"Hacerles decir a las palabras más de lo que éstas pueden decir"

Rolando Revagliatti-. Antonio Ramón Gutiérrez nació el 29 de mayo de 1951 en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima, y reside en la ciudad de Salta, capital, igualmente, de la provincia homónima. Obtuvo su título de Psicólogo en 1982 por la Universidad Católica de Salta, donde además de desempeñarse como profesor en diversas cátedras ha sido Profesor Titular de la Cátedra de Psicolingüística, y es Profesor Emérito desde octubre de 2017. Es docente del Centro de Investigación y Docencia (CID) del Instituto Oscar Masotta dependiente de la Escuela de Orientación Lacaniana de Psicoanálisis. En esta materia es autor de “La precipitación de lo real” (2005), “Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis” (2010), e integra el volumen “Soledades y parejas. Luces y sombras” (2017). Además de concedérsele en 2012 el Premio al Mérito Artístico por su trayectoria literaria, otorgado por el gobierno de la Provincia de Salta, recibió, entre otros, el Primer Pre…

La salud ante todo



Julio Reibel-. El viernes previo a las últimas elecciones estaba en Villaguay cortando el pasto del patio de mi casa cuando me llegó un mensaje de un amigo diciéndome que quería ir al hospital pero no tenía cómo transportarse.




Eran casi las 19 hs. Él ya me había contado lo que le pasaba: estaba calentando en el gimnasio, sintió una molestia en la espalda, esa molestia se volvió cada vez más dolorosa, caminó hasta su casa, se acostó un rato y cuando quiso levantarse el dolor no lo dejaba. Le dolía tanto que creía que podía ser una hernia; le dije que era imposible pero de todos modos le dolía mucho.

Pedí un auto prestado, lo pasé a buscar cuando pude y fuimos a la guardia del Hospital “Santa Rosa” porque es gratuito. Llegamos alrededor de las 19:30 h, sacamos número y nos sentamos afuera a tomar mate. Habían unas diez personas atentas al llamado de la guardia. El cartel electrónico marcaba que iban por el turno número 43 y nosotros teníamos el 55. Un hombre de campera azul se nos acercó a decirnos que iba lento pero no había que prestarle atención al cartel porque estaba parado en ese número desde temprano; nos dijo que algunos se habían ido sin ser atendidos y entonces nos convenía guiarnos por él, que tenía el 53.
Quedamos tranquilos, mirando de vez en cuando, a través de las puertas vidriadas, si el hombre seguía en la sala de espera.



Mi amigo ya se había automedicado y el tercer remedio que probó le funcionó: había pasado de apenas poder caminar derecho a tener que buscar una posición en que le doliera. A las ocho yo tenía que cumplir con un compromiso con el auto (fue la condición para que me lo presten) así que lo dejé esperando solo, aunque no sin antes remarcarle la ironía de que él fuera al gimnasio y lleve una vida saludable pero yo, que hago todo lo contrario, tuve que llevarlo al hospital.


El Hospital “Santa Rosa”, antes llamado Hospital de Llanura “Dr. Alejandro Raimondi”, tiene un edificio imponente por fuera, inaugurado en 1963. Por dentro deja mucho que desear y tiene sectores clausurados; a pesar de los reclamos de los pacientes y del personal y los cambios en la dirigencia, buena parte de las mejoras logradas en el último tiempo se debieron a la acción solidaria de organizaciones o ciudadanos particulares. Allí se reciben pacientes de Villaguay y localidades aledañas (Villa Clara, Villa Domínguez y Sajaroff principalmente) pero, en general, los que pueden evitar atenderse ahí lo hacen, recurriendo a prestadores privados, y en la práctica, para pacientes con afecciones de cierta complejidad, funciona como un lugar para la atención primaria de urgencias que se derivan a Paraná o Concordia una vez que es seguro hacerlo.


