Por qué no me suicidé



Julio Reibel-. Esto es una pelotudez pero voy a hacerlo igual. Aunque no sin antes ofrecer mis disculpas si quien está leyendo esto no encuentra nada valioso al hacerlo (mi recomendación es que no lo haga). Voy a intentar que no suceda pero no podría prometerlo.



Se supone que esto que está ante usted se trata de mí. No sé hasta dónde voy a poder mantenerme en el tema pero mejor empiezo porque siento que me estoy poniendo aburrido.

Mi pene mide catorce centímetros de largo. Al diámetro no lo voy a revelar (podría ofrecer una estimación a ojo; nunca pude medirlo bien, me haría falta una cinta métrica; sin embargo tampoco así sería tan fácil porque debería promediarlo, ya que no es uniforme, y eso implicaría varias mediciones para obtener un dato que, en lo que a mí respecta, carece de utilidad). Como tengo pies y manos más bien grandes me ha tocado que me digan que mi pene también lo es. Por lo general tiendo a seguir el chiste pero a veces solo río, quizás con la esperanza inconsciente de que mi silencio ayude a mi interlocutor a darse cuenta de la pelotudez que está diciendo. Además mido un metro ochenta, así que, si nos vamos a remitir al saber popular, la regla de la ele indicaría lo contrario.

Mi perro, a quien llamo Chulango aunque originalmente se llamó Cholito, es de tamaño mediano y tampoco es pijón. Pensar en su vida suele provocarme tristeza y en cuanto a lo sexual, si bien es gracioso, también da lástima. Supongo que debo atribuirme la responsabilidad por lo que ha sido de él porque se lo compré a mi hermana por $4,75 (todo mi capital en ese momento) cuando no llegaba a los dos años de edad. Él tiene trece y yo veintitrés. Siempre presentó conductas sexuales llamativas: no sabe penetrar, entonces le da al aire, al lomo, a lo que sea, pero jamás lo vi embocarla. Es un perro de patio, vive encerrado, por lo que le aflora montar a todo aquello que se le acerca, se mueve y no se defiende. Las veces que un amigo llevó a su perra el Chulango no la dejaba tranquila: la buscaba y ella escapaba o se quedaba en el suelo recibiendo masajes en la espalda (o ni eso) hasta que le mostraba los dientes y ladraba; el pobre Chulango, ya derrotado, quedaba bombeando por reflejo incluso cuando ya se estaba retirando. También quiso montar conejos y hasta una tortuga, jamás con buenos resultados.

Como vivo en Santa Fe y él en Villaguay lo veo solo de vez en cuando. Por la edad que tiene, cada vez que me dispongo a viajar pienso seriamente en que tal vez ya esté muerto. Me pasa desde hace tiempo. Se podría decir que es normal en mí. Imaginar la muerte de alguien muy querido (no el proceso, solo asumir que ya murió) es algo que no sé cómo ni cuándo empecé a practicar pero lo he hecho muchas veces y posiblemente siga haciéndolo. Con mis padres y hermanos, varios familiares cercanos, amigos. La mayoría de las veces me dieron ganas de llorar, otras me sorprendió hasta qué punto me era indiferente.

También he imaginado mi propia muerte. De hecho consideré suicidarme. De esto hace ya bastante tiempo, siendo adolescente. Me dije: si lo vas a hacer, hacelo ahora, o no lo hagás nunca. Y decidí no hacerlo. No tenía ganas pero me parecía lo más sensato. Al final me convencí de que, a pesar de todo, sería algo extremadamente egoísta. (Una psicóloga, con la que me entrevisté cuatro veces, medio que me felicitó por eso. No sé por qué reaccionó así. Quizá hacía lo que le habían enseñado y, en el peor de los casos, así podía justificarse, aunque sea íntimamente).

Pocos años después, antes de conocer a esa psicóloga, volví a pensar en el suicidio, ya sabiendo que no lo haría (no tanto por aquel ultimátum como porque tenía razones para no ser un hijo de puta y me faltaba valor para serlo). Estaba deprimido. No es que no experimentaba felicidad o bienestar, por momentos me sentía bien, pero me torturaban una serie de ideas que me conducían a la sensación de que, en una palabra, el mundo se va a la mierda. Eso no cambió necesariamente, ni tampoco era algo nuevo, pero en ese momento me molestaba, me desanimaba y me dolía confirmarlo.

Recuerdo que estaba paseando en la camioneta de un amigo. Una camioneta de las viejas, marca Jeep. Éramos tres, había un porro prendido y yo era el único que no fumaba. Mientras los otros hablaban de quién sabe qué boludez tuve la sensación de que, en cierto sentido, yo ya había muerto; de que el hecho de no haber optado por matarme aquella vez no cambiaba que, en ciertos aspectos fundamentales, me parecía deseable y, de no ser por razones puntuales, estaba dispuesto a hacerlo, y eso me hacía tener más en común con un cadáver que con alguien vivo. Una pelotudez pero logró darme cierta satisfacción pasajera. Sentí haber ganado un poder especial: los muertos son invencibles. Estar muerto y sin embargo vivir es una ventaja respecto de los que precian narcisísticamente su propia vida. Horas después esa idea de estar muerto me parecía ridícula pero, hasta el día de hoy, puedo recrear esa sensación.

Esto que usted está leyendo también me parece una boludez pero eso no es obstáculo para que lo haga. Para cerrar le aseguro que no mentí y que intenté ser entretenido. Creo haber fallado en esto último. Usted no tiene la culpa pero qué se le va a hacer, mal año. Coincidirá conmigo en que lo bueno es que es la última vez que va a leer algo así escrito por mí y esto ya se terminó.