El laberinto y la ventana

Ramiro Pereira-. El laberinto y la ventana

Lavanderas



 Manuel Langsam-.Actualmente se puede lavar toda la ropa de una casa sin siquiera mojarse las manos.

Es extraordinario el avance que hubo en ese aspecto. Solo hay que tener un lavarropas automático o semiautomático. Estos lavan con agua fría o caliente (a elección). Diferencian el algodón, los  sintéticos, lana, seda o ropa deportiva. Además pueden tener carga autoadaptativa (regula el agua) y sistema de autobalance (acomoda la ropa). Se le agrega un jabón en polvo o líquido que contienen tensioactivos biodegradables, agentes suavizantes, regulador de pH, regulador de espuma, perfume, preservantes, blanqueador óptico y biodegradabilidad máxima. ¿Qué tal?




Tan solo con eso y un tender está solucionado el problema de lavado.
Cargamos el lavarropas, abrimos una canilla, giramos la perilla de inicio y nos olvidamos del lavado.




No siempre fue así. No existía nada de lo que acabo de nombrar. Los elementos necesarios para lavar, eran: un piletón o un fuentón grande de zinc, una tabla de lavar, unos cubitos de “azul”, almidón, un buen pan de jabón y unos tachos o baldes de agua traídos de algún pozo o bomba (que casi siempre quedaba lejos) y, sobre todo, unas manos curtidas y fuertes.


Había que fregar y fregar el jabón contra la tabla de lavar y luego dejar la ropa “en jabón” unas horas para recién después enjuagarla dos o tres veces. En el último enjuague se agregaba el cubito de “azul” para blanqueado. Ni hablar de los inconvenientes si entre una operación y otra llovía o venían días sin sol y la ropa no se podía secar. A veces, en casos necesario, el secado se hacía “a planchazos” con las viejas planchas a carbón…


Eso podía suceder con los guardapolvos escolares. Había clase los sábados, así que al volver ese día de la escuela, de inmediato había que lavar el guardapolvo (teníamos uno solo), para plancharlo el domingo y poder usarlo el lunes. Así que si no llegaba a secarse, había que secarlo a fuerza de
almidón y plancha…

Ese  trabajo de lavado y planchado lo  hacían “las lavanderas”.

Ese era el medio de vida de un grupo  de esforzadas trabajadoras para las cuales esa era su ocupación. Cobraban algo así como UN PESO la docena de ropa.
Ropa grande (como sábanas o toallas de baño), se contaban dos piezas.
 Lo mismo que alguna ropa muy sucia como mamelucos de mecánicos o de pintores.

Cada lavandera tenía su clientela fija y venían a lavar el día ya establecido, así tuvieran que romper la escarcha del agua en invierno o protegerse bajo un árbol en los calores sofocantes del verano.

Recuerdo las lavanderas de Dominguez: Doña Ricarda Espíndola, Doña Pola Leiva, Doña Amalia Insaurralde, Doña Adelaida Acevedo, Doña Magdalena Rodríguez, Doña María Benítez, Doña Julia Torres y Doña Hortensia… Estas dos últimas se especializaban en lavar los guardapolvos de las maestras. Las veíamos pasar los domingos a la tarde entregando a domicilio los guardapolvos llevados en una percha, duros de almidón y de un blanco inmaculado…

Todas ellas desaparecieron con el paso del tiempo y los nuevos modos de lavado. Pero, les deseo brindar la oportunidad que queden sus nombres en este recuerdo para que su paso por la vida no desaparezca totalmente relegado en el olvido.