A la vuelta encontré a mi amigo hablando con un visitante asiduo del edificio y tomando los últimos mates. Me senté con ellos y el hombre nos dijo dos cosas: primero, que la guardia iba lenta porque estaba de turno un/a doctor/a que hace mal su trabajo sistemáticamente (atiende a uno, se toma unos mates, atiende a otro, toma mate, y así) pero había cambiado el turno y el/la que había entrado hacía las cosas bien (atendía todo rápido y descansaba cuando no habían más pacientes); lo segundo que nos dijo fue que iba a llover porque habían bichos en los focos. Poco después se fue.
En lo último se equivocó pero en lo de la guardia no: en un rato vimos pasar al menos tres pacientes recién atendidos. Antes de las nueve no vimos más al hombre de azul con el 53, entonces nos metimos al pasillo que va al consultorio de la guardia y estaba ahí, apoyado contra los azulejos de la pared como el resto. Nos dijo que primero iba a pasar la mujer del 54, después él y seguíamos nosotros. Cada tanto atravesaban el pasillo enfermeros en completo silencio. Llegó el turno del hombre, entró, salió al rato y nos mandamos al consultorio sin que nos llamen.

Ahí estuvimos alrededor de media hora esperando que nos atendieran. Tiempo suficiente para notar un cartel que advertía acerca de las diferencias entre alacranes peligrosos e inofensivos, una alcancía dedicada a recibir colaboraciones para la guardia y un cartel que enumeraba lo que se había comprado gracias a esos aportes. En la habitación contigua (separada por una puerta corrediza adquirida con las colaboraciones recién mencionadas), que da a una estación para ambulancias, había gente del hospital ocupada con otros pacientes.
Había una ambulancia esperando con el motor encendido; el humo de la combustión empezaba a molestar cuando se la escuchó alejarse. Una enfermera (que, al igual que otros funcionarios del hospital, había atravesado nuestro consultorio varias veces) nos comunicó que el médico de turno se había ido a Paraná con el paciente trasladado. Nos dijo que era el segundo en hacerlo esa noche y que habían llamado a un médico pediatra para cubrir el puesto cuanto antes, pero iba a tardarse un poco.
Con la esperanza de que nos despachen lo antes posible le pregunté si no había alguien más que pudiera atendernos porque lo que tenía mi amigo era “una boludez”. Al escuchar ese término no pudo ocultar su risa pero se prestó a escucharnos. Mi amigo le explicó su situación en vano. Quedamos solos nuevamente.

Con mi amigo sentado en la camilla me asomé a la otra habitación y vi a un hombre sentado en una silla de ruedas de espaldas a la puerta. “Doctor” me dijo y le aclaré que yo estaba ahí por otra cosa. Momentos después sentí que llamaba a alguien y me asomé por las dudas. Con problemas de dicción me pidió que lo hiciera rodar hacia el pasillo para cambiar de aire; le pedí que no intente pararse y lo llevé. Quedó casi en un umbral grande que da al pasillo donde estaban los demás que acudieron a la guardia, me senté en una camilla junto a él a esperar que viniera alguien que se hiciera cargo y por el pasillo apareció un joven. Ambos se reconocieron pero el joven empezó a irse, entonces le pregunté si trabajaba ahí, me dijo que había venido con el hombre en la silla de ruedas y aproveché para volver a donde mi amigo.
Esperamos unos minutos más y cuando llegó el médico nos pidieron que vayamos a esperar al pasillo mientras entraba más gente con un bebé en brazos. En el pasillo estaba el hombre del 53 con una radiografía en la mano; molesto, decía que estaba desde las 19 h y nadie le quería mirar la radiografía.
En ese intervalo de tiempo salió uno de los enfermeros que había estado yendo y viniendo por el pasillo y los consultorios. Había terminado su turno pero antes de irse se detuvo para decirnos a los más de diez que esperábamos que se sentía avergonzado, nos pidió disculpas y lamentó que el hospital funcione de esa manera. Nos sorprendió porque nadie le había dicho nada. Quién sabe si lo hace cada vez que pasa lo mismo.

Como faltaban pocos pacientes salí a esperar a la entrada y unos minutos después de las 22:30 h salió mi amigo: le dijeron que su molestia era muscular, que siguiera con la medicación que le funcionó y que, si el dolor persistía, visite a un traumatólogo, pero esa noche ya estaba bailando.