A contramano del mundo



Joakito-. La baja de la pobreza es en relación a la suba del año pasado, con lo cual si se suma la suba de la indigencia el gobierno de Macri está lejos de cumplir su lema de Pobreza Cero.


Uno de los principales eslóganes de campaña de Cambiemos fue "Pobreza Cero". Apenas asumido el gobierno, el propio Jefe de Gabinete relativizó el concepto. Luego fue la vicepresidenta y luego los medios paraoficialistas dejaron de mencionar el tema como si fuera apenas una travesura electoral válida en tanto y en cuanto los beneficie a ellos.

Sin embargo la realidad sigue siendo cruda: uno de cada tres argentinos está bajo la línea de pobreza y de ese universo estadístico a muchos no les alcanza, ni siquiera para comer.
Las propuestas en torno a cómo solucionar éste, que es el principal problema de la Argentina, monologan sobre enunciados vagos que no llegan a nada. Cuesta encontrar planteos serios. O acciones efectivas para ir minimizando las principales causas de la pobreza como son la desigualdad educativa y sanitaria, el desempleo y el trabajo en negro, los bajos salarios de los que están en blanco, la falta de equidad de género, la precariedad de la infraestructura básica y hasta civilizatoria (por ejemplo, la ausencia de cloacas o agua potable para millones de argentinos).
Argentina está yendo a contracorriente del mundo y en especial del llamado "mundo emergente": los países subdesarrollados, que concentraban y concentran la mayor cantidad de pobreza en todo el mundo. La mayoría de estos países evolucionaron en las últimas décadas reduciendo la pobreza. Argentina, con altibajos puntuales y probando distintas recetas, lo único que ha hecho fue retroceder.
De ser un país acostumbrado a tener un 3% de pobreza y prácticamente sin indigencia, pasó a ser un país acostumbrado a un 30% de pobreza y una indigencia con la que trata de no cruzarse en la calle. Cuanto más concentrada en guetos esté, mejor para el ciudadano común y los gobiernos.


Los planes asistenciales focalizados deberían tener un seguimiento y no prolongarse eternamente, demostrando así su ineficacia. Cuando los planes de emergencia asistencial se transforman en eternos, asistimos a lo que Rodolfo Walsh denominaba ya en 1977 "la miseria planificada".
Los planes universales a su vez, como la Asignación Universal por Hijo y las moratorias jubilatorias, están muy bien y son un gran paso adelante, pero no sacan a las familias de la pobreza crónica porque son montos irrisorios.
La marginalidad se va tornando entonces en marginalidad sistemática. Es lo que denominamos pobreza estructural.



En Argentina ya vamos por la tercera generación de pobres estructurales y en vez de estar saliendo de la pobreza, como están haciendo muchos de los países subdesarrollados (pensemos en Brasil hasta hace poco,  India, China, Sudáfrica) nos estamos hundiendo cada vez más dado que la pobreza infantil es mayor al promedio. Eso quiere decir que no solo prolongaremos la pobreza estructural sino que la ampliaremos, que es lo que hemos hecho con altibajos durante los últimos 40 años. 

Estos pronósticos para los próximos años -de una ampliación de la pobreza estructural, dado lo que se denomina "infantilización de la pobreza"- son aceptados y compartidos por el gobierno por ejemplo en sus proyecciones presupuestarias y en la inversión del dinero de la deuda externa que en algunos casos llega a los 100 próximos años sin que ni un solo peso sea utilizado en achicar la desigualdad social sino por el contrario en ampliarla, con lo cual el problema de la pobreza en el mejor de los casos seguirá intacto.
En el peor de los casos, si el gobierno, por el desmanejo de la deuda externa, choca el país, quién sabe cuánto más se disparará la pobreza.