"Hacerles decir a las palabras más de lo que éstas pueden decir"

Rolando Revagliatti-. Antonio Ramón Gutiérrez nació el 29 de mayo de 1951 en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la provincia homónima, y reside en la ciudad de Salta, capital, igualmente, de la provincia homónima. Obtuvo su título de Psicólogo en 1982 por la Universidad Católica de Salta, donde además de desempeñarse como profesor en diversas cátedras ha sido Profesor Titular de la Cátedra de Psicolingüística, y es Profesor Emérito desde octubre de 2017. Es docente del Centro de Investigación y Docencia (CID) del Instituto Oscar Masotta dependiente de la Escuela de Orientación Lacaniana de Psicoanálisis. En esta materia es autor de “La precipitación de lo real” (2005), “Lingüística y teoría del significante en psicoanálisis” (2010), e integra el volumen “Soledades y parejas. Luces y sombras” (2017). Además de concedérsele en 2012 el Premio al Mérito Artístico por su trayectoria literaria, otorgado por el gobierno de la Provincia de Salta, recibió, entre otros, el Primer Pre…

La muerte de mi madre

Hugo Presman-. El día de la madre de 1977 fue el 16 de octubre. Hace cuarenta años. Cuando yo tenía sólo 32 y mi madre apenas 55 años. Había muerto en el Sanatorio San Camilo nueve días antes, en un primaveral día de octubre.





Cuando uno entra a la edad en que empieza a jugar con la muerte tiempo suplementario o definición por penales, cobra real dimensión lo joven que se fue mi madre y cuanto ha pasado en esta larga ausencia. Lo que más lamento es que la temprana partida la haya privado de conocer a sus nietos y bisnietos. Que no alcanzó a ver muchas de los pequeños triunfos de sus hijos y nietos.  Que nos haya faltado en los días en que las madres más hacen falta para compartir las alegrías o para venir con ese consuelo que sólo ellas pueden proporcionar. Me faltaste cuando dos años después nació Diego que es hoy un científico reconocido. O para acompañarla a Elsa en el embarazo y los dolores de parto. O cuando después de una larga lucha tu hija Graciela tuvo mellizos, Pablo y Marina. Se que te hubiera gustado mucho las parejas de tus nietos Josefina, Leandro y Nana. Y te hubieras pavoneado con la pequeña trascendencia de tu hijo, aunque no compartieras nada de sus posicionamientos ideológicos. Que estarías desbordada por tus bisnietos Elián y Joaquín.


Parece mentira, pero siempre me vuelve a la memoria aquel día de tu muerte. Venías librando una batalla prolongada con el cáncer, que se aprestaba a coronar su triunfo. La quimioterapia te había destruido tanto como el tumor.  Eran las 9 de la mañana cuando pasé por el sanatorio para ver como estabas, rumbo al trabajo. Alrededor de la cama estaban tu nuera Elsa, tu cuñada Elena y el gran amor de tu vida Elías, tu esposo, mi padre. De pronto te empezaste a sentir mal y te faltaba el aire. Mientras llamábamos a la enfermera te empezamos a apantallar. No entendíamos lo que pasaba. Después nos enteramos de que te habías descompensado y que la presión había bajado a cuatro. Más tarde nos dijeron que esa situación podía producir daño cerebral. Nos hicieron salir de la habitación. Sólo volvería a verte 10 horas más tarde cuando ya la muerte celebraba su triunfo. Los médicos corrían, entraban y salían de la habitación. Sentados en la escalera esperábamos mi mujer, mi hermana, y mi cuñado. Mi hermana, muy joven, alentaba esperanzas basada en la notable fortaleza que Rosita, nuestra madre, había exhibido a lo largo de toda su corta vida. Varias veces, desesperado, llamé a los médicos que la trataron a lo largo de 8 años. Me atendía la secretaria. Le rogué que vinieran, a ver si podían hacer algo. Incluso llegué a amenazarlos que los buscaría con un revolver. Ellos sabían que ya no había nada que hacer y tenían que ocuparse de aquellos que podían sanarse o prolongar su vida. Alrededor de las 17, mi madre le preguntó a Elías ¿Como estás? Yo estoy bien, pero como estás vos la interrogó mi padre. Cuando a las 19 la batalla concluyó y lo supo mi padre gritó desesperado ¡Vieja! que aún resuena en mis oídos. Unos minutos después entré para verte por última vez y darte el beso de despedida. Un cuarto de hora más tarde comenzó a llover. Luego el velatorio y al día siguiente emprendimos el viaje a Entre Ríos y por dificultosos caminos de barro te enterramos en ese cementerio de Colonia López, por esos campos ajenos donde pasaste tu niñez, donde creciste y en tu adolescencia te enamoraste de Elías, y donde desde el 2006 él te vuelve a acompañar en ese viaje sin retorno. Lo tétrico del cementerio y un cielo encapotado parecían arrancados de una película de Fellini. Descreído de todo lo religioso, me reemplazó mi tío preferido Froique, en la ceremonia religiosa que le corresponde al primogénito, como lo haría mi cuñado Alberto, 29 años después, cuando la misma ceremonia se realizaba en el entierro de mi padre.

Siendo agnóstico creo que la vida concluye con el último latido. Que no hay un después.
Pero hoy prefiero imaginarme o creer que nos están mirando Rosita y Elías desde un más allá, repasando sus vidas. Y que están felices de ver que hemos cumplido con algunas cosas que aspiraban para nosotros. Que recuerdan sus luchas en esa panadería de Jubileo, Elías recorriendo con su carro a tracción a sangre las colonias distribuyendo el pan. Y Rosita con su temperamento incendiario al frente del negocio. Luego cuando abrieron un negocio de Ramos Generales en San Salvador. La sociedad familiar con su hermano menor, su crecimiento y luego la traumática separación societaria. La crianza de su sobrina. Las injusticias tan grandes como algunas ausencias al momento de tu muerte. Cuando el odio hasta es capaz de derrotar el dolor de la muerte.
Hoy como hace cuarenta años solo me acompaña tu recuerdo. De una madre incondicional sin dejar de lado que podías ser intemperante y arbitraria en nuestra defensa.

Cuando uno ya es abuelo, no por eso deja de sentirse huérfanos de padres.
Y la ausencia se vuelve más fuerte en este día, que más allá de su predominio comercial, se ha instituido para homenajearlas o para recordarlas con mayor intensidad.
Y es cierto aquello que las madres, la inmensa mayoría toman las manos de sus hijos por un tiempo, pero sus corazones para siempre.