La violencia revolucionaria



Gonzalo García Garro-. Reflexiones sobre la violencia



Mucho se ha hablado del las organizaciones revolucionarias de la década del 70.
Se las ha demonizado o reivindicado ciegamente.



En relación a esto nos parece importante, mas allá de la posición que tomemos sobre la lucha armada, enmarcar la discusión dentro de unos parámetros políticamente más objetivos, dejando de lado los maniqueísmos y las generalizaciones inapropiadas.

El punto de partida debe ser que todo análisis de la violencia política de los 70 debe partir del conocimiento de que toda una generación nació a la política bajo la violencia antipopular y la vivió continuamente.
Los bombardeos al pueblo el 16 de junio de 1955 en Plaza de Mayo, el sangriento Golpe de septiembre de 1955; las persecuciones y encarcelamientos, el castigo al movimiento del General Valle y los fusilamientos de peronistas en los basurales de José León Suárez; el secuestro y la desaparición de Vallese, el plan represivo Conintes que llenó las cárceles de peronistas, el exilio y la proscripción de Perón, los asesinatos de Mussi, Méndez, Retamal, Bello, Cabral, el Cordobazo, los fusilamientos de revolucionarios en la cárcel de Trelew, etc., etc., formaron la experiencia y la conciencia de muchos jóvenes de esa época.


 La rebeldía a esta opresión asumió, numerosas veces, formas violentas. A muchos le pareció justo responder a la violencia "de arriba", del poder, con la violencia "de abajo", la violencia popular.

La resistencia peronista, las luchas obreras contra el Conintes, el Cordobazo, fueron momentos gloriosos en las batallas de los sectores populares argentinas, que asumieron las formas que le imponían las circunstancias.

El pensamiento "pacifista", especialmente de un sector del radicalismo (quien fue cómplice de todas las dictaduras), margina injustamente a mártires que lucharon por la justicia social con los medios y en las condiciones que les permitía el sistema, cuando los caminos de la democracia real estaban cerrados. Por lo menos para la mayoría peronista.

Para muchos, la lucha violenta cesó con el retorno del General Perón a la Patria, cuando el peronismo llegó al gobierno en 1973. Muchos otros siguieron avalando el uso de la fuerza y algunos pocos la ejercieron: idolatraron la violencia y equivocaron los medios tal vez.
Luego, con Perón muerto, con las torturas, los secuestros y muertes en aumento por el accionar del Terrorismo de Estado, algunos más se sumaron, en especial los más jóvenes. Para entonces los límites se volvieron borrosos y las posibilidades de optar o desistir fueron más difíciles. Para muchos fue la lucha o el exilio.


Esta circunstancia le sirvió a los represores genocidas para incluir a toda una generación que propugnaba cambios en la sociedad como los sospechosos de ser guerrilleros. Y actuaron como sostenía el dictador Videla:

"Si es preciso en la Argentina deberán morir todas las personas que sean necesarias para lograr la seguridad del país". 

No hubo errores ni excesos…

El General Ibérico Saint Jean, Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, en mayo de 1977 decía:

"Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos". 

No hubo "errores" ni "excesos", sino un plan de genocidio deliberado, y contradictoriamente a lo que surge de la leyenda de la "guerra sucia", no fueron muchos los que actuaron en la lucha armada.

En la Argentina no hubo, ni cerca, 30.000 guerrilleros. La cantidad la inventaron quienes querían justificar 30.000 muertes.
Hubo sí, 30.000 luchadores sociales desaparecidos, barridos por la represión, de todos los sectores políticos revolucionarios.

La inmensa mayoría de las víctimas fueron jóvenes, la mayoría fueron cuadros y militantes de la clase trabajadora, la inmensa mayoría fueron peronistas.