor de “La precipitación de lo real” (2005), “Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis” (2010), e integra el volumen “Soledades y parejas. Luces y sombras” (2017). Además de concedérsele en 2012 el Premio al Mérito Artístico por su trayectoria literaria, otorgado por el gobierno de la Provincia de Salta, recibió, entre otros, el Primer Pre…

Tata Dios




 Juan Basterra-. Adelanto de mi última novela "Tata Dios", que trata sobre una matanza xenófoba  en el Tandil de 1872.



Ramón Santamarina, gallego de nacimiento de la Provincia de Orense, recordaría durante toda su vida la red de fatalidades que lo habían conducido a la salvación el día de la matanza.
No había sido el único hecho afortunado de su larga vida. En el año 1844 y con solo diecisiete años, abordó un navío en el puerto de Vigo que lo traslado, después de una travesía de noventa y siete días –y en la que estuvo sometido al oleaje enfurecido de un tiempo de todos los diablos, a mil pequeños servicios humillantes que tuvo que prestar como grumete, al humor cambiante de los marineros y los oficiales de a bordo (casi todos hombres adultos y endurecidos) y a una alimentación que hubiesen rechazado los perros- al puerto de Buenos Aires.
En el transcurso de su dilatada vida, fue mozo de hotel, peón, boyero y domador. Adquirió su primera carreta con los primeros pesos importantes y a esa, siguieron otras, muchas más, que transportaban desde Buenos Aires hasta “el Tandil”, todo los artículos de menester y necesidad junto a objetos de ocio y lujo. Prendas de todos los tipos, yerba, azúcar, aguardiente, vino, libros, un piano y hasta una trilladora para su amigo, el danés Juan Fugl, emergían de sus carretas como de “arcas” de la abundancia.
Nunca le tembló el pulso durante su tránsito por esos caminos abandonados de Dios y su increíble perseverancia se vio recompensada por una fortuna de leyenda que nunca dejó de crecer.
Como su fortuna, crecía su descendencia. Dieciocho hijos de dos mujeres emparentadas entre sí, Angela Alduncin Gaspui, su primera esposa, y Ana Irasusta Alduncin, segunda esposa y sobrina de la primera, demostraron su potencia genésica y su anhelo de perennidad.
Al igual que su padre, pero setenta años después, se pegó un tiro en la cabeza, encontrando el fin violento que había esquivado con valor y determinación el primero de enero de 1872, durante la caza y muerte de los extranjeros decretada por Tata Dios.
Juan Fugl, su amigo danés, lo había precedido en su entrada a la morada del señor. Había muerto en Copenhague, rodeado de su esposa y su único hijo sobreviviente el 15 de enero de 1900.
Cincuenta y seis años antes, había llegado a la Argentina con formación de maestro y labriego. Algunos años después, escribiría en sus memorias: “De la emigración a esas colonias no se tenían noticias ni existían tampoco. Y por lo tanto nuestro viaje se consideraba una aventura y una cosa de locos. Era el clima templado y la fertilidad de la tierra lo que nos había tentado como hijos de agricultores que éramos. Teníamos conocimiento de que en Buenos Aires vivían dos médicos daneses: el Doctor Fürst y el Doctor Saxild. Para este último traíamos cartas de recomendación”.
En 1848 llegó a Tandil para trabajar como agricultor sembrando trigo en una chacra cedida por el Juez de Paz Felipe Vela. En ese lugar construyó un rancho y alambró el perímetro de su propiedad para defenderla de la incursión de pampas, bandidos y animales. Unos años después fue responsable de la construcción de un molino hidráulico y una tahona con muelas de piedra para la molienda del cereal. Su formación enciclopedista mezclada a un protestantismo riguroso y escrupuloso, lo convirtieron en la persona más idónea para la fundación de la primera escuela del pueblo.
De repetidos viajes a Dinamarca - en donde recuperaba los recuerdos de infancia y juventud, y desde la que traía elementos de trabajo y planos para la extensión de sus pretensiones industriales-, resultaron dos hechos esenciales para su vida: una esposa, sobrina suya, Dorothea Larsen, y una cantidad creciente de compatriotas a los que ayudaba con dinero, ropas, alojamiento y recomendaciones en el mismo Tandil y en sus inmediaciones.
Su salvación el día de la matanza no fue tan proverbial como la de Santamarina. Había viajado hacia Dinamarca en abril de 1871 y este hecho, que para muchos pudo haber sido providencial, fue considerado por Fugl una compensación del destino, que en el transcurso de poco tiempo lo había azotado como un huracán devastador.
La tragedia evitada “in absentia” lo había alcanzado algunos años antes con las terribles muertes de sus cinco pequeñas hijas mujeres, Meéta, Anne Kristine, Elena, Hulfrida y nuevamente Hulfrida, la última niña, que de acuerdo a la tradición decimonónica, había sido bautizada con el nombre de su hermana muerta dos años antes. Ninguna tragedia de Shakespeare - autor al que Fugl había conocido de joven y al que sería fiel hasta sus últimos días-, hubiese podido anticiparle, ni siquiera remotamente, el destino dramático de su propia vida, ni sugerirle el imperceptible cromatismo que conduce desde el blanco rosáceo al blanco azulado, durante el viaje de la muerte en los pequeños cuerpos yacentes. Muy distinta a la suerte de Santamarina y Fugle fue la de otros extranjeros de Tandil a quienes el dedo de Solané había señalado como víctimas de su designio mesiánico. Ninguno de ellos habría de poder contar, ni entonces ni después, el avance de la caballada que venía por sus vidas -anunciado por el tronar creciente de los cascos- aquel radiante primero de año de 1872.