Los domingos a la iglesia



Julio Reibel-. Como le pasa a tantos otros, mi introducción a la educación religiosa se debió a que mis padres así lo quisieron.


Mi mamá procede de una familia de gringos de campo de Maciá (departamento Tala), descendientes de alemanes, todos protestantes. Mi papá es nacido y criado en Villaguay, de una familia de comerciantes, católicos no muy comprometidos. Como mi mamá es muy creyente y mi papá quizá también pero es más del tipo “la procesión va por dentro”, mis hermanos y yo fuimos a una iglesia con un cartel gigante que decía Iglesia Evangélico Bautista. No sé a partir de qué edad pero fuimos desde muy chicos. Mis recuerdos pueden ser imprecisos así que voy a incurrir en generalizaciones para ilustrar lo mejor posible lo que viví como parte de mi formación religiosa sin extenderme demasiado.


El edificio, a pocas cuadras de la plaza principal de Villaguay, tiene dos pisos. En aquel momento la iglesia era encabezada por el pastor Paredes, oriundo de Chile, quien era secundado por un villaguayense (se lo podría llamar vicepastor). Todos los domingos a la mañana íbamos los cuatro hermanos con mi mamá. A las diez menos cuarto ya teníamos que estar todos despiertos, aseados y presentables para estar en el templo a las diez, escuchar al pastor darnos la bienvenida, decir dos o tres cosas, a veces acompañadas de pasajes bíblicos, y, una vez dada la orden, los más chicos nos íbamos a la “escuelita dominical”. Después de eso volvíamos al salón principal en la planta baja, cantábamos alabanzas, un rato más del pastor, se hacían anuncios si los había y después de las doce se terminaba.

Los domingos a la noche había otro culto pero más formal, con prédicas más intensas y condenatorias, y sin actividades para los chicos, así que íbamos si queríamos.

A esa iglesia fui hasta los doce años, más o menos. Dejé de ir por falta de insistencia: ya costaba mucho levantarme, en parte debido a que ir a la iglesia me resultaba progresivamente más molesto que otra cosa. Después, por razones que desconozco, mis hermanos empezaron a ir a otra iglesia de la misma denominación y, tras algunas invitaciones, accedí a acompañarlos. Habré asistido regularmente por un año, entre los trece y los catorce, hasta que me autoproclamé ateo.

La segunda iglesia tenía las mismas actividades. Su congregación era menos numerosa y, en general, era de menos recursos comparada con la de la primera, conformada por gente en su mayoría bien parada económicamente. Eran notables las diferencias entre sus instalaciones: mientras que la segunda tenía solo un galpón además de lo esencial (o sea, un baño y un salón principal con escenario, más un proyector de filminas y equipos de audio), la primera, más allá de que tenía mejores terminaciones y un salón que parecía haber sido diseñado para ese propósito, tenía varias aulas en el primer piso, un órgano de doble teclado y una piscina para bautismos detrás del escenario (con un mural muy colorido en el fondo, de un riachuelo de aguas cristalinas bordeado por pinos durante el atardecer o el amanecer).

Los contenidos de las prédicas no variaban. Solo cambiaba el estilo de un pastor a otro, pero el arte era el mismo. También las canciones eran las mismas: las del domingo a la mañana, orientadas al público general, tendían a ser alegres (tal vez porque no había que tentar al mal humor de la mañana) y solían ser acompañadas por coreografías; a la noche los coros eran menos amigables, muchos explícitamente infundían humillación y arrepentimiento frente a dios y Jesús.



Según la doctrina como yo la entendí, Jesús es el único camino para relacionarse propiamente con dios, su padre; vale decir que, basados en su interpretación de ciertos pasajes de la biblia, esta vertiente del cristianismo no admite otras figuras divinas: María, por ejemplo, fue la madre temporal del mesías pero hasta ahí llega su excepcionalidad. La exaltación de santos, como acostumbran los católicos, constituye una herejía. De hecho toda la simbología se reduce a una cruz, por lo general vacía, aludiendo a que Jesús vive y, por lo tanto, ya se desembarazó de ese castigo; no obstante la cruz no se tiene como un objeto de veneración, haciéndose énfasis en la relación personal y directa con la divinidad. A grandes rasgos esos son los consensos que nadie cuestiona.



Esas cosas son enseñadas en las clases religiosas a las que pueden asistir los jóvenes. Se organizan en grupos por edad, siempre que hayan suficientes alumnos, con un docente estable que cada domingo lleva una clase preparada para su sala, acompañada de manualidades en el caso de los más chicos. La gran mayoría de los temas giran en torno a la figura de Jesús, yendo de la instrucción moral a consejos de autoayuda, todo apoyado en pasajes bíblicos seleccionados para la ocasión. Claro que esto no evita que los educandos hagan públicas sus inquietudes, como me tocó hacerlo con la duda acerca de si utilizar “la punta de un sauce verde” en reemplazo de “la puta madre” constituía una blasfemia, a lo que mi maestra contestó afirmativamente, abonando mi escepticismo incipiente.

Cada clase empieza y termina con una oración en voz alta realizada por el maestro o un alumno. Son conversaciones unidireccionales y directas con dios; no son rezos canonizados como un Ave María pero, según mi experiencia, tienen una estructura recomendada, más allá de lo que dicte la inspiración: se empieza con agradecimientos (por la comida, porque tal alumno pudo asistir a la clase, por que llueve o porque hay sol, etc.), seguidos de pedidos, que no deben ser excesivos, y se concluye con un invariable “en el nombre de Jesús, amén”.

Inevitablemente entre los compañeros de estudio se generan afinidades que trascienden el templo. Además está bien visto invitar a amistades de otros ámbitos, a quienes se los trata muy bien y se los invita a volver (en mi caso solo sirvió para que me carguen). En este sentido la iglesia a la que fui de más chico organizó eventos en barrios humildes, donde habían prédicas, juegos y meriendas gratuitas. Hubo un período (estimo que durante la primer mitad de los dos mil) en que también se ofrecía un desayuno al inicio de las clases, con lo que aumentó la cantidad de asistentes de esos lugares de una manera que yo nunca había visto.

Pero el elemento más efectivo para atraer feligreses de cierta edad eran los campamentos de verano. Se hacían en Paso Medina, un predio de La Paz a la vera de la ruta 6 con cancha de fútbol, vóley y bochas, cocina, un gran comedor, habitaciones con camas, un quincho y acceso al arroyo Feliciano, propiedad de gente de una iglesia de La Paz (en los años en que yo asistía hubieron algunos cambios de propietarios y problemas para realizarlo ahí, por lo que me tocó verlo desmejorado e incluso un año tuvo que mudarse el campamento a la Escuela Agrotécnica J. J. Urquiza de Villaguay). Empezando en enero, se suceden campamentos para niños, adolescentes, jóvenes y familias, con duraciones de entre tres y cuatro días, cada uno organizado por una congregación distinta según turnos rotativos. Iglesias de distintos puntos de Entre Ríos mandan a sus delegaciones. Al llegar se le asigna un equipo a cada campista; después, siguiendo un itinerario, los equipos se distribuyen tareas como la limpieza del predio y el servicio durante las comidas. El desempeño de cada equipo en esas tareas se traduce en puntos, al igual que los resultados de las competencias que se organizan diariamente, y el último día se anuncia un equipo ganador (no recuerdo qué premios se entregaban). El resto del tiempo se ocupa en talleres de diversos tipos o queda ocioso y se puede aprovechar para hacer deportes o excursiones al arroyo.

Si tengo que hacer un balance de mis vivencias derivadas de mi vinculación con ambas congregaciones en primer lugar tengo que decir que muchos de mis recuerdos de infancia más alegres se produjeron durante esos campamentos: tuve mis primeros desamores, pude disfrutar de actividades al aire libre y relacionarme con personas dispares, con las que tenía algo en común por fuera del colegio. También el estudio de la biblia fue mi primer acercamiento a la literatura y conocí a personas cuya dedicación (sin importar que ahora la juzgue mal invertida) constituía un ejemplo admirable. Del mismo modo conocí la hipocresía de primera mano e internalicé una cosmovisión que, aunque no me llevó a la disfuncionalidad en la vida cotidiana, sí me provocó conflictos (interiores y sociales) que quizás no hubiera tenido de otro modo, entre ellos el provocado por el mandato de castidad, que, si bien no era impuesto muy fuertemente (tal vez debiera decir “explícitamente”), yo lo había asumido como un deber cristiano.

En todo caso, como niño y adolescente que era, no lo viví como una experiencia opresiva, aprendí a coser haciendo regalos y a hacer empanadas juntando fondos para los campamentos. Dudo que algún padre quiera mi consejo pero, si hago un esfuerzo para dar uno, me limito a decir que me parece un error obligar a un menor que no quiere ir al templo, sea del culto que sea. Si no es dormir, siempre van a haber otras cosas para hacer un domingo a la mañana.