PRO y contras del peronismo

Osvaldo Quinteros-. Cambiemos tiene su propia oposición. Adentro. Al típico estilo peronista de manejo del poder: decisionismo, cerarismo, oposición funcional, oficialismo crítico, demonios a los que aniquilar. Es decir, al estilo del peronismo exitoso desde el retorno democrático (el de Menem, el de Kirchner) hoy Cambiemos tiene todos los elementos necesarios para construir una hegemonía duradera. Hay que ver si lo logran.


Los demonios a los que aniquilar son el kirchnerismo y todo lo que huela a discurso del centro hacia la izquierda.
La oposición funcional es la del peronismo dado vuelta, como los senadores nacionales peronistas entrerrianos, que son un buen ejemplo de una oposición funcional al macrismo.
El oficialismo crítico lo encarna Elisa Carrió, que arrasó electoralmente en CABA, destruyendo de paso a la UCR porteña, que a través de Martín Lousteau pensaba ocupar ese lugar de oficialista crítico. Esos sueños murieron en las urnas.


El decisionismo con toques cesaristas se ve en las decisiones del gobierno en materia judicial, el uso y abuso de los decretos de "necesidad y urgencia" y el reparto discrecional de fondos para los partidarios en distritos propios como CABA y provincia de Buenos Aires. Y a la inversa, la asfixia a Santa Cruz, La Pampa, San Luis, Formosa.



Otro dato que hace al PRO parecido al peronismo, es que es un partido político que se construye desde y para el Estado. Esa es la diferencia fundamental con la Coalición Cívica, la UCR y el partido FE, que integran Cambiemos, con el PRO. El PRO es, al igual que el peronismo, un partido parido en el Estado y para el Estado. No tiene otro fin más que ocupar el Estado.
En una columna anterior habíamos analizado el fenómeno PRO y sus implicancias para el sistema político argentino.  
Pero dejamos afuera, para otra nota, los parecidos en la forma de ejercer el poder entre el PRO y el peronismo. Aún cuando, discursivamente, el PRO apele a nociones básicas de republicanismo, institucionalismo y un civismo de cartulina, en el ejercicio del poder el PRO se muestra como un peronismo clásico. No podía ser de otro modo, dado que el peronismo representa de manera extendida una cultura política muy arraigada en el país, que no se agota en el Partido Justicialista.

Otra de las similitudes con el peronismo desde el retorno democrático es que el PRO es una alianza de sectores altos con sectores bajos de la estructura de clases sociales. Claro que a diferencia del peronismo, predominan en la alianza de clases PRO los sectores altos e incorpora a la mayoría de las clases medias. Pero interpretar al PRO como un partido exclusivo de las clases medias o de los ricos para los ricos exclusivamente, es ignorar lo que está sucediendo en materia electoral en el país.



La provincia de Entre Ríos sirve como ejemplo: en las PASO, el candidato más votado en Concordia -la segunda ciudad más pobre del país- fue el radical Atilio Benedetti: terrateniente, de discurso con tendencia más neoliberal que la media del radicalismo entrerriano de derecha, funcionario del PRO en el sector bancario...Hay ahí evidentemente algo novedoso para registrar en la sociología que compone el voto PRO. No es sólo la vieja estructura social del radicalismo. Porque sencillamente, esa estructura social que el radicalismo reflejaba, hoy no existe más. No existe más una amplia clase media con relativa homogeneidad, que fue lo que expresó el radicalismo durante décadas. Al estallar las clases medias en fragmentos muy diversos, el radicalismo se partió también en mil pedazos.
Pero al peronismo le pasó algo parecido, aunque haya sabido sobrevivir mejor a la crisis política del 2001.
La clase obrera industrial dejó de ser masiva en el país, por eso el peronismo fue dejando de lado el poder de los sindicalistas para reemplazarlos por los punteros barriales o los que manejan planes sociales, llamados "movimientos sociales". Porque la pobreza se volvió heterogénea y la riqueza, homogénea. Al revés de lo que sucedía en el país durante el reinado del Estado de Bienestar, que fue prolijamente desmantelado por el menemismo y acabó de estallar en el 2001.


No está escrito en el futuro que este experimento político y económico que es Cambiemos vaya a funcionar. El entusiasmo de los voceros de la prensa macrista y de los funcionarios del gobierno que hablan de que van a gobernar 20 años, es pasajero. Hasta antes de las PASO decían que las primarias no sirven para nada, al otro día de las PASO, resulta que las primarias definieron los próximos 20 años. ¡Una semana antes querían eliminar las votaciones de medio término! Ni una cosa, ni la otra.
Lo que sí se puede pronosticar con relativa certidumbre es que el éxito político de Cambiemos depende de cómo lleve adelante la economía. Si la economía sigue fracasando, disminuirán sus chances electorales en los próximos años y seguramente Carrió y el radicalismo busquen otro rumbo, junto a opciones de un liberalismo más clásico y ortodoxo, como el socialismo santafesino.
Por el contrario, si la economía funciona y es percibida de manera positiva por amplias mayorías sociales, el PRO irá ganando espacio hacia adentro de Cambiemos en detrimento del radicalismo y hacia afuera de Cambiemos, en detrimento del peronismo, especialmente, del ala derechista del peronismo.