El laberinto y la ventana

Ramiro Pereira-. El laberinto y la ventana

De oído

 Manuel Langsam-. La historia de Hilario Cardozo, el cuidador analfabeto del Cementerio Israelita.



“La imaginación y la fidelidad a la verdad no tienen                                                                              por que ser términos opuestos”  (Juan Forn)



Ya era un hombre grande. Tenía alrededor de 60 años y seguía en el mismo trabajo que había tomado cuando contaba poco más de 20. Hilario Cardozo era el cuidador del cementerio israelita de la colonia. La comisión le había construido una casita en los fondos del predio y ahí se estableció.

Primero solo, después con su familia y finalmente con su mujer ya que sus hijos marcharon buscando otros rumbos.

Su trabajo  no se limitaba solo al de cuidador. Mantenía el lugar muy ordenado prestándole especial cuidado a la forestación, las plantas, la limpieza de los caminos entre las tumbas y bien conservadas las placas y los floreros.

Casi analfabeto solo conocía rudimentos de lectura y escritura, pero identificaba todas las sepulturas por su ubicación haciendo abstracción de la inscripción del nombre. Y casi no hablaba. Muy callado. Solo se le conocían respuestas con monosílabos. Pero si alguien le encargaba un trabajo, como fijar una placa, renovar flores, pulir algún bronce, escuchaba, asentía con la cabeza y para la próxima visita el familiar encontraba su pedido realizado. Si alguna propina le dejaban, agradecía.

También era el encargado de cavar las fosas para los entierros. Cuando esto sucedía, la preparaba la tarde anterior y al día siguiente se paraba respetuosamente al costado de la tumba, detrás de los familiares y le alcanzaba el libro de rezos al oficiante. Para esa ocasión se vestía con sus mejores ropas y esperaba que termine la ceremonia para proceder a cubrir la tumba con tierra.


En un caluroso día de verano, los familiares del difunto habían dispuesto que la oración fúnebre fuera dicha por el hijo mayor.
Cardozo le alcanzó el viejo y ajado libro y el muchacho empezó a buscar la página en la que figuraba el rezo. El sol ya caía a plomo, el hijo no localizaba la página y la gente se empezaba a poner molesta por el calor.

Entonces Cardozo interrumpió su habitual segundo plano, se adelantó, pidió el libro, en un momento lo abrió en la página correspondiente, se lo puso en la mano del que debía rezar y con el dedo índice con leves golpecitos sobre la línea le marcó donde comenzar, diciéndole: "Lea acá ,m’hijo, donde dice EL MALE RAJAMIN SHOJEN MROMIN, HAMTZE MENUJA".
¡¡Con los años se había aprendido de oído el rezo en hebreo!! ¡Y nunca dijo nada hasta que realmente hizo falta!