La pobreza no es solo un número




Joakito-. Detrás de los números, hay personas. Esas personas de carne y hueso son las que sufren la pobreza. La falta de empatía del resto de la sociedad también es parte del problema. Así como la falta de instrumentos para que mucha gente suelta, con ganas de ayudar, pueda canalizar su energía solidaria, es algo que el Estado todavía tiene como tarea pendiente.




Cada noticia sobre el aumento de la canasta básica, la suba de un punto de pobreza o de desocupación, así como su eventual baja (desde escalones altísimos) hablan de promedios, pero detrás de esos números se esconden personas de carne y hueso que sufren día a día penurias que la mayoría de las personas desconocen en su dimensión humana, sus sufrimientos concretos y específicos. Si las conocieran, seguramente matizarían sus opiniones a menudo discriminatorias y en otros casos, insensibles, indiferentes o demagógicas. Los medios de comunicación juegan en esto un rol fundamental, porque los pobres solo son noticia como número o cuando protestan o son parte de la crónica policial negra, que con el actual amarillismo de los medios, es lo mismo que decir la crónica diaria completa.
No se trata sólo de medir la suerte de un gobierno, de éste o de cualquier otro signo político. No es ético que la oposición o quienes asumimos que no coincidimos con el rumbo ideológico del gobierno nacional, festejemos la suba imparable de la canasta básica de alimentos. Eso aleja a las personas del mínimo presupuesto ético y moral que nos debemos como sociedad.


Por supuesto que las cifras estadísticas son valiosas. Sin ellas no comprenderíamos la magnitud del problema y por lo tanto no tomaríamos consciencia ni tendríamos las herramientas más sofisticadas posibles para abordar la necesaria discusión sobre cómo salir del flagelo de la pobreza.
Por fuera de esta obviedad, que sin embargo no se debe dejar de subrayar, hay que remarcar también una cierta frialdad y acostumbramiento a que una gran cantidad de argentinos y entrerrianos estén bajo la línea de pobreza, otros estén colgando en la línea de flotación y una parte, al revés, ya esté hundida en la indigencia. De hecho, cuando a veces la pobreza baja uno o dos puntos, nos olvidamos que es gente que no deja de estar en el umbral de pobreza estadística, que su vida promedio subió un poco de calidad, pero está lejos de dejar de padecer la mayoría de los sufrimientos contiguos a la pobreza.



Si pudiéramos sentir mayor empatía con los hermanos y hermanas que sufren la pobreza y conocer las causas y los padecimientos contínuos, cómo los afecta esta cuestión psicológicamente y cómo nos afecta a todos socialmente, seguramente nuestra mirada sería más compasiva. Y exigiríamos a los gobiernos de todos los signos políticos mayores energías en el combate a la pobreza. Así como la necesaria medición científica de los avances y retrocesos de los programas sociales en marcha. Para mejorarlos. En beneficio de los menos favorecidos. No para ir con una tijera en nombre de la austeridad fiscal a joderles la vida a quienes más sufren. Ya el mero hecho de instalar esas agendas tan crueles socialmente, es un daño psicológico adicional que seguramente quienes los promueven no son ni mínimamente conscientes del daño que hacen. Si lo supieran, excepto que sean psicópatas (y sí, algunos inevitablemente lo son, pero no la mayoría) revisarían sus concepciones.

La pobreza es un fenómeno complejo. De múltiples aristas. Pero tiene también un común denominador. 
Por lo tanto, debe abordarse con planes universales y a la vez con planes enfocados a distintos grupos.
A la vez, es fundamental involucrar a muchos sectores de la comunidad. Hay ya instituciones, por fuera de lo estrictamente estatal, trabajando en este sentido, como algunas iglesias, los movimientos sociales, algunos sindicatos, ONGs y hasta organismos internacionales.
Hay también mucha gente que está en condiciones de ayudar y quiere hacerlo pero no encuentra la manera.
El Estado, no solo los gobiernos, que en última instancia vienen y van y acá se necesitan Políticas de Estado, debería tener programas de movilización de esa fuerza social solidaria que por fuera de los partidos y las instituciones existentes, o junto a ellas, quieren colaborar. Para canalizar todas las energías disponibles hacia este objetivo. Y a la vez contagiar a la mayor parte de la sociedad posible, con un efecto multiplicador y duradero, de la necesidad de tomar consciencia sobre esta problemática social que nos afecta  A TODOS.