Tibio y onírico

Ezequiel Gauto-.







ONÍRICO.-

Me calcé mis ajadas botas marrones y a ritmo de domingo comencé a caminar por mis veredas vírgenes de baldosas. El rumor del calor, los pasillos y los pintas de mi barrio ya no eran tales. Ni calle, ni barrio, ni yo. Nada. ¿Qué onda?-pensé mientras me rascaba la cabeza-. Apagón. Volví en (no) mi, y casi inmediatamente comencé a vomitar barriletes, polleras, amigos y rosas. Todo tenía olor a tierra mojada.

Me desperté transpirado a pesar de estar en cueros tirado en la cama. Atiné a manotear el velador. Lo encontré, pero no encendió. No hay luz. Estoy en mi barrio otra vez. Suspiré aliviado y pensé en Ella.-




EL BORRACHO.-

Certero disparo que se metió entre mi pecho y mi testa, rozó un cutre beso desamorado que posaba olvidado en mis labios y al fin descansó parco en una herida vieja aún cerrándose. El borracho se reía de mi suerte mientras me rastreaba dos guitas del bolsillo de mi camisa ensangrentada y convidaba una vuelta más de hielo para todos sus demonios con el sucio botín de onda. Lo escuché alejarse entonando una suerte de canción que la borrachera confundió con un lamento de cuna. A mi velorio vinieron todos menos vos, faltaste con aviso y sin justificación. Yo te había invitado, cortesías son cortesías.-





VOS.-

Cuando sea libre de verdad quiero ser como vos. Caigo en la cuenta de que la vida es una sucesión de tus ojos llenos de chocolates y caramelos. Quiero susurrarte al ombligo -y a modo de secreto- que hago fuerzas para soñarte todo el tiempo, y que cuando despierto de esa fantasía te busco en cada rincón de mi casa llena de silencio, recuerdos y resacas. Pelo mojado con perfume de frutilla, tus ojos y besos eternos. ¿Vamos en viaje lisérgico a la luna?, Tomémosla por asalto. Atraquémosla. Siempre fue nuestra, sólo que no lo sabíamos. Nos pertenece por la gracia de tu voz, y Ella lo sabe. Volvamos luego montando una estrella tomados fuerte de la mano, tarareando tu canción preferida, con mil risas en la solapa y con una martita de polizonte.-

TIBIO, SIN FILO Y SIN LIYO

Así pintaban las cosas cuando el 8 rojo se puso bravo en la esquina de la plaza y del transa. Una doña con mirada perdida tomaba fuerte su monedero lleno de nada. Una chica jugaba con su pelo en forma de rastas mientras mascaba algún beso que paraba en su retina. Un loco desclasado y silvestre con intenciones de recaudar me escupió en la jeta mil letras prestadas, una vida de mierda y tres puñetazos con el fulgor del paco que no dañaban ni una mosca. Bajó del bondi vociferando intrascendencias con varias penas encima y ninguna gloria. Ni cabida, pensé para mis adentros, pero igual -si venís tiroteado- te astilla

el alma y te acierta un cruzado al mentón. Luego bajé y estallé ante la realidad. Dos secas después me desayuné viéndote. Ahora sí, ya todo pinta más piola.-

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