Por qué no hay que comprar cigarrillos de noche (II)



Julio Reibel-. La primera parte está clickeando acá.




Todavía en el patio delantero, porque estaban obstruyendo la salida a la vereda, escuché dialogar a la señora con el oficial que parecía estar a cargo. Ella le decía que conocía al sospechoso porque se juntaban a beber en la vereda de su casa pero nunca dejaba pasar a ninguno y por eso sabía que ahí no había nada. “Quédese tranquila” le repetía el uniformado.

Cuando me reencontré con mi amigo, salimos a la vereda a fumar un cigarrillo para no estorbar. Me dijo que había andado por el patio y que ellos tampoco encontraron nada. A unos pasos del árbol en que estábamos apoyados había una ronda de policías comentando el caso; queriendo escuchar lo que decían me senté en el tronco en el que los muchachos se juntaban a tomar, para quedar más cerca sin parecer entrometido. Ahí noté que los cuatro hombres seguían arrodillados frente al radiador de la patrulla y a su lado seguían reunidos unos pocos efectivos.

En la ronda de policías una mujer sin uniforme destacaba que habían testimonios que contradecían la hipótesis de que el sospechoso era culpable del homicidio. Parecían frustrados. Todos los que no tenían uniforme, menos uno, abandonaron la ronda.
Eran de la Policía de Investigaciones (en sus rompevientos se leía “PDI”). Luego la mayoría de los policías de uniforme se juntaron al costado de la patrulla, desde donde, de vez en cuando, algunos platicaban con los detenidos.
Nos movimos unos pasos más lejos de la casa y más cerca de la patrulla que nos había transportado. Charlamos fumando otro cigarrillo. Uno de los cuatro arrodillados me sostuvo la mirada por un tiempo considerable pero preferí no devolverle el favor.

Se nos acercó un policía para pedir nuestros datos, poniéndole fin a nuestro debate detectivesco. Al terminar mi amigo le hizo una pregunta demasiado concreta y relevante al oficial y éste tuvo que recordarle que había una familia en una situación indeseable, pero reveló que el sospechoso estaba tirado en la caja de la patrulla subida a la vereda (dos policías lo custodiaban desde arriba). Volvimos a quedar solos y le pregunté por qué había dado datos imprecisos. Me dijo que temía represalias de los involucrados (no estábamos muy lejos de su casa) pero de todos modos no había mentido.

Vimos cuando le dijeron a los cuatro detenidos que podían pararse. Lo hicieron lentamente, emitiendo suspiros y quejas, acusando dolor en las piernas. Iban y venían bromas con los policías. Estuvieron así un rato, estirando el cuello y flexionando las piernas, hasta que les dijeron que podían irse. Todos empezaron a irse a pie, menos uno que atinó a irse en una moto que estaba estacionada cerca de la patrulla hasta que los oficiales le dijeron que no podía.
-Pero es mía, yo se la presté.
Era la que había usado el sospechoso para transportarse al lugar de reunión de los muchachos, a quienes encontró compartiendo una fresca. Le dijeron que fuera a buscar los papeles y empezaron a inspeccionar el vehículo con sus linternas mientras el dueño obedecía.
En ese momento nos llamaron nuestros choferes y partimos. Continuamos en el mismo sentido en que habíamos llegado hasta una cortada completamente a oscuras, a unos cien metros de la casa.
-Acá fue -dijo el conductor.
Dio la vuelta y marchamos.

Ambos efectivos tuvieron la deferencia de compartir algunos detalles del caso que nos convocaba.
El allanamiento había sido ordenado por una fiscal que, según su opinión, no quería trabajar, porque de lo contrario habría presenciado el procedimiento. El sospechoso se había declarado culpable cuando lo detuvieron tomando cerveza pero, al no tener la evidencia material del arma, seguramente la causa no prosperaría (“Ellos saben que es así”, dijo el acompañante en referencia al homicida).

La policía se había enterado de los tiros porque la mayoría del personal de la PDI presente vivía en ese barrio.

Con la excusa de la noticia del otro tiroteo que habíamos escuchado por el radio durante el viaje de ida, aproveché para preguntarles si eran frecuentes. Me dijeron que los fines de semana sí, casi siempre hay algunos, sobre todo en ese barrio, más aún atravesando las vías (que pasan a menos de cien metros de donde estábamos). También nos comentaron que los procedimientos como ese ahora se hacen con conocimiento y aval del Poder judicial pero no mucho tiempo atrás (“Pocos años”) se manejaban con menos profesionalismo “y así también salían las cosas”.

Nos dejaron frente al departamento de mi amigo y nos dijeron que se iban a contactar con nosotros pero que no era nada para preocuparse.

Desde que salimos a comprar cigarrillos había pasado más de una hora. Cuando entramos el vaso de vino seguía ahí, lo tomamos, hablamos un poco al pedo, él se fue a dormir a su cama y yo me acomodé en el sillón.

Pasados unos minutos de las cuatro me sorprendió una llamada a mi celular. Era un policía que nos esperaba afuera. Desperté a mi amigo, que no había escuchado las llamadas, y salimos. Teníamos que firmar las actas. Las leímos y empezamos a firmar las tres copias. Entretanto uno de los dos oficiales dijo:
—Ahora, por lo que se matan algunos, ¿no? Se pelearon por un partido de fútbol de hoy a la tarde.
—¿De Colón?
—No, entre ellos. Uno le dio una patada al otro.

Antes de irse nos dijeron que, aunque era poco probable, si nos contactaban para ir a declarar como testigos, podíamos comunicarnos con ellos al teléfono que nos había llamado, pero no hemos tenido más novedades.