Un extraño visitante

 Manuel Langsam-.En las horas muertas del verano (que eran casi todas) solíamos andar “los gurises de Domínguez” por las calles del pueblo, sin rumbo fijo, simplemente para vagar, sin ocupación alguna en las vacaciones y solo volvíamos a nuestras casas a la hora de la comida o para dormir.





En el pueblo “la calle del centro”  tenía mucho movimiento comercial, gente que se desplazaba para concurrir a los negocios y carros y sulkys de los habitantes de las colonias vecinas que venían a la cooperativa, al banco, al hospital, farmacia u otra necesidad.
Si encontrábamos a otros chicos en cualquier baldío jugando al fútbol, ya surgía el desafío y se armaba un partido.
Pero el lugar preferido de concurrencia era sin duda la estación del ferrocarril a la hora  en que tenía que parar el tren hacia o desde Buenos Aires. Ahí te ponías al tanto de quien llegaba o quien se iba a la capital.
En una de esas visitas a la estación vimos bajar del tren que venía de Buenos Aires y ante el asombro de todos los chicos, al personaje mas raro que habíamos visto hasta entonces: un hombre de mediana edad, alto, con una tupida  barba oscura, largos rizos que le bajaban por debajo del sombrero de anchas alas y hacia ambos lados de la cara, saco negro largo casi hasta las rodillas y totalmente prendido a pesar del calor de enero, zapatos, medias (todo negro), una valija en cada mano y empezó a caminar decidido por el largo caminito que unía la estación con el pueblo.
Era un rabino ortodoxo que venía dar charlas a la numerosa comunidad dominguense, pero eso nosotros no lo sabíamos.
El caminaba y nosotros detrás, a escasa distancia, curiosos por saber el destino final de tan curioso personaje.



El hombre no nos dio ninguna importancia al principio pero, a medida que seguía su camino y nosotros pegados a él, empezó a molestarse. Hasta que cansado del acoso, se dio vuelta y encarándonos, dijo: ¡Que pasa! ¡Por qué me siguen! ¡Acaso nunca vieron un porteño!!