Escopetas, baldíos y periodismo



Lucas Carrasco-. Y bue. Escribo notas así, contando la verdad, arriesgándome, como periodista, a que se sepa que soy un desequilibrado. Un baldío en pleno centro.



Y entonces estoy caminando sobre el campo embarrado con el saco colgado en una mano y la corbata en el bolsillo y hace calor y voy caminando y caminando y pienso en los días y las horas que he pasado preocupado por tonterías y por qué no hice ésto y por qué no hice aquello y me seco el sudor y miro la hora y qué falló y qué haré de ahora en más y si tendré suerte o si me saldrá todo mal y si algún día y por un minuto y solamente un minuto voy a parar y parar de pensar. Y sé que no.



Vuelvo al salón de la cooperativa agropecuaria -fundada en 1905, dice el cartel en grande- y mi amigo terminó el curso de gestión agrícola responsable con el medio ambiente y me presenta a alguien y se queda un rato y yo me voy. Al bar de a la vuelta. Un lugar donde venden Amargo Obrero con soda a 18 pesos el vaso. Los changarines dicen que sale algo en la construcción, algo de alambrada (alambrar los campos) y algo de tropilla en las carreras de caballo ilegales. Por tropilla hay que entender que es una especie de culata sindical, seguridad privada no convencional, encargados de que las apuestas se paguen y se cobren sin contratiempos. Los vasos avanzan. La temperatura y las ganas de pelear también.

-¿Cuál es su gracia, doctor?-
-Me llamo Lucas y no soy doctor, soy bachiller.
-¿Viene de Buenos Aires?-
-No, no, mi acento es una mezcla de ciudades. Vivo en Paraná.
-¿Y qué anda haciendo por acá, tan lejos de sus pagos, doctor?
- Nada. Vine a caminar por el campo.
-Lo vimos yendo para el lado de los potrillos. ¿Se perdió?
-No, agarré para el lado de una antigua calera y seguí por unos durmientes abandonados...
-No están abandonados. Algún día volverá el tren. Ese tren llegaba hasta Paraná y hasta Basavilbaso. Cuando vuelva el tren ya verá, este pueblito, así como lo ve, medio abandonado, va a levantar vuelo y ya va a ver...
-Ajá. Ojalá que vuelva. Algún día. El tren.
-¿Usted es abogado?
-No, no, no, trabajo de periodista. Pero fui a escuelas rurales, cerca de Paraná.
-Pero tiene acento raro.
-Porque soy rosarino, viví en Paraná y Santa Fe.
-¿Y no es de Buenos Aires?
-No, casi ni conozco Bs As.
-Parecía porteño.
-No prejuzgue, amigo, yo solo quiero tomar mi copa y seguir mi camino. No quiero problemas.



El compinche le hace una seña para que baje decibeles. Se acerca a mi mesa y me llena el vaso con vino de damajuana.
-Seia usté bienvenido.
-Gracias.
-Si quieire, baja el sol y abre el pul.
-No, no me gusta el juego.
-Me refieiro a que hay chicas.
-No, gracias, tampoco.
-¿Usté es uno de esos invertidos porteños, que vienen buscando niños, doctor? Porque si es así no tengo problema en sacarle las tripas, doctor. Soy bueno con el cuchillo, doctor.



La canción "Caminando" era de las que más me gustaba de Festilindo cuando era un niño. Por su contenido religioso. Su ritmo provinciano y pegadizo. Sus coros de niños. Su lenguaje, entre tonto y comprensible.
Había otra canción que cantaba en el campo cuando era niño. Es un poema de un hombre que aún vive y tiene mucho poder y la han musicalizado varios, pero no está en todo internet.








Corrección. Sí, está, pero no como canción, sino como poema leído por el autor.
Una de las versiones musicales se la hizo un sufrido artista paceño, frente a los islotes que iban a la provincia de Corrientes.
Corrección doble. Hay un recitado del músico Jorge Méndez, en La Picada. Es éste:



Como el niño que fui de cara al río
por eso no me voy
porque no puedo
porque éste es mi lugar
y aquí me quedo
otros serán mejor
pero este es mío



Al caminar sobre el barro reseco es fácil resbalarse, es barro frágil, poco serio.
El barro, al otro día de la lluvia, es engañoso. Y hay que ir mirando cuando pisás yuyales porque se te puede hundir una pierna: los yuyos se quedan como camalotes de la tierra.
Hubo algunos disparos de escopeta. Me acerqué para el lado del ruido. No encontré a los cazadores ni vi sangre de nutrias o carpinchos. Escuché otros dos disparos, esta vez más cerca de las detonaciones. Y acá, por acá, no hay ríos ni lagunas. ¿Están cazando jabalíes o ciervos? Si son ciervos hay que irse de ahí: los ciervos son tan rápidos que te pueden pegar un tiro sin querer, los idiotas que viven de eso. Los jabalíes no son problema, no les disparan a mansalva y a distancia, porque el jabalí se vuelve hacia los cazadores y se les va encima. Además andan en manada. Si están cazando jabalíes hay que rajar porque los jabalíes pueden encontrarte y considerar, en un juicio sumarísimo, que es uno el que los anda tiroteando.
Como sea, no me fui. Me agaché. Esperé a ver qué pasaba. Y no pasó nada. Así que me levanté y seguí caminando.
Como llevaba el saco en la mano y la camisa arremangada, los mosquitos me vieron como banquete. Hay unos yuyos -tienen diferentes nombres según el monte donde estés, pero son los mismos en todos lados- que si te los frotás, los mosquitos rajan. Eso sí, frotarte esos yuyos te hacen arder la piel durante algunos segundos interminables como si te estuvieras quemando en el infierno.

Con los zapatos embarrados. La barba llena de pasto. Cansado. Ya de noche, llego a casa. Abro la botella de Amargo Obrero y me pongo a mirar los mails, editar notas, escribir ésto.
No tengo un final inteligente. Un buen cierre. Algo importante para decir.




En mi habitual deporte de defraudar lo que se espera de mí, últimamente, soy distinto. Pienso dos, tres, cuatro veces cada cosa que voy a escribir. Tengo miedo. Ya no soy el mismo. Un narrador con miedo deja de ser libre para siempre. Deja de valer como escritor, pasa a ser un broker de emociones, un trucho, un salame. Me hirió, de una manera profunda y permanente, que me acusen de aberrantes delitos que en la justicia mostré que eran patrañas, difamaciones, ajustes de cuenta por mi trabajo periodístico. Igual. Nunca volveré a ser el mismo. Fue una daga fulminante. Grosera. Vulgar y mentirosa. Pero efectiva para mi consciencia, para culparme hasta el último de los días. Para mirar mi sombra como sospechosa. Para perder la frescura. Y la cordura. Para domesticar la rebeldía. Para normalizarme. Con ese látigo feroz del fascismo progre de nuestra hipocresía nacional.
Probablemente, nunca vuelva a ser el mismo.



Me estoy quedando pelado. La barba, cuando me crece mucho, se llena de canas. En algunos meses voy a cumplir cuarenta años. Si miro para atrás, hice la vida que soñé. Si miro para adelante, cuando tenga ochenta, me voy a sentir orgulloso de cómo soporté toda la presión del planeta y seguí, igual, para adelante. Seguí y seguí y seguí, contra todos. Pero hoy, acá, y ahora, siento una tristeza infinita, un hueco dentro del pecho, simple como un horizonte. Soy un hombre sin metáforas. Un error biológico del sistema. Soy una enfermedad psiquiátrica: un dolor sin literatura.

A veces me quedo toda la noche mirando el ventilador del techo.
A veces me quedo dormido.