El finado

Manuel Langsam-. En un campo de Bergara había un peón al que todos llamaban "El Finado” o “El Finadito". ("El Finau", traducido al entrerriano).

La voluntad




Manuel Langsam-. El desafio estaba hecho. Durante todas las vacaciones la mayor parte del tiempo libre lo ocupábamos jugando a la pelota entre nosotros, la barra de siempre.


Entonces fue algo extraordinario que los chicos de San Gregorio nos desafiaran a visitarlos para disputar un partido ahí. El responsable de la idea fue Tito Stilman, que vivía en San Gregorio pero venía muy seguido a Dominguez y se reunía con nosotros. Además, como condimento y para completar el paseo, después del partido, Lito Furman nos esperaba en su casa para comer un cordero que su padre donaría. Así que estaba previsto un día de fiesta completo.


Nuestro entusiasmo no tenía limites. Saldriamos de la rutina de jugar siempre entre nosotros e iríamos a jugar “a otro pueblo”, como lo hacían “los grandes”.
Aunque la distancia entre Domínguez y San Gregorio consiste en unos pocos kilómetros.
Había que encontrar un medio para viajar.

Nadie tenía auto, camioneta ni nada parecido. Así que optamos por tratar de conseguir  que nos facilitaran un carro. Para guiarlo ya habíamos hablado a un amigo unos años mayor, sabía hacerlo y aceptó con la condición que lo invitáramos a participar del asado posterior.


Pero el problema era conseguir el carro.
¿Quién iba a querer prestar uno a un grupo de chicos de 12-13 años?
La responsabilidad era muy grande.

Después de varios intentos frustrados, dimos con una persona que estaba dispuesta a facilitarnos uno, pero, nos dijo, primero vayan a ver si les gusta.
Pensamos que con seguridad nos gustaría, ya que con ello solucionaríamos nuestro problema de traslado. Así que un día nos juntamos para ir a verlo. El hombre nos hizo pasar y nos llevó hasta donde estaba el vehículo.
Véanlo chicos, la voluntad de prestarlo está. Si les sirve, lo llevan.

Con gran curiosidad nos acercamos y ¡el alma se nos vino al suelo!
El carro tenía solo la estructura de los costados y ¡no tenía piso! Mientras tanto, para completar nuestra desazón, el hombre seguía repitiendo: pero la voluntad está. La voluntad está..
Y ahí terminó nuestra ilusión de ir a jugar a San Gregorio.

A pesar de los muchos años transcurridos desde entonces, aún hoy en día nos acordamos de repetir ante un hecho imposible de llevar a cabo pero que se ha intentado: si, pero la voluntad está, la voluntad está…