Drogas, drogadictos y comerciantes

Mauricio-José Schwarz-. La versión corta es: 




1. Personalmente estoy contra las drogas (incluyo el alcohol, que es una droga), no consumo más que café, no las promuevo y no me gusta estar con personas cuando están bajo su influencia. 

2. Creo que a veces los consumidores se extralimitan afirmando que sus aficiones son totalmente inocuas. 

3. Creo que los antidrogas se extralimitan muchísimo más pintando escenarios aterradores y falsos sobre el consumo de drogas. 

4. Creo que toda persona tiene derecho a consumir drogas como parte de su libertad para hacer con su cuerpo lo que quiera (mientras no dañe directamente a quienes les rodean). 

5. La prohibición no ha funcionado. Por el contrario, el precio que se ha pagado en dinero, recursos y vidas combatiendo las drogas es colosalmente mayor del que se pagaría si fueran legales, si los que las consumen pudieran tener acceso a un producto de calidad controlada, con información fiable sobre qué es y qué hace, y cómo se deja una adicción con apoyo profesional (sin moralinas). 

6. Defiendo la total y absoluta despenalización del consumo para adultos responsables, el control de la producción, su integración en la economía y que aporte al tesoro público recursos que puedan servir para fomentar lo mencionado al final del punto 5.

La versión larga, abajo, incluye trozos de varias respuestas que he dado en Spring Me y en ask. Y empieza con la toma de posición personal.

Janis Joplin en junio de 1970, tres meses antes de
su muerte por sobredosis (Foto: Grossman
 Glotzer Management Corporation via
Wikimedia Commons)

Personalmente: no

Las drogas no me gustan en general. Somos nuestro cerebro, punto, y someterlo a un desequilibrio químico sin una clara idea de qué implica eso me parece bastante bobo. Es un riesgo elevado meterle mano aleatoriamente a los mecanismos bioquímicos del cerebro porque alguien nos dijo que tal sustancia es genial y "expande la conciencia" y "cambia la visión", lo cual además no es cierto.

No creo que las drogas ayuden a la creación ni le impartan talento a quien no lo tiene, no son una forma de optimizar la percepción o creación artística ni llevan a la iluminación espiritual ni son, ciertamente, una forma de rebeldía político-social ni nada por el estilo. Las drogas sirven para obtener efectos placenteros, para drogarse, y lo demás son coartadas.

Todos los borrachos actúan como borrachos, su conducta es más uniforme cuanto más borrachos están. De hecho solemos decir que en algunos casos quien actúa o quien habla "es el alcohol" y no la persona. La frase tiene su sentido. Los cerebros reaccionan exactamente igual ante el alcohol, la heroína, el opio, el THC, el alcohol, la cocaína, etc. Un profesional experimentado (un policía o un médico) puede saber con bastante certeza qué droga ha consumido alguien con sólo observarlo y hablar con él. Las drogas uniforman porque apagan nuestra personalidad individual... Apagar selectivamente partes de nuestra personalidad, capacidad de pensamiento, emocionalidad desarrollada, etc. me parece idiota, sobre todo si se hace continuamente.

Es más, con los miles de creadores que he conocido a los largo de mi vida como escritor, puedo decir que los muy talentosos que consumen drogas lo son pese a sus aficiones químicas y no, como creen algunos, debido a ellas. El que no tiene talento ya puede beber láudano a litros, comer LSD a cucharadas, fumarse porros o churros de metro cuarenta de largo, beberse un buquetanque de alcohol y meterse otros psicoactivos en el cuerpo, y su poesía, música, pintura, narrativa, escultura etc. seguirán siendo las de alguien con poco talento. Vamos, que millones de personas se drogan y beben, y generalmente se comportan como bestias de carga, no como sublimes creadores.

Keith Richards
(Foto GFDL de Kelseytracey
via Wikimedia Commons)
Esto me molesta desde la muerte de Janis Joplin, cuando menos, y de eso hace ya mucho tiempo. Porque no me gusta que gente creativa y talentosa se rinda a las drogas y deje la vida en ellas.

Ciertamente casos como los de Robert Plant o Keith Richards son hasta divertidos: se metieron todas las sustancias imaginables y, más o menos averiados, ahí están. Pero detrás de ellos tenemos, por mencionar sólo a dos de sus compañeros de bandas, a John Bonham y Brian Jones, a los que no les fue tan bien. Las muertes evitables son desagradables, sobre todo de gente que puede aportar tanto, sean Hemingway o Jimi Hendrix o Keith Moon. Y yo, como todos en mi generación, cargo con una buena cantidad de amigos y conocidos a los que he enterrado prematuramente, sobre todo víctimas del alcohol: periodistas, historiadores, lingüistas, pintores, escritores, que podrían haber hecho muchísimo más que dejarse morir por su afición.  Y he visto a muchos jóvenes brillantes convertirse en adultos apáticos (aunque simpáticos) que viven a medio gas por una adicción de décadas.

Me duele pero los respeto. También algunos de ellos son prueba, sin embargo, de que su consumo no tiene los efectos desastrosos, mortales y aterradores que anunciaban los agoreros del desastre... pero también son testigos de que no es inocua como les gusta afirmar a ellos. Lo cual no debería sorprender a nadie: toda sustancia consumida durante años causa efectos fisiológicos y cognitivos, así sean leves (según distintas drogas, pueden ser mucho peores).

Ni consumo (salvo café, que finalmente es la droga más extendida del mundo) ni recomiendo ni me gusta el consumo de drogas. Pero ésa es una posición personal que se resuelve, en mi caso, no consumiendo, manteniéndome apartado de la gente cuando están colocados o borrachos (no sé cómo manejarlos y me resultan siempre muy aburridos), y dando mi opinión.

Porque, personalmente, también creo en el derecho de todo ser humano adulto a disponer de su vida como le dé la gana. Puede meter la pata, puede emprender acciones por motivos incorrectos y es posible tratar de apoyarlo y evitar que, por ejemplo, caiga en una adicción por una depresión. Pero no se puede tratar a todos como niños. Hay gente muy valiosa, muy responsable y muy seria que simple y sencillamente consume drogas más o menos ocasionalmente sin hacerse daño ni hacérselo a nadie. La mayoría de los consumidores, me atrevo a decir, no son unos cavernarios y ciertamente no son drogadictos. Son gente común que tiene su vida, su escuela, su trabajo, su familia. Y consumen drogas. Como otros beben. Como otros tienen otras diversiones con más o menos riesgo de perjudicarse.

Desde el punto de vista ético y moral cualquier adulto tiene derecho a consumir lo que se le dé la gana mientras no afecte directamente a otros con ese consumo o al hacer ciertas cosas cuando está bajo la influencia de esa droga. Tiene derecho a beber, pero no a conducir borracho. Tiene derecho a inyectarse heroína, pero no tiene derecho a convencer a otros de que se la inyecten y menos a dársela a menores de edad. Tiene derecho a fumar toda la marihuana que quiera, pero no a operar maquinaria pesada o asumir posiciones de responsabilidad cuando está disminuido por los efectos del THC. Tiene derecho a cortarse una pierna y comérsela o a tirarse de una ventana mientras no aplaste a nadie y de preferencia dejando pagadas la limpieza de la calle y su funeral, etc.

Cultivo de amapola en Afganistán.
Lo único que me inquieta es que esta forma de diversión u ocio legítimo es su conflicto ético cuando depende de narcotraficantes. Para satisfacer su placer, los usuarios suelen cerrar los ojos al mal que provoca el narcotráfico, y esa actitud me parece poco ética. Desde mi adolescencia me pregunté cómo era posible que quienes consumen drogas consideraran que su afición era una forma de rebeldía, cuando en la mayoría de los casos es ponerse al servicio de lo peor del sistema vigente. Sí, el gobierno no quiere que te drogues, pero vamos a ver, que los que sí quieren que te drogues no son mejores que el gobierno y pueden ser infinitamente peores.

El consumo de drogas ilegales fortalece a las organizaciones ilegales que las suministran, y es por tanto parte de las otras cosas que hacen esas organizaciones ilegales, incluidos los asesinatos, la degradación de sociedades enteras, la destrucción hasta dejarlas inútiles de naciones completas como Colombia o México, donde todos sus habitantes han sufrido inmensamente por causa del narcotráfico que, con el dinero del que se fuma, aspira, esnifa, esnortea o se inyecta sus productos corrompen políticos, compran armas para matarse entre sí (llevándose a muchos inocentes de camino) y degradan a las sociedades que tienen la desgracia de ser su entorno. Sin contar los violentos que afirman tener motivos políticos o religiosos y que se financian mediante el tráfico de drogas.

Los más contradictorios son quienes protestan contra toda empresa privada afirmando que es enemiga de la ética (séalo o no) y que se comporta de modo inhumano y cruel... pero no protestan contra el narcotráfico y las grandes fortunas de delincuentes que matan, torturan y destruyen... Al contrario, consumen sus productos y se hacen corresponsables de las desgracias que ocasiona el narcotráfico en todas las sociedades, desde las productoras y comercializadoras (de nuevo Colombia y México) hasta las grandes consumidoras, como España y Estados Unidos. Y a veces ni siquiera se dan cuenta de su contradicción.

Así, a quien actualmente consume drogas recreativas ilegales, incluida la marihuana, sí le asignaría cierta responsabilidad moral y ética en cuanto a los efectos nocivos del narcotráfico y el crimen organizado. Y el enganche de jóvenes como consumidores, que es fundamental para que el narcotráfico tenga un mercado creciente. Esta responsabilidad seguirá presente mientras las drogas no sean legales y los consumidores deben asumirla y reflexionar sobre ella.

Personalmente, no le recomendaría a nadie que hiciera nada que tuviera como único objetivo impedir, obstaculizar o anular sus capacidades mentales, idiotizar, uniformar, anular la individualidad y borrar la parte civilizada de sus consumidores. Pero tampoco veo mal que alguien consuma ocasionalmente para divertirse. Cualquier diversión, pues, vista de cierto modo, puede conllevar perjuicios. Eso es asunto de cada quién.

Pero mi opinión personal no tiene por qué regular lo que los demás hacen.



El absurdo de la ilegalización

La prohibición no ha funcionado para controlar el comercio y consumo de drogas.

Punto.

Las campañas de propaganda antidrogas (generalmente basadas en falsedades) tampoco han funcionado.

Punto.

Nunca ha habido escasez alguna de ninguna droga nueva o vieja en las calles de Estados Unidos, el gran promotor de la guerra contra las drogas. Es decir, que la estrategia no ha servido para nada. Nunca se ha anulado a un grupo de producción y tráfico de drogas sin que surja otro más brutal, más decidido, más poderoso (incluso en otro país). Nunca se ha logrado disminuir la cantidad de consumidores ni de adictos (que son, como decíamos, dos categorías distintas).

Si lo que se desea es disminuir el daño que las drogas causan a la sociedad y a los individuos, la única acción razonable es despenalizarlas, regularlas, dejar de lado la moralina y dejar de tratar a los adultos como si fueran niños.

Despenalización no implica los extremos que los histéricos han fantaseado en falacias de pendiente resbaladiza donde todos seremos drogadictos. No implica poner droga en máquinas expendedoras ni hacerlas de venta libre y sin legislar, como no es de venta libre el alcohol ni mil productos más que no se le venden a los niños y para los cuales se deben cumplir ciertos requisitos. Las drogas se pueden legalizar de un modo tal que se limiten los excesos, eso por descontado... lo relevante es que de pronto, de un día para otro, los narcos verían alterado su esquema de producción y abasto, y su sanguinario mercado local y su lucha por los puntos de venta.

Los ejemplos de despenalización del consumo de drogas como los llevados a cabo en Holanda y sobre todo en Portugal demuestran que lo suyo no es sino una falacia de pendiente resbaladiza no sustentada en ningún estudio serio. No, la gente no se va a convertir masivamente en adicta. No, la sociedad no se va a disolver. Al contrario.

Otro efecto de la despenalización sería la reducción inmediata de la violencia producto del comercio ilegal de drogas, al quitarle la enorme plusvalía que le da precisamente la ilegalidad como el mejor y más rentable negocio del mundo. Porque lo es.

La metanfetamina se puede producir a 300 dólares/kilo y se vende en la calle en 60.000 dólares... o más... No hay nada en el mundo, absolutamente nada, que pueda comparársele en cuanto a nivel de ganancias. Si la policía requisara el 90% de esos 60.000 dólares y sólo quedaran 600, la utilidad seguiría siendo del 100%. Es precisamente por eso que el narcotráfico tiene más dinero y poder que ninguna otra forma de organización delictiva. Y por eso se pueden dar el lujo de perder algunas toneladas de droga por aquí para meter en un país otras muchas toneladas por detrás. Y esto despierta una ambición tan enorme que matar o morir se vuelve cotidiano y normal porque sus beneficios económicos son abrumadores. Y el dinero y la violencia se traducen en poder político, como un cáncer para la sociedad en la que se desarrolla (Colombia y México, insistamos, son ejemplos lacerantes de países destrozados no sólo por el narcotráfico, sino por la lucha contra el narcotráfico, una lucha en la que los estados llevan todas las de perder).

Tirando alcohol por las alcantarillas durante la prohibición
estadounidense.
Estados Unidos debe ser uno de los países que despenalicen, no sólo porque muchos gobiernos del mundo siguen su paso casi automáticamente (cosas de ser el imperio) sino porque es reconocer que ha errado en la posición cómoda que ha mantenido desde que ilegalizó las drogas en 1932, y que es, básicamente, que otros pongan los muertos y peleen su guerra, ya sea en Colombia, en Perú o en México. La reducción súbita del flujo de ingresos obviamente moverá al crimen organizado a otros espacios delictivos, para eso no hay que ser Einstein, pero son espacios de menos dinero, de menos violencia por territorios, de menos poder y menos capacidad de infiltración.

Un momento que invita a la reflexión es la prohibición del alcohol en Estados Unidos 1919-1933. El fin de las leyes antialcohol, debida a una población cansada de la violencia, la corrupción, la inseguridad y la hipocresía que implicaba la prohibición, resolvió muchos problemas (todos creados por la propia prohibición, que a su vez resolvió muy pocos). Incluso, aunque el crimen organizado que obtuvo el gran impulso de la prohibición sigue activo hoy en día, sus niveles de violencia (sobre todo hacia los "civiles" o inocentes) bajaron brutalmente, e incluso de consumo de destilados de alcohol cayó en picado desde que se abolió la prohibición. El comportamiento de la tasa de homicidios en los EE.UU. es revelador, como lo muestra este gráfico:

La prohibición del comercio y consumo de alcohol en los Estados
Unidos duró de 1920 a 1933.

Con todos estos datos, (no con "sentido común", con "yo creo" o con afirmaciones francamente fantasiosas) la propuesta de legalización de las drogas es una posibilidad real de parar las matanzas y emprender políticas basadas en hechos y no en histerias.

El consumo de drogas (entre adultos responsables), como otras muchas actividades que corresponden al fuero interno y la libertad de cada individuo, no debería estar penado porque no causa víctimas directas (ya, la familia puede sufrir, pero también puede sufrir si el imbécil se gasta el dinero en una colección de mocos de estrellas del rock, en las carreras de caballos o en hamburguesas de triple grasa, todo lo cual no es argumento para prohibir ni el coleccionismo, ni los mocos, ni el rock, ni las carreras de caballos ni las hamburguesas). Del mismo modo que lo son el suicidio (que sí, en muchos países es "un delito") y otros de los llamados "delitos sin víctimas". En legislación penal se habla de estos delitos como penados por "el principio de ofensa", es decir, que alguien se ofende por ello (incluso dios, según avisa con sus representantes) y debe penarse, aunque nadie resulte directamente dañado como sí lo resultan en los delitos con víctima que se penan por el "principio del daño", mucho más objetivo.

La legalización también permitiría que se trabajara para que la gente tuviera información sólida, clara y constatable sobre las drogas y sus efectos, sin las exageraciones o las minimizaciones de militantes de uno u otro bando. Como en el caso de todos los demás productos, el consumidor tiene derecho a estar bien informado para tomar sus decisiones con toda libertad.

Otro detalle que hay que tener en cuenta es que la prohibición de las drogas incluye la de realizar investigación científica con ellas en la mayoría de los casos, lo que hace difícil poder averiguar con certeza y un método adecuado si algunas sustancias de algunas de ellas tienen algún valor terapéutico, o si sus efectos generales puede ser útiles (se especuló mucho sobre el potencial antipsicótico del LSD ya que provoca estados similares a los psicóticos en consumidores normales, se habla de varias aplicaciones de distintas sustancias de la mariguana (a veces con intereses no muy claros), la cocaína fue un medicamento y quizá tiene aplicaciones como las tiene la morfina, un derivado de la heroína). Ese bloqueo científico es otra expresión de la tontería y pacatería que ha significado una prohibición irracional.

Cada día que no se despenalizan las drogas hay muertos prevenibles, destrucción social prevenible, gastos enormes en una guerra imposible de ganar y problemas crecientes de coherencia.