El ingeniero alemán



Manuel Langsam-. El Ingeniero Mark Kligman llegó a Domínguez para ocupar un cargo que en ese entonces tenía mucha importancia: Administrador de la Jewish.


Las colonias estaban pobladas con colonos que aún tenían deudas con la Institución por sus campos o créditos para su explotación. Como una ley no escrita pero que se respetaba debía formar parte de la comisión directiva de la cooperativa, del banco, del hospital o cualquier otra organización de relevancia que existiera en el pueblo.
Era un ingeniero agrónomo, judío alemán venido ya de grande y que aún mantenía la mayoría de sus viejas costumbres europeas. Cosa que no encajaba en absoluto con los normales y sencillos hábitos del lugar.


Lo primero que llamó la atención es que su señora, una mujer muy desenvuelta y de trato agradable, usara pantalones, tanto en su casa como en público. Además ¡fumaba!, algo  no visto en Domínguez: una mujer ¡con pantalones y que fumaba en público!..

Lo primero que hizo fue poner día y horas de atención en su oficina: el atendía a los colonos solamente los lunes por la mañana. El resto de la semana lo ocupaba en cosas propias de la oficina, viajes por las colonias o por motivos particulares. Eso chocó también con las costumbres de los pobladores que estaban acostumbrados a ser atendidos cualquier día a cualquier hora por las anteriores administraciones. Y era tan estricto, que en una oportunidad llegó a la Jewish por una consulta el Dr. Liebeschutz, un médico de gran prestigio y muy respetado en la zona (había sido uno de los primeros directores del Hospital Clara), y que tenía un campo en la zona de Bergara (el campo que actualmente pertenece a la Sucesión del Negro Goldemberg).

El médico se presentó y dijo que venía por una rápida consulta que no le llevaría mucho tiempo. Kligman lo paró directamente en la puerta y le dijo: si, si, doctor. Muy bien, pero yo atiendo lunes y hoy no es lunes. Le dio una palmadita en la espalda, y lo despidió…

Mucho le gustaba disfrutar de la comida y la bebida. Cuando vino a Domínguez, se trajo alrededor de 300 botellas de buen vino que ubicó en el sótano que había debajo del negocio de mi papá, que era de  la época en que no había heladeras y servía para guardar fiambres y quesos. Hacía muchos años que estaba desocupado y era un sitio húmedo, frío y lleno de telarañas.
 Él lo limpió y acomodó en el piso de tierra, una al lado de otra sus botellas de vino y se hizo un plano detallando botella por botella el nombre, año de envase y un número de identificación de cada una.
Cada tanto bajaba al sótano con el planito en la mano, elegía alguna botella y se la llevaba, previa anotación de baja en su lista. Como no se le cobraba nada en concepto de alquiler, para cada fiesta de Pesaj dejaba de regalo una botella (previa verificación de que no le faltara ninguna).

Cuando se enteraba que en cualquier lugar, cercano o lejano había algún producto que le interesaba, se iba a buscarlo. Así viajaba a Concordia a La Casa de los Fiambres a comprar un buen jamón o pastrón. A veces conseguía un frasco de pepinos en conserva, para lo cual sentaba a su peón  (Pedro Plattner) en el asiento de atrás y lo hacía mantener el frasco bien firme y vertical para que no se perdiera una sola gota del líquido durante el viaje de Concordia a Domínguez. En la zona de Clara visitaba a un Señor Tauber que se especializaba en producir berenjenas o a un Señor Strajman, que plantaba melones.



Al poco tiempo de crearse el Estado de Israel, viajó con su esposa a visitarlo y conocer el nuevo Estado. A su regreso, ante la expectativa y curiosidad de toda la población por conocer detalles de la organización y modo de vida en un Estado por el que habían estado esperando hacía dos mil años, se organizó un té en el salón para que contara su experiencia.
Al final del té y ante el silencio  absoluto del auditorio, empezó a hablar.



¿Creen que habló sobre el gobierno de Ben Gurión, la recepción y adaptación de los nuevos inmigrantes que llegaron desplazados desde todos los puntos de Europa y Asia, o el cuidado de las fronteras, siempre amenazadas por los ejércitos árabes luego de la Guerra de la Independencia?
Pues no.
¡¡¡Contó día por día y bien detallado lo que había comido durante todo el viaje y su estadía en Israel!!!

Después de algunos años fue trasladado a la central de la Jewish en Buenos Aires en donde se jubiló. La última noticia que tuvimos de él, es que todos los sábados por la mañana, bien temprano, tomaba su auto y se iba hasta Pacheco a la fábrica de Terrabusi, en donde lograba que le vendieran varios kilos de galletitas recién salidas del horno…