"Hacerles decir a las palabras más de lo que éstas pueden decir"

Rolando Revagliatti-. Antonio Ramón Gutiérrez nació el 29 de mayo de 1951 en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima, y reside en la ciudad de Salta, capital, igualmente, de la provincia homónima. Obtuvo su título de Psicólogo en 1982 por la Universidad Católica de Salta, donde además de desempeñarse como profesor en diversas cátedras ha sido Profesor Titular de la Cátedra de Psicolingüística, y es Profesor Emérito desde octubre de 2017. Es docente del Centro de Investigación y Docencia (CID) del Instituto Oscar Masotta dependiente de la Escuela de Orientación Lacaniana de Psicoanálisis. En esta materia es autor de “La precipitación de lo real” (2005), “Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis” (2010), e integra el volumen “Soledades y parejas. Luces y sombras” (2017). Además de concedérsele en 2012 el Premio al Mérito Artístico por su trayectoria literaria, otorgado por el gobierno de la Provincia de Salta, recibió, entre otros, el Primer Pre…

Mi perro y mi Dios



Mauricio-José Schwarz-. Sé que mi perro no es una persona, y nuestra relación se levanta sobre esa base. Pero eso no resuelve todas las cuestiones que sugiere.




Mi perro es un tipo de costumbres, como todos los perros. Su horario de comidas, sus rutinas, sus salidas, sus bocadillos, todo le gusta estructurado. Si la rutina se cumple, parece tranquilo. Si la rutina se altera, parece inquieto. Uno intenta, por tanto, que la rutina se siga en lo posible.

¿Sabe mi perro que lo quiero? No lo sé. De hecho no hay modo de saberlo. Si se acerca a mí para que le dé comida, agua o caricias, ¿se entera de que lo hago por cariño o me ve nebulosamente como una máquina dispensadora de necesidades? ¿Percibe que la caricia es una expresión emocional o sólo se centra en sus propias emociones o disfrute?

Si eso no se puede saber, menos aún se puede saber si mi perro "me quiere"... si algún perro "quiere" a la gente que le rodea y satisface algunas de sus necesidades, o todas. Incluso el indigente que le da de comer a sus perros prioritariamente y él sólo come si sobra, no tiene modo de saber si sus perros se dan cuenta de lo que pasa y si le tienen cariño.

Nos gusta interpretar algunas acciones de nuestras mascotas en términos humanos, lo que los etólogos llaman "antropomorfizar". Nos reflejamos en ellos, los vemos como seres iguales que se alegran y entristecen, que temen, que sueñan, que tienen rencores y planes, que son coquetos o tímidos, que sienten al menos de manera equiparable a la de nosotros. Pero nuestra visión es imprecisa, sesgada, especula sobre una subjetividad que nos es desconocida. Las "motivaciones internas" de nuestras mascotas que usamos para explicar sus acciones son caprichosas, basta pensarlo apenas un poco para darnos cuenta de que hay muchísimas otras posibles explicaciones igualmente plausibles. Aunque ciertamente menos agradables a nuestra propia subjetividad.

Pero, en realidad, no importa. Sí, me gustaría que mi perro me tuviera "cariño" como yo siento que le tengo a él, pero ¿qué importa si no me lo tiene? Lo importante para mí, cuando satisfago alguna de sus necesidades, es que sea feliz él. Si lo acaricio y se queda en el sitio, y además protesta si paro, no es del todo descabellado concluir que lo que hago le satisface, un conductista cuadrado diría que la caricia es reforzadora, así sea sólo de la poca conducta que representa permanecer sentado junto a mi silla. Darle esa satisfacción es agradable.

Sería absurdo que mi satisfacción se derivara de lo que sienta mi perro hacia mí, lo único razonable es que se derive de lo que mi perro sienta gracias mí. Si lo acaricio "porque lo quiero" y eso lo hace feliz, debería bastarme sin esperar que "me quiera", por mucho que me guste suponerlo.

Es curioso pensar que esa posición moral, bastante elemental, por cierto, está tan por encima de la de los dioses que ha inventado la humanidad, y cuya benevolencia y satisfacción no proceden de la felicidad de sus criaturas, con las que deberían tener una vinculación mucho más estrecha que nosotros con nuestros perros, si nos imaginamos que fueron los amorosos creadores de ellas. Pero cuando estudiamos a los dioses, vemos que su mezquina felicidad, su satisfacción, proceden de la adoración de sus criaturas, de su amor, así sea forzado, de su temor, de su reverencia, de sus oraciones, de sus sacrificios, de lo que le dan las criaturas.

No creo que nadie dejara de querer a su perro o de satisfacer sus necesidades en lo posible o de acariciarlo si descubriera que "realmente" su perro no le quiere como espera, que acaso la visión y emociones del animal respecto de esa persona sean muy nebulosas e imprecisas. No creo que el dueño de un perro lo matara, lo condenara al infierno, lo torturara o le causara incluso incomodidades notables si no "lo quiere".

Es inquietante pensar que los dioses que hemos creado son menos morales que cualquier persona media no especialmente virtuosa que le tenga cariño a su perro.