El laberinto y la ventana

Ramiro Pereira-. El laberinto y la ventana

"La mujer prostituta, el marido haragán e imbécil"



Sara Elena Bruchez De Macchi-. Las peripecias de unos colonos llegados a San José y las crudas y ásperas descripciones de Alejo Peyret sobre algunos de ellos.


No todos los pobladores que llegaron a San José eran agricultores. La gran mayoría poseía
un oficio anejo que, como en el caso de albañiles, maquinistas, herreros o panaderos,
eran imprescindibles para una colonia en formación. Pero no ocurría lo mismo con otros
como cazadores de gamuza, encuadernadores, decoradores o relojeros. Era muy abundante la presencia de estos últimos; bástenos decir que en la novena expedición compuesta por 46
jefes de familia sólo 17 declararon su ocupación y coincidentemente todos eran relojeros.


Muchos fracasaron como agricultores, algunos porque preferían trabajar en sus oficios,
otros porque eran solteros o porque venían engañados. Por ello transfirieron sus derechos y
abandonaron el lugar para radicarse en las poblaciones más cercanas como Uruguay y Paysandú
o fueron a buscar trabajo al Saladero Santa Cándida, propiedad del General Urquiza.


El artículo 7° del contrato estipulaba la obligación de los colonos de permanecer en el establecimiento, de ahí que Alejo Peyret diera cuenta de algunos abandonos que se autorizaron
en beneficio de la colonia:

“...La familia A. H...., alemana. la peor que hayamos tenido, que no quería firmar
el contrato al principio... nunca hizo nada. La mujer era una prostituta, el marido
un haragán y un imbécil. Sin embargo la soporté hasta que se presentó una nueva
familia, alemana también, la familia H... que ofreció sustituirse en lugar de A.
H...., aceptando todas las deudas, y siendo reconocida su laboriosidad fue aceptada.
Salió A. H.... al Uruguay o al Saladero Santa Cándida con su familia. G.
M..., alemán también. Este hombre no era labrador de su oficio, sin embargo regular
trabajador, pero sin fuerza física encontró también dos sustituyentes que
fueron aceptados, porque habían trabajado ya en la Colonia.
A. P..., soltero, agregado a una familia de cinco adultos. Tenía una quinta parte que
vendió a una familia piamontesa, porque siendo solo no podía cuidar bien su casa.
C. G.., familia que no servía para la labranza... salió para el Uruguay...”
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Continúa Peyret con la cita de otros casos similares y luego hace alusión a dos familias
que manifestaron haber venido engañadas pues tenían sus pasaportes para América del Norte
“y venían a parar a este último rincón del mundo, en un desierto”. Como uno era panadero
y el otro había trabajado en manufactura de la seda dejaron la colonia para ir a trabajar a
la ciudad, aunque descontamos que el último haya podido hacerlo en su especialidad.



Los inescrupulosos agentes de inmigración que veían el negocio lucrativo del enganche
con descuido del aspecto humanitario de la empresa cometían toda suerte de abusos y no vacilaban en engañar a los incautos quienes recién al llegar a destino advertían la estafa de que habían sido víctimas.
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