Estrategia

Yamandú Rodríguez-. Los Kennedy






Ocupan el centro de un rectángulo.
Al Oeste, sobre la margen del río hay tropas de marina apoyadas por lanchones artillados.
En el Norte y Este han sido reforzadas las guardias.
El enemigo presume que los Kennedy buscarán primero, las islas. Luego, si fracasan, un paso por le Norte y después, salida al Naciente. Estos deben ser sus tres primeros movimientos. Así lo aconseja el instinto. Presupuesto el ataque prepara la defensa: cierra con doble llave esos tres frentes. Sólo descuida un lado: el Sur. Los revolucionarios no pueden intentar nada por allí. Correrán a lo largo del cerco buscando sus querencias.
El Sur es su peor enemigo. Allí está “La Paz” en espera del desquite. Por sus caminos avanzan las legiones. Sus vientos traen los pájaros roncos que han herido el quebrachal. Ese frente no necesita guardianes. Se defiende solo. Es la barrera más ancha; llega desde la orilla del monte hasta Buenos Aires.
Mario Kennedy estudia el plan. Sigue el razonamiento del Comando enemigo. Presume en el Sur menos resistencia. Allí no son esperados. Pueden sorprender. Entonces, es de todo punto inteligente, abrir paso por allí. Consulta a los hermanos. Acuerdo...
Y Mario pasa vanguardia. Es el guía. Observador. Tranquilo por naturaleza y andariego por fina intuición de su destino, conoce el terreno palmo a palmo. Su memoria, corre como un dedo sobre el croquis oficial; la ruta prohibida. Ha de tomar el margen de los callejones, eludir las picadas, avanzar orillando huellas sin estampar las propias, establecer el rumbo en la oscuridad de una noche llena de fantasmas. Fiar al instinto, problemas que la razón no resuelve: ser “bicho”: Enseguida, presentar al campero nudos que el maturrango corta y el criollo desata: ser gaucho. Más tarde, aplicando conocimientos de astronomía, encender un astro e iluminar el punto donde su zorro y su rumbeador se pierden: ser docto.
No pueden avanzar por el carril que siempre ayuda a caminar. Desde la huella, las cosas presentan al viajero sus caras conocidas. Hablan, previenen, recuerdan; este árbol manda memorias la “cañadón” vecino; el vado asocia sus arrugas con las del tal barranca próxima...
Kennedy tiene que evitar a esos amigos. Y a la vez, debe reconcerles, con solo vislumbrar sus espaldas, el borrón de la noche. Entre su antena y estas voces conocidas, correrá siempre a una nube traslúcida. Cortina gastada que muestra la urdimbre, cerrazón ... En esa tela de araña, la confusión espera al silencio. A la primer duda del guía, salta y le envuelve en su madeja de senderos, callejones, alambrados... se opera el maleficio; corre el Norte al Oeste, eucaliptus enanos rondan como gnomos. En el lugar que ocupaba tal población, ahora parece el horno panzudo que abre la boca y ríe; pues sabe que a pocos metros de los perdidos, un grupo de soldados atisba.
Se internan en el pajonal.
Alcanzan el bañado. Necesitan saciar la sed de todo un día. Fueron horneados durante diez horas y absorbieron calor de sol y de metralla, con la llama motiva ardiendo en sus espíritus.
Beben ansiosamente. Colman una damajuana.
Mario carga con el agua, su Winchester y la ruta. Detrás, camina Roberto con la bolsa de los comestibles, dos armas y un poncho.
Eduardo cierra la marcha. Soporta un maletín con quinientos proyectiles.