Historia del chico que nunca pudo jugar a la pelota



Manuel Langsam-. Nunca pudo ir a la escuela. Nunca pudo venir a jugar al fútbol con nosotros.


 Tuvo una infancia muy atípica Felipe.
Lo crió su abuelo (al menos él lo llamaba abuelo), que se apellidaba Farías. Vivían en un rancho miserable en las afueras del pueblo y, cuando aun Felipe era muy chico, Don Farías quedó totalmente ciego y sin ningún tipo de recurso para el sustento de ambos, y ahí empezó su vida de lazarillo. Todos los días salían a mendigar comida o algunas monedas por las casas de Domínguez. Y se convirtieron en visitas habituales entre los vecinos: el viejito ciego, con un palo de escoba en una mano que le servía como bastón, y un chico en la otra mano que era su guía, e iba pidiendo “una limosnita para el ciego”… De esas limosnas vivían, sobras de comidas, alguna ropa en desuso, tal vez unas monedas era lo que recogían en sus caminatas diarias.

Por eso nunca pudo ir a la escuela y nunca pudo salir a jugar como habitualmente lo hace cualquier chico de pueblo a esa edad.





Un día no aparecieron más por las casas de Domínguez.
No se cómo lo hicieron, pero se tomaron el tren y se fueron a Buenos Aires. Les habían dicho que allí los podrían ayudar. Llegaron a Lacroze. ¿Quién los oriento? ¿Cómo se desplazaron por la Capital? Nadie me lo pudo aclarar. El hecho es que pudieron llegar a su objetivo: la Fundación Eva Perón. Y, aunque parezca increíble, fueron recibidos por la misma Eva Perón, ante quién  plantearon su situación. Y ahí se dio el gran vuelco de sus vidas.



Don Farías  recibió la promesa  de una pensión de por vida y Felipe un nombramiento como mensajero para el correo de Domínguez. También la promesa de la construcción de una vivienda y su amoblamiento.

Se volvieron. A los pocos días llegó la orden a la Municipalidad de Domínguez de construir una casita en el lugar en que estaba el rancho en que vivían y que, al estar terminada, se completó con la llegada en tren desde Buenos Aires de todos los muebles y elementos necesarios para ser habitada.
También Don Farías comenzó a recibir puntualmente su pensión.

Mientras tanto, Felipe se presentó en el correo con su nombramiento y, a pesar de ser analfabeto total, se hizo cargo del empleo.

El Jefe de Correos, un Sr. Cardozo,  le hizo comprar un cuaderno cuadriculado, lo sentó a su lado en su escritorio y se tomó la tarea de enseñarle a leer y escribir.
Felipe se pasaba las horas inclinado sobre su cuaderno luchando por aprender el alfabeto.

Al año, con esfuerzo, podía leer y escribir algo.

Siguió en su empeñoso aprendizaje y fue un triunfo cuando pudo leer en los sobres los nombres y direcciones de los destinatarios de los telegramas y cartas.
Con el tiempo, pasó de mensajero a cartero.

Terminada su tarea de clasificación y reparto de la correspondencia, fuera de horario, se quedaba en el correo atraído  por lo que desde el primer día llamo su atención: el telégrafo. Lo fascinaban los golpecitos  que se usaban para transmitir y recibir mensajes, ¿Cómo esos ruiditos acompasados podían formar palabras que el telegrafista transformaba en escritura, o conviertiendo las letras en sonidos del código Morse, dando lugar a los telegramas que se recepcionaban a kilómetros de distancia?
En esa época el telegrafista era Adolfo Rodríguez, quien viendo el interés de Felipe, empezó a enseñarle los secretos del oficio.
Horas y horas se pasó como alumno con un manipulador manual tratando de aprender los golpecitos que daban lugar a la formación de los puntos y rayas del Morse. O sentado al lado de Rodríguez para hacer su oído a la recepción de esos golpes que representaban palabras.

Y así como con gran esfuerzo aprendió a leer y escribir, también aprendió a descifrar el código Morse y con el se despertó su verdadera vocación.
Y siguió afinando su oído y agilizando sus dedos para perfeccionarse como telegrafista.
Seguía con su trabajo de cartero, pero en todo momento libre se sentaba al lado del telegrafista Rodríguez.


 En unos años llegó a dominar los secretos de la profesión. Y cuando se presentó una vacante en Concordia, pidió el puesto, rindió una prueba y fue aceptado como telegrafista titular. Para ese entonces su abuelo Farías ya había fallecido, nada lo ataba a Domínguez y fue a radicarse a Concordia.

Ya no volvió al pueblo. Los datos que siguen los fui conociendo por entrevistas a sus compañeros de trabajo de entonces.

De Concordia se fue a Mercedes (Pcia. de Buenos Aires) como Jefe de Correos y posteriormente lo trasladaron  a Santa Fe, ya como Jefe de Distrito, puesto en el que se desempeñó con gran eficiencia hasta su jubilación.

La última noticia que tuve de el, es que vive en Santa Fe y sigue activo trabajando en la parte gremial.


Una reflexión final: ¡Que potencial encierra en sí el ser humano! 

Felipe, destinado a pasar una vida miserable dentro de su ignorancia, tuvo una oportunidad y con esfuerzo y dedicación pudo desarrollar la capacidad que en el existía. No creo que sea una casualidad. Lo que sí creo es que en esa época estaba arraigada la idea de que la mejora en las condiciones de vida era una consecuencia de la dedicación al estudio y al trabajo honesto.