La isla sueca



Daniela Sánchez y Lucas Carrasco-. Hay una isla, dentro del archipiélago sueco. Dentro de esa isla, un agujero por el que cabe sin problemas una persona o dos abrazadas. El hoyo es profundo, hecho sobre la roca. Al caer, hay un túnel. Sobre ese túnel se encuentra un cadáver. Está allí desde hace 25 años.




Resulta ser el principal sospechoso de un múltiple asesinato ocurrido hace 25 años atrás. Su familia: el padre, la madre, una hermanita. Él fue el principal sospechoso. Lo vieron huir de la casa en la isla, en un auto hacia el ferry, de ahí a la ciudad. Vació la cuenta bancaria familiar (en ese entonces no había cajeros automáticos, así que fue a la sucursal bancaria) y partió rumbo a Alemania Oriental, en poder de los soviéticos. Nunca más lo encontraron.
Resulta que no pudo ser el asesino de su familia porque, 25 años después, encuentran el cadaver. Murió el mismo día que su familia, asesinado con el mismo cuchillo.

Un psicólogo  forense habla de literatura en un muelle con un novio condescendiente que le lleva la silla de ruedas. Un viejo policía entra a escena. Le saca la silla de ruedas, pasea al psicólogo, le explica lo del cadáver. El psicólogo se levanta de su silla de ruedas, camina nervioso, decide sumarse a la investigación. Parten en un barco -en el que vivirán mientras dure la investigación: dos semanas, el plazo que tienen para que la causa no prescriba- junto a una policía embarazada de ocho meses y una forense, a punto de jubilarse, que tiene que llevar a su marido (también forense) para administrarle morfina porque tiene un cáncer terminal.
La principal testigo de la causa es una señor cieg de nacimiento que aún vive, 25 años después, en la misma isla. Y hay un cura, un cantinero, un encargado del puerto. La serie gira en torno a esos personajes y ese misterio policial.

¿Y las torturas para sacar información? ¿Y los tiroteos? ¿Y las casas desvalijadas, los escraches mediáticos, las familias arruinadas por daños colaterales? ¿Dónde está la gracia si no hay todo eso? Ni siquiera hay escenas de pornografía, encajadas en el guión sin ningún sentido. Ni chicas lindas hay. Ni hombres jóvenes. Ni sirenas de fondo ni imágenes desde el cielo mostrando rascacielos.



Uno se acostumbra a que las series sean un Tratado de Violación a los Derechos Humanos, un compendio de las bajezas policiales y del control social disciplinario como algo positivo. Que los malos sean los malos y los buenos sean los buenos. Y que identifiquemos el rol que cada uno juega de manera clara y de entrada, a los 8 minutos, para que luego venga la previsible catarata de traiciones, juegos de poder miserables y la destrucción de todo lo que se toque con el fin de "llegar a la verdad". Lo cual significa un policía extorsionando a algún delincuente para que quede libre a cambio de delatar a otro.

Ni siquiera explotan coches. Ni tienen giros previsibles. Ni es fácil detectar la fórmula del guión. Ni tienen diálogos estúpidos para la comprensión de chicos de jardín de infantes. Ni enseñanasas morales obvias, algo idiotas pero políticamente tranquilizador para sociólogos progres. Ni condescendencia ni piedad. Ni crueldad ni piedad. la piedad tiene sentido en un marco de crueldad: sin crueldad no hay piedad. No hay marco de sentido.

El ser humano no es un animal de costumbres. Pero el televidente, en caso de que sea un ser humano sí lo es. Un ser humano suspende su distinción como especia, su singularidad, en el momento que pasa a ser televidente. En ese momento es un simple animal. Sin capacidad motora. Con el mismo coeficiente intelectual de un animal avanzado, como un perro, por ejemplo. Por eso hay que utilizar los primeros minutos en contar lo que sucedió en el capítulo anterior. Contarlo en dos minutos. Lo que sucedió en el capítulo anterior, que duró 50 minutos (¿para qué fueron los otros 48 minutos restantes? ¿No estarían sobrando, che?)



La TV y el cine multitarget (que arrasan en audiencia y espectadores, pero jamás ganan un puto premio, por ser demasiado exitosas y cursis) están en vías de extinción. Porque ya no hay tres o cuatro canales "de aire" y 70 canales de cable. Hoy, gracias a las nuevas tecnologías, uno puede ver miles y miles de canales y miles y miles de producciones audiovisuales que no se pasarán en ningún canal ni en ningún cine, pero son más vistas que las grandes películas de la historia de la humanidad.
Esto ha llevado a que en todos los países haya un esfuerzo por hacer series iguales a las yanquis, para enganchar un público global, ya entrenado en el acto de comportarse como un idiota.
Casi toda la basura nórdica tiene esa coartada, esa clave de lectura. Es un yanquilismo un poquito menos infantil. Pero no deja de ser un yanquilismo para gente con secundaria completa.



Antes de esa ola globalizadora, la TV estatal sueca hacía producciones de bajísimo costo y, hay que decirlo, dudosa calidad. Como la serie de la isla que contamos al principio. Pero con guiones dignos, y en algunos casos, sublimes.
Si se piensa bien el asunto, fue la literatura negra sueca la que irrumpió en todo occidente y luego, como consecuencia de ese hervor literario, vinieron las series.
Pero por fuera de los escritores ya casi canónicos de Suecia, en la zona de Escandinavia hay una camada anterior, que es la creó las claves de lectura de la actual basura nórdica televisiva, que son remakes de aquella camada de escritores y series de los ochenta, remakes con mayor presupuesto, mayor cuidado fotográfico y mayor calidad en los actores. Además de la temporalidad copiada del yanquilismo infantil, cuya hegemonía cultural se expandió gracias a las nuevas tecnologías. Hoy se pueden ver yanquileadas hechas en Argentina, Alemania, Francia, Europa del Este, todas patrocinadas por los canales yanquis, pero con el toque de exotismo local. En clave global. Lo cual significa, en clave de la cultura hegemónica yanqui.
Todo bien, hay algunas cosas buenas. Y cientos y miles de copias de eso que alguna vez fue bueno.