Amor fraternal



Manuel Langsam-.


Cuando estaba cursando el quinto y último año de mi carrera, entré como Ayudante Técnico del Hospital de Clínicas de la Facultad. Era un puesto muy deseado ya que además de estar bien rentado, nos daba la oportunidad de ir practicando la futura profesión atendiendo los numerosos casos que se presentaban a diario en los consultorios y guiados por profesionales muy capaces.

En una oportunidad en que estaba  en la guardia, me llama por teléfono el profesor titular de la cátedra de clínica de pequeños, el Dr. Schiffo, un profesional de mucho prestigio en todo el nordeste, que tenía a su cargo la sanidad de gran cantidad de explotaciones ganaderas. También tenía una clínica privada en la ciudad, dedicada a la atención de pequeños animales.
Me dice que  está a punto de viajar al interior de la provincia y me pide que vaya a hacer un domicilio para ver una gata perteneciente a una antigua clienta suya, por lo que me recomendaba especial consideración. Me dio el apellido y la dirección de una señorita de una tradicional familia correntina, propietaria además de una gran estancia. El pedido del doctor consistía en que fuera a ver de qué se trataba el caso y, si podía, solucionarlo. De lo contrario le hablara a la noche a su casa que él iría al día siguiente.


Tomé el botiquín, subí a mi bicicleta y fui a cumplir con el pedido.
Llegué a una imponente casa situada en el centro de la ciudad y, al identificarme, una de las tantas criadas que vivían allí, me hizo pasar. Enseguida apareció la señorita propietaria. De entrada  nomás, me di cuenta que, al verme venir en bicicleta, ya no le causé la mejor impresión.


Describo a la señorita:
De unos 60 a 65 años de edad, alta, delgada, pelo oscuro peinado tirante hacia atrás y terminado en rodete. Vestida con ropas oscuras, pollera por debajo de las rodillas, blusa de mangas largas prendidas en los puños y abotonada hasta el cuello, medias oscuras y zapatos de cuero, cerrados y de tacón ancho.


Enterada de la razón por la que el Dr. Schiffo me había enviado a mí, mandó a la criada a buscar la gata.
Mientras tanto le pregunté qué síntomas había advertido para pedir la asistencia. Me dice que su gata, por lo general muy cariñosa, había comenzado a eludirla, se negaba a comer y buscaba refugiarse en lugares alejados y oscuros.

Cuando la trajeron, con solo ver su abdomen y con los síntomas descriptos, me di cuenta de qué se trataba. Pero, para no ser superficial en el diagnóstico, me dediqué a auscultarla, palparla y tomarle la temperatura.

Luego le dije:
Señorita, nada para preocuparse. Su gata está preñada y antes de las 48 horas va a tener sus crías. Déjela tranquila, que ella misma se va a elegir un lugar para parir.
Me miró muy asombrada y dijo:
Lo que  ud. asegura es totalmente imposible. Esa gata jamás ha salido de la casa y, como se habrá dado cuenta, acá no entran gatos extraños ¡faltaría más!!...
Siendo así no le encontré una explicación lógica, pero estaba seguro que, con algo de espera, me daría la razón. En consideración a quien me había enviado no entré en discusión, junté mis cosas, me despedí y la criada me acompañó hacia la salida y… ¿que veo al cruzar la recepción?  ¡Un inmenso gato estirado en todo su largo y durmiendo muy cómodo en uno de los sillones…!

Iba a seguir de largo, pero quise darme una pequeña satisfacción, ya que eso apoyaba mi diagnóstico. Volví y le dije:
Señorita ¿y ese gato que está durmiendo en la recepción? Ese debe ser el culpable.
Me miró como si fuera un insecto y me contestó indignada:

¡Que venga el Dr. Schiffo! ¡Ud. no sabe nada! Como va a ser eso posible, si esos gatos son hermanos!!!...