El show de la pija



Daniela Sánchez-. Un delirio llamado American Vandal.


Pensé que iba a ver la clásica serie de adolescentes estaounidenses que me remontan a mi adolescencia, no porque haya sido parecida sino porque las miraba. Las escuelas entrerrianas no tienen nada que ver con las escuelas de Estados Unidos que se muestran en las series. Ni en la calidad educativa, como desventaja para nosotros, ni en su violencia, agresividad y discriminación como ventaja para nosotros, los entrerrianos y, según creo, los argentinos en general.



La serie arranca como una especie de comedia y pronto va girando hacia una historia de misterio policial. Es increíble cómo combina elementos clásicos de la literatura policial de misterio con las nuevas redes sociales. A su vez, es magnífico cómo se las ingenian para parodiar, a través de un falso documental, a los programas de TV sobre "historias reales" que combinan "dramatizaciones de los hechos", primeros planos de documental, la voz en off del realizador del documental y técnicas del show business.

La historia es relativamente sencilla, en un principio y luego se va volviendo más y más compleja.
27 autos aparecen con una pija pintada con aerosol en el estacionamiento de los profesores de un colegio.
La junta educativa realiza una especie de juicio y expulsa en dos semanas a un alumno. Un alumno particularmente estúpido, al que la prensa local ya denomina como "Vándalo Americano".
Dos estudiantes deciden realizar un documental para intentar descubrir al verdadero culpable.
El documental va siendo subido online por partes, generando todo tipo de reacciones dado que ventila secretos, mentiras, chantajes, torpezas, infidelidades tanto de profesores como de alumnos. En definitiva, llenar de mierda a los lectores.   Darles lo que buscan. Bajo la lógica amarillista pero con tono grave de periodismo de investigación, que en Entre Ríos sí conocemos bien. Toda la serie gira en torno al morbo que estos adolescentes despiertan en el resto de la sociedad. Para lo cual se necesitan historias sexuales, reales o inventadas, villanos adultos con supuesto poder conspirador, en fin, el cóctel común de cualquiera de las historias semanales con gente capaz de hacer cualquier cosa, contar cualquier cosa aunque sea denigrante para sí misma, con tal de salir en los medios o tener más seguidores en las redes sociales.
Con su correlato judicial, aunque tanto en la serie como en la realidad, es apenas una excusa para darse pátinas de seriedad al relato morboso. En el camino se destruyen las vidas de cada uno de los implicados en la serie, aunque no hayan tenido nada que ver con los sucesos. Y por más pueriles que sean los sucesos investigados con todas las técnicas del policial procedimental.

Las coartadas, las historias colaterales, en fin, que todo, absolutamente todo en American Vandal está cruzado por lo escatológico, el morbo, la idiotez. Cuanto más procaz, mejor.



Un material que toma a los adolescentes como lo que son, a la par que muestra como la sociedad quiere que sean.
Una no para de reírse en ningún momento. Sobre todo, por el tono de sátira inglesa que la rodea. Los ingleses no solo inventaron la novela policial de misterio sino también su sátira, especialmente en el ambiente del teatro. Ambos géneros han recorrido el mundo. Si le agregamos la telebasura yanqui y el modelo de cineasta de los Estados Unidos donde el director es el guionista y conductor/locutor, tenemos el cóctel armado. Falta el amarillismo morboso que probablemente también sea un género propio de los Estados Unidos, hoy de moda en todo el mundo.

Lo bizarro del crimen investigado, más allá de que los daños estimados por la Justicia bordean los 100.000 dólares aunque luego se descubre que hay algunas estafas en el medio, hace que se note más lo obvio: la historia en sí no es lo importante, lo importante son todas las historias colaterales, tengan o no que ver, que rebelen o directamente inventen amoríos entre profesores y estudiantes, entre estudiantes y compañeros de escuela, etc.

Los adolescentes se mueven con agilidad en ese mundo. Lo comprenden a la perfección. Dan lo que los espectadores del falso documental esperan de ellos, siempre y cuando les convenga en cualquiera de sus jugadas estrtégicas, casi de ajedrez, por objetivos pueriles como ya dijimos: salir en los medios o tener más seguidores en las redes sociales.
Esta visión descarnada pero más realista de los jóvenes se contrapone a lo que la sociedad adulta espera de ellos. A las idealizaciones que hacen sus padres. A la hipocresía de los medios.
Todos bailan al ritmo que se espera de ellos, sacando su tajada. Aunque todos terminan, en mayor o menor medida, arruinados.

¿Suena conocido este cóctel?
Sí. Pero hasta ahora nadie lo había puesto en una serie de manera tan descarnada, sin que el espectador deje de reírse en todo momento.