Por qué fracasamos

Ezequiel Bauman-. El plan de desarrollo clásico, que tiene amplio consenso en la dirigencia entrerriana, viene fracasando una y otra vez durante varias décadas. ¿Por qué no pensar en un plan de desarrollo heterodoxo, que invierta los términos de la ecuación clásica?




El concepto de desarrollo que se aplica en Entre Ríos ha demostrado su fracaso. Sin embargo, por carencia de ideas, por corrupción, por mezquindad política o por conveniencia, o por una mezcla de cada una de estas causas, se insiste en el mismo concepto y en el mismo fracaso.
Para comprenderlo, el concepto de desarrollo que sostiene la mayoría de la dirigencia política entrerriana consiste en lo siguiente:


-Hay una sola clase social capaz de motorizar ese desarrollo y es la clase propietaria rural.

-El Estado debe subsidiarlos y poner el capital en infraestructura para garantizarles la posibilidad de ser absorvidos por empresas más grandes.

-Esta clase social, gracias a los subsidios y oportunidades de negocios que le consigue el Estado, debe asociarse a firmas más grandes, en lo posible extranjeras, para agregar valor a su producción.
-Al agregar valor a su producción, creará empleo de calidad.

-Este empleo de calidad, creará un mercado interno de consumo.

¿Por qué nunca se concreta esta teoría? En principio, porque está mal formulada. Asigna a los propietarios rurales un rol que no le garantiza una tasa de ganancia mayor al pasar a la fase dos del plan: ser absorvidos por multinacionales o firmas más grandes, no les garantiza a corto plazo una ganancia mayor. La venta de las tierras, sí. Por eso deciden vender las tierras antes que asociarse a firmas más grandes, para las cuales de todos modos trabajan (sean las multinacionales de granos, las multinacionales de fertilizantes, de organismos genéticamente modificados, o las grandes firmas de logística y transporte, además de las grandes firmas que son las que definen los precios de los granos en la Bolsa de Rosario, etc).


Las firmas más grandes, a su vez, no están interesadas en realizar esa agroindustria con la que sueña inútilmente la dirigencia entrerriana, por cuestiones sencillas: por más infraestructura que haga a su servicio el Estado entrerriano, el negocio a corto y mediano plazo es la exportación. Por lo tanto, exigen infraestructura que abarate los costos de exportación, sin agregar valor, porque al agregar valor los mercados de exportación se vuelven más difíciles de conseguir y son más inestables. Dependen más de variables políticas, negociaciones de alto vuelo y voluntad empresaria que, claramente, las multinacionales del ramo, no tienen ni tendrán. ¿Para qué arriesgarse a producir patitas de pollo, almacenarlas, ponerles marketing detrás, organizar un campaña publicitaria atractiva, para después competir contra firmas estaounidenses en mercados inestables como Venezuela, si Entre Ríos puede vender los pollos a granel a Venezuela y cuando se pierde ese mercado por cuestiones políticas (como efectivamente pasó) el pollo a granel se puede colocar en Brasil, en Ucrania o venderlo al propio estado entrerriano? Son ejemplos reales. Aplicables al arroz con destino a Irán, al maíz para empresas de biodisel europeas o los limones a EEUU.



El mercado mundial ya está repartido. Salir del rol de mero producotr de materias primas es una tarea prácticamente imposible, sino se lleva adelante una política de estado a mediano y largo plazo, sostenida de los vaivenes políticos. Cosa que Argentina no está en condiciones de generar. Sí puede, en todo caso, mirar hacia adentro, construir su propio mercado interno. Es una tarea pendiente. En el marco de un debate muy difícil por las posiciones irreconciliables de los distintos bandos: los defensores de la industria, por un lado, los defensores del campo, por el otro. Lo que es vital entender es que esa dicotomía de industria versus campo no es realista plantearla en Entre Ríos, que no tiene industrias, ni por lo tanto una clase obrera industrial ni una dirigencia política que defienda esas valores.  Salvo excepciones, las industrias se radican cerca del puerto de ultramar en Argentina, por razones históricas que sería largo de explicar (y que los historiadores yan han hecho incluso en Noticias Entre Ríos). Por lo tanto, como nosotros estamos a centenares de kilómetros de los puertos de exportación, carecemos de indutria.
En cambio, desde la provincia, se insiste en este esquema de desarrollo clásico que fracasa una y otra vez. En vez de invertir los términos de la ecuación: primero crear un mercado interno fuerte, después pensar en que la producción agregue valor localmente para disminuir los costos.
Se podrá argumentar que para crear un mercado interno fuerte es necesario contar con capitales que hoy la provincia no tiene. Es cierto a medias. Con que se abandone el carísimo plan de desarrollo clásico que viene fracasando una y otra vez y se vuelquen esos recursos a los trabajadores estatales, formando y capacitando trabajadores bien remunerados para tener un Estado que preste servicios de calidad, se estará construyendo un mercado interno de consumo. Que resultará más atractivo para la agregación de valor en el lugar.
Pongamos un ejemplo:
La mayoría de las ciudades entrerrianas de la Costa del Paraná traen desde Santa Fe las hortalizas. En la Costa del Uruguay las traen de provincia de Buenos Aires.
Son hortalizas baratas, de baja calidad, producidas mayormente por inmigrantes de países vecinos que trabajan a destajo y en negro.
Sin embargo, un entrerriano paga por esas hortalizas lo mismo que paga un porteño en Barrio Norte o Recoleta, en buena medida por el alto costo de los fletes y el transporte.
Hoy en día, con un gobierno como el del PRO, cooptado por las petroleras, lo caro es el combustible. Antes, lo caro eran los camioneros. La cuestión es que la constante es el encarecimiento de la logística, por la razón que sea. Esa constante se convierte en un factor estructural, que con creatividad e inteligencia, puede resultarnos conveniente.
Para que los horticultores se instalen en Entre Ríos es necesario contar con un mercado interno fuerte, con alta capacidad de consumo, de manera que la producción se diversifique, se le agregue valor (por ejemplo, las hortalizas cortadas y congeladas en el lugar, que tienen mayor valor proteico y vitamínico y su precio escala al triple o cuádruple que compradas en las góndolas, aún cuando la materia prima es la misma comprada a granel)  y calidad a los cultivos.
Es una simple cuestión matemática y fácilmente comprobable: por ejemplo, un docente, gana más en provincia de Buenos Aires o Santa Fe que en Entre Ríos. Por no mencionar que en esas dos provincias hay además un mercado laboral privado, no es solo el Estado el provedor de mano de obra como si pasa en Entre Ríos. Donde somos una provincia pastoril que ni siquiera puede producir las hortalizas que consume.
¡Hablamos de hortalizas, no de reactores nucleares!
Con este sencillo recorrido se entiende que dando vuelta los términos de la ecuación, se logra un resultado mejor dentro de los mismos propósitos capitalistas.
¿Por qué se insiste en el fracaso con los mismos términos de desarrollo? Porque la principal inversión, la que está ausente en Entre Ríos, es la inversión en capital humano, en pensamiento, saberes, investigación e incluso, imaginación. Ausente esa inversión en capital humano, lo que queda es la mediocridad. El palo de ciego que recorre una y otra vez el mismo sendero esperando arribar a un lugar diferente. Lo cual es imposible.