Carrió y el Teorema de Bayes



Martín Vázquez-. Uno de los episodios más oscuros de la historia democrática no mereció el mínimo comentario de la UCR, otrora abanderada de los derechos humanos.



Elisa Carrió, principal candidata de Cambiemos en el país por representar al distrito de donde proviene la propia formación que integra y donde mayor diferencia sacó con sus rivales, dijo en el 678 macrista que hay "un 20% de posibilidades de que (Santiago) Maldonado esté en Chile".
Lo mismo que las peores lacras que defendían la dictadura, que sostenían que los desaparecidos estaban "la mayoría" en Europa o México. En aquel entonces no bastaban las precisiones aritméticas de la extravagante autonominada "Fiscal de la República" que fue, además, Fiscal de la Dictadura y no autonominada, sino jurando sobre las actas del Proceso de Reorganización Nacional. Como me dijo un amigo, Carrió ha revolucionado el Teorema de Bayes.



La Unión Cívica Radical de ningún distrito se vio en la necesidad de repudiar sus dichos, así sea en defensa de su propia y rica historia en materia de defensa de los derechos humanos durante el retorno democrático. Es preocupante este retroceso y cómo los dirigentes radicales con consciencia de que estas barbaridades deben quedar fuera de discusión, se callan por oportunismo electoral, cargos y prebendas.
Nadie espera nada del PRO y menos de la Coalición Cívica, partido inexistente que integra la propia Carrió únicamente, con su habitual autoritarismo y desprecio por cualquiera que contradiga sus caprichos y bandazos ideológicos. Pero de la UCR se esperaba una reacción, alguna.




Hay que recordar que la lista de Carrió la integran personas honorables como Facundo Suárez Lastra y que el radicalismo, orgánicamente, compite en CABA contra Carrió, apoyando la candidatura de Martín Loustau.

Los retrocesos en la calidad democrática nunca se dan con saltos abruptos. Son paulatinos, casi invisibles. Las alertas de la sociedad recién funcionan cuando ya es demasiado tarde, porque la sociedad no puede estar pendiente de todo cuanto acontece ni de cada mínima luz amarilla que se enciende. Ni tiene tampoco los medios para actuar en consecuencia. El voto es uno de los instrumentos pero es un instrumento acotado. Se vota por múltiples razones, no solo por miedo. Y lo que genera Carrió es miedo. Porque los observadores sabemos que la mayoría del PRO consiente lo que dice, porque para la mayoría de la dirigencia del PRO la última dictadura militar es vista como un "error" en el largo camino que la derecha pura y dura de Argentina tuvo que recorrer para por fin alcanzar el poder a través del sistema democrático.
Sorprende, por tanto, el caso de la UCR. La de todas las provincias.

Uno imagina o sospecha que no están a favor de estos dichos y que se dan cuenta de lo que estos dichos significan, de los imaginarios sociales que desata, de quiénes son los que aplauden estas crueldades, de qué está diciendo Carrió sin animarse a decirlo con todas las letras. Incluso es posible imaginar que esa incomodidad de los radicales se traduzca, luego de las elecciones, en reclamos concretos para que no se tuerza, de manera definitiva e irremontable, el rumbo político, para que no se salga de los canales democráticos.
Éste es el trasfondo de los reclamos de la UCR por ser más escuchados. Las imbecilidades de Carrió son una anécdota menor que solo es posible por tres factores:

1- La desaparición de Santiago Maldonado y el encubrimiento en los primeros dos meses por parte del gobierno.

2-El método autoritario de selección de candidatos, que en CABA llevó a una participación de Cambiemos.

3-La falta de liderazgo en la UCR, presidida por José Corral, que a su pequeñez política hay que sumarle la vocación suicida en lo ideológico que le impregnó a la UCR.


En la oposición temen que el previsible triunfo de Cambiemos en las elecciones legislativas, le quite margen a los sectores republicanos de Cambiemos y les abra las compuertas a los sectores más reaccionarios, con Carrió, baluarte del oportunismo y la decadencia, a la cabeza. Temen, con justa razón, que los sectores duros se impongan y pidan un ajuste más severo con su correlato discursivo y represivo, condiciones necesarias para llevar adelante un programa impopular que puede gozar del respaldo electoral, tal como le sucedió a Menem y De La Rúa durante un tiempo, pero que tarde o temprano generará conflictos sociales que, esperemos, esta vez, no terminen como la carnicería que desató la anterior Alianza en el 2001